jueves, 13 de abril de 2017

LUZ, CALOR, AROMA, VIDA


  • Lost my precious pencase, which not only contained my pendrives and kokeshi ballpoint pen, but also the shocking pink Ágatha Ruiz cloth case with the lime-green heart was full of memories, being a gift from granny Ana before she lapsed into that fatal coma.
  • A local used bookshop that opened 21/7 and sold also some scrumptious coffees, teas, and treats aside from welcoming a lot of authors and other artists has closed forever, to be replaced by a beer pub.
  • The key broke in the keyhole, just cracking off after it had got stuck.
  • That period piece I wanted to see has its first hour coinciding with mum's soap, so I feared I should let her watch it instead... but in the end we watched it together and loved the writers who appeared in it. At least a ray of sunshine.

Long story short, there are days you get up on the wrong foot (Being left-footed, I disagree with the commonly held dextralist prejudice that the wrong one is the left foot...).
You've had the loveliest and most exciting of dreams, and WHAM. Chance stabs you in the back. No forewarning. As you relive the most painful phase of your life, including the death (preceded by the terminally ill health) of loving caregivers... the struggle with maths, friendlessness, and bullying... and the discovery of the aesthetic movement. Those days when you wished to be an emotionless herptile after discovering the literature of turn-of-the-last-century Rubén Darío, the young Antonio Machado, Valle-Inclán (missing left arm and all) et consortes, as well as their foreign counterparts like Poe, Baudelaire, Gautier, Rilke, Nietzsche, Gustav Heinrich Gans zu Putlitz, Frederick Pfänder-Swinborne, Evert Taube, and Carl Snoilsky. At heart, I was just like each and every one of them, a misunderstood, sensitive, and awkward loner, yet colourful and given to excess, conscious of their own weakness; Hamlet and Laertes in one person. To quote the Prince of Letters himself:

...pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, 
ni mayor pesadumbre que la vida consciente. 

Still, there was hope. There was enchantment, as they had suggested. There was the enchantment that could defrost a heart frozen by the deathly cold kiss of the Snow Queen. In liquor, in sunshine, in springtime blossoms and autumn leaves, there was and is respite. Rubén himself, fatal victim of his own excesses before both his fiftieth birthday and the Great War, put it into words as much as he versed his sorrows:

Una vez sentí el ansia
de una sed infinita.
Dije al hada amorosa:
--Quiero en el alma mía
tener la aspiración honda, profunda,
inmensa: luz, calor, aroma, vida.
Ella me dijo: --¡Ven!-- con el acento
con que hablaría un arpa. En él había
un divino aroma de esperanza.
¡Oh sed del ideal!

Sobre la cima
de un monte, a medianoche,
me mostró las estrellas encendidas.



And thus... led by these verses...

I dry up my tears and think of starry skies, of the fact that life goes on, of Poe and Rubén as broken orphan lushes led by a constant thirst for both respite and liquor, of Valle's left sleeve hanging limp like a ragdoll's arm and making up a new yarn each time they ask him about it (and the fact that he styled himself the new Cervantes; luckily, both of them were righties!), of Rilke as the "ugly duckling" of the Theresian Military Academy finding respite in the feats of early modern war heroes, of Nietzsche living until he died in his birthplace outside Lützen as a madman with the fortune of a good sister caring for his welfare, of Gans zu Putlitz having a view of the Rhine Valley from the ruins of an ivygrown medieval keep, of Taube fleeing across the country to Stockholm to break the family tradition his captain father has in mind, of Snoilsky sunken in afterthought upon the battlefield of Lützen (not far from Nietzsche's home, in fact) where he is gleaning inspiration right on the sixth of November until he'll get on the train back to Dresden at twilight.
I am one of them as well, an old-school Romantic to the core, born exactly one century too late for one reason or another.









"VAMOS, DON RAMÓN, ¡QUE NO FUE EN LEPANTO!" (dijo Jacinto Benavente a Valle-Inclán)
Precisamente es lo que Valle-Inclán se empeña en apostolar en la tertulia: el ritual del duelo. Y mientras habla se le balancea la barba sucia de sopa de antesdeayer. Resulta que un muchacho amigo, el caricaturista portugués Leal da Cámara, se batirá en duelo con el aristócrata andaluz López del Castillo por insultos contra las patrias respectivas. Una corrida de ruedo ibérico.
Es entonces cuando aparece por la puerta del café el escritor y periodista Manuel Bueno que defiende a Castillo y que además advierte que no habrá duelo porque el joven es menor de edad. A Valle-Inclán le sube por la garganta el zumo agrio de la ira y con arrogancia de viejo caballero español le dice que él nada sabe de historia y tradiciones del desafío. En el café las luces bajan en intensidad y todos parecen cubiertos del polvos de gas, pálidos y creosotados, que diría Gómez de la Serna. Sólo los gemelos de Valle-Inclán brillan en la camisa de puño doble. Están a punto de entrar en el escenario.
Valle-Inclán coge una jarra de agua y amenaza a Manuel Bueno con el cristal. Vemos la escena a cámara lenta, asistiendo a detalles inauditos jamás revelados por la intrahistoria literaria. El café de letraheridos se ha convertido en una taberna con mozos de arrabal. Qué lejana parece ahora la metáfora modernista. A Valle no le deja atrás Manuel Bueno que se ve como en una estampa de duelistas con florete y ataca con su bastón que parece que lleva algo de acero en el ánima de la madera. El gallego frena el golpe con el brazo izquierdo y ya está aquí Lepanto y toda su gangrenería, porque Valle quiere ser el Cervantes del siglo XX. Otro manco nacido de la batalla contra el turco o en un chusco duelo de café. Qué más da en esta España que acaba de perder aquel gran imperio. A fin de cuentas, cada época tiene sus mitografías.
El gemelo se hunde en la carne y salta la primera sangre. Parece el macabro apunte del clavo del ataúd que se hinca en la sién de Alejandro Sawa, hijo de la bohemia negra que inspirará a Valle su Max Estrella. Un clavo que igual que este gemelo provoca un hilillo de sangre que cuaja pronto, para espanto de los tertulianos noctívagos. Se hielan los posos del café de recuelo en esta madriguera de la golfemia.
La herida se infectará provocando que haya que amputar el brazo. Sin embargo, no habría que olvidar que detrás de Valle-Inclán hay continuos juegos de máscaras y trampantojos biográficos. Así que hay que recapitular y despojar a la leyenda de remiendos pegajosos. Por las noches al escritor le duele y el brazo le apesta porque le sube la gangrena oscura, pero lo que provocará la manquedad no será el gemelo sino el bastón que hizo que se le astillara el hueso de una forma incurable para la cirugía de la época. Aún así, los gemelos yacen en el poso de la leyenda junto a la cadaverina de la mano izquierda. Naturaca...


La noche en que Valle-Inclán perdió el brazo izquierdo


“Mira Bueno. No te preocupes, que aún me queda el otro brazo, que es el de escribir”


El primer manco de las Letras españolas no fue Miguel de Cervantes, que no perdió ningún brazo en la batalla de Lepanto. Le había quedado anquilosado por un trabucazo. El gran manco fue Ramón del Valle-Inclán el verano de 1899 cuando contaba 33 años, recién llegado a Madrid desde Pontevedra y casi un escritor desconocido. Contaba años después Pío Baroja en sus memorias que Valle-Inclán se vio en otra pelea que a punto estuvo de costarle el otro brazo. Aquella desgracia –que nunca se sabrá si fue la mayor de su vida- sucedió un atardecer de julio en el ilustre café tertuliano situado en la planta baja del entonces Hotel París, el edificio que coronaba hasta hace poco el anuncio del Tío Pepe, hoy transformado en sede principal de una empresa multinacional de la informática. 

Se discutía sobre un tema de actualidad, uno de tantos: el duelo entre un joven aristócrata andaluz, López del Castillo, y el caricaturista portugués Leal da Cámara, que noches atrás habían tenido sus diferencias en el Paseo de la Castellana sobre el valor personal de lusos e hispanos. El tema del honor hace que Valle-Inclán se excite durante la conversación y que su voz destaque, como casi siempre, por encima de las de los demás. Pero Manuel Bueno también alza la suya: -¡Señores, todo lo que ustedes están diciendo carece de validez! ¡Leal da Cámara es menor de edad y no podrá batirse! Valle-Inclán, dolido, reprende: -No zea uzted majadero, que uzted no zabe una palabra de ezo.- Manuel Bueno se levanta, da un paso atrás, toma su bastón con barra de hierro, y amenaza con él a Valle-Inclán, que empuña una botella mientras le llama "¡Majadero! ¡Majadero!" Don Ramón agarró la botella por el cuello y hace ademán de darle con ella a Manuel Bueno, que se ve obligado a defenderse, pero con tan mala fortuna que descargó un bastonazo en la muñeca del escritor, que no debió de ser fuerte. Se dijo con insistencia que el mal le había venido a Valle-Inclán por la mala curación de urgencia practicada en el centro de socorro donde lo atendieron, la cual hizo que al día siguiente la herida se gangrenase, por lo que se determinó amputarle el brazo sin vacilación.

Esa fue y sigue siendo la creencia general y que al parecer es errónea desde el punto de vista médico. No fue la causa de la amputación el gemelo de la camisa incrustado, sino una pequeña fractura ósea. Con el brazo “amputado” de Cervantes se cometió un error histórico y con el de Valle-Inclán también. En la sección de El Mundo, “Diario con guantes”, de 1998, Francisco Umbral dio a conocer el parte médico oficial: “Me remite José Ignacio Calvo Palomero nada menos que el certificado de la amputación del brazo izquierdo a Valle-Inclán. Parece que el Secretario General del Colegio de Médicos ha calificado el documento de «excepcional». También se lo enviarán a Cela, que imagino lo pasará a su Fundación. Dice así: «Don Manuel Barragán y Bonet, Doctor en Medicina y Cirugía, domiciliado en la Corredera Baja, 37, certifica que en la Casa de Salud «Santa Teresa», Paseo de la Castellana nº 7 antiguo, amputó el brazo izquierdo por su tercio inferior a Don Ramón del Valle-Inclán, el día 12 del corriente a consecuencia de una fractura con (ilegible) con herida de los huesos del antebrazo. Y para que pueda procederse a la inhumación expido la presente en Madrid a 14 de Agosto de 1899, M. Barragán».

Juan Antonio Hormigón, Secretario General de la Asociación de Directores de Escena, destacado biógrafo de Valle-Inclán, señalaba en una entrevista: “Está luego lo del episodio de la pérdida de su brazo al incrustársele el gemelo de su camisa en una disputa con Manuel Bueno, que ha generado tanta literatura. Yo soy licenciado en medicina y he entendido muy bien el diagnóstico del doctor Manuel Barragán. Ha sido una fractura conminuta en los huesos del antebrazo, un estallido óseo, y, de aquélla, como no había tratamiento, hubo que amputar. La pregunta que yo me hago es: ¿Manuel Bueno llevaba un bastón normal o llevaba un bastón estoque? Porque el bastón estoque, al llevar el ánima de acero, pesa mucho más. Además de ser un arma que estaba prohibida. Y esto puede explicar mejor lo ocurrido, que al parar el golpe con el brazo izquierdo se llegase a astillar el cúbito y el radio. Pero bueno, esto es algo que yo digo aquí, en la intimidad, porque es algo que ni tan siquiera me he formulado.”

Valle-Inclán, tras recibir el bastonazo, fue llevado a la Casa de Socorro, donde le practicaron los primeros cuidados, probablemente a la que aún existe en la calle Navas de Tolosa, cercana a la Puerta del Sol. Le vendaron la herida y le indicaron que permaneciera en reposo en su casa. Esa noche el dolor no le dejaría dormir. A la mañana siguiente había comprobado que el brazo se había hinchado considerablemente. Es entonces cuando lo llevan a la Casa de Salud de la Castellana. Allí le destapan la herida y comprueban que la infección era extensa y que empezaban a aparecer signos de gangrena. Interviene entonces el director de la institución, el doctor Barragán, que determina tajante que había que amputar el brazo izquierdo. La leyenda en torno a Valle-Inclán 

no se detuvo en momentos tan trágicos para su vida. Por de pronto corrió la noticia inverosímil de que, ya en la mesa de operaciones, se había negado a que le suministrasen cloroformo con el fin de conservar la conciencia en todo momento. “No proferí un grito, ni el más leve quejido... Recuerdo que, para ver yo bien la amputación, hubo necesidad de pelarme el lado izquierdo de la barba”. He aquí una muestra clara de su portentosa ironía y sentido del humor. Valle siempre se reía de casi todo. Se publicó también que durante la intervención había pedido un puro habano y que con él hacía volutas de humo que ascendían al techo del quirófano, mientras así disimulaba el terrible dolor que padecía.


Verídico debió de ser la amarga queja del escritor tras la operación: “-¡Uf, cómo me duele el brazo”- Jacinto Benavente, allí presente, le respondió: “¡Cá, Ramón! Ése ya no te dolerá nunca más”. Por lo demás, no consta que Valle-Inclán en ningún momento de su vida lamentase su manquedad, ni que aquella desgracia influyese en su forma de ser y en sus obras. Acaso la excepción más dramática fuese aquella vez en que manifestó: “Sólo he echado de menos el brazo perdido cuando murió mi pobre hija. Se moría, y yo no podía abrazarla como hubiera deseado”.

Valle-Inclán perdió el brazo a las puertas del siglo XX. Una vez repuesto de la operación es verídico que acudió al café y que mantuvo un conciliador encuentro con Manuel Bueno Bengoechea, asesinado ante un paredón por milicianos de Barcelona en 1936 al comienzo de la guerra civil. En aquel encuentro le dijo Valle-Inclán: “Mira, Bueno, lo pasado, pasado está. Aún me queda la mano derecha para estrechar la tuya. Y no te preocupes, que aún me queda el otro brazo, que es el de escribir”. Valle-Inclán apenas había escrito nada al comenzar el siglo. Pío Baroja, que estaba en París cuando lo del brazo, había regresado un par de meses después. En sus memorias se limitó a señalar: “Al llegar a Madrid, en el otoño de 1899, volvía a reunirme con la gente literaria. Los tipos de las reuniones eran los mismos. Allí estaba Valle-Inclán, a quien ahora le faltaba el brazo.”

El temperamento indomable de Valle-Inclán lo volvería a llevar al enfrentamiento verbal y físico, poco tiempo después de lo del Café de la Montaña. Ocurrió en otra de aquellas tertulias nocturnas por algo insignificante, pero sacado de quicio. Es un hecho poco conocido que reveló Pío Baroja, que la noche en cuestión hubo de acompañar a Valle-Inclán a una botica de la calle de Caballero de Gracia. “Recuerdo una vez que alguien propuso una expedición a Andalucía. De estas expediciones se proyectaban muchas y no se realizaba casi ninguna. Valle-Inclán dijo que había que hacer el viaje en invierno, y José Ignacio Alberti, granadino, observó que en muchos sitios de Andalucía era muy frío el invierno. Valle-Inclán le contestó desdeñosamente, y Alberti le dijo que no fuera ridículo. Valle le insultó; Alberti le contestó. Valle le tiró una botella a la cabeza. Alberti le tiró una copa. Se armó un escándalo furioso y Valle-Inclán apareció con la mano llena de sangre. Se había hecho una herida. 'A ver si queda manco del otro brazo', dijo uno de la tertulia".



La apostura de Ramón del Valle-Inclán (1866-1936), «rostro español y quevedesco, de negra guedeja y luenga barba» -como él mismo se definió en la revista Alma Española en 1903-, dibujaba al personaje altivo, bohemio e irónico que el propio escritor gallego se encargó de construir desde las anécdotas, reales y atribuidas, inherentes a su vida y obra.
En la pérdida de su brazo izquierdo convergen buena parte de esas historias que, aunque Valle-Inclán, fiel a su reputación, se afanó por adornar y ubicar en lugares y situaciones inverosímiles, tienen su único origen en el desaparecido Café de la Montaña, antes denominado Café Imperial, que aglutinó a diferentes pensadores de la época. Situado en la parte correspondiente de la calle Alcalá en la Puerta del Sol, en dicho lugar reza hoy una placa con la inscripción: «Aquí estuvo el Café de la Montaña, lugar de tertulia del escritor Ramón del Valle-Inclán».

La leyenda del estofado

Es el caso de la fantástica historia que el escritor, en una de sus visitas al café madrileño, brindó a los presentes tras la insistencia de la audiencia por conocer cómo y cuándo quedó manco de su extremidad superior izquierda. Valle-Inclán, que adoptaba entonces un semblante serio y adusto, melancólico, narró cómo en su estancia en un palacio de Galicia su sirviente le comunicó muy preocupado que se habían agotado todos los ingredientes disponibles para cocinar un estofado. Después de estudiar una situación tan delicada, le pidió que trajera un cuchillo carnicero de la cocina. Así, remangó su camisa, estiró el brazo y exclamó: «¡Corta un buen trozo de esto!». «En esta casa nunca va a faltar la comida», apuntilló.
Las distintas reacciones se repartieron entre quienes, boquiabiertos, llegaron a creerse tal fanfarronada y los que, conscientes de la imaginación del escritor, intercambiaron carcajadas como en la ocasión que dijo que le mordió un león o en la que fantaseó con una pelea contra el bandido mexicano Quirico.

Pelea con Manuel Bueno

En cualquier caso, los habituales del Café de la Montaña sabían de buena fe cómo Ramón del Valle-Inclán perdió su brazo en julio de 1899. Tenía a la sazón 33 años ("la edad de Cristo"). Siempre poseedor de la última palabra, labró su fama en acalorados debates ante sus homólogos de entonces, asiduo incluso a recurrir al duelo en ciertos casos. Cuando, en un conflicto que no iba con él, discutía en torno al valor de españoles y portugueses en una disputa, la intervención del también escritor Manuel Bueno hizo que se precipitara una lucha entre ambos.
«¿Qué quieres decir con eso majadero?», le espetó Valle-Inclán cuando su participación en el debate no fue de su agrado. Bueno, igualmente, poco dado al diálogo en estos casos, alzó su bastón para golpear a su adversario, que trató de protegerse con el antebrazo izquierdo. Con el impacto, el gemelo de su camisa se clavó en su piel, ocasionando una profunda herida que acabó infectada y con el brazo engangrenado; causa del posterior amputamiento, tal y como se creyó en un principio.
Sin embargo, años después se supo que tal operación no se debió al incrustamiento del gemelo, sino por una rotura ósea que no podía tratarse en la época. El doctor en medicina y cirugía Manuel Barragán y Bonet certificó que el brazo de Ramón del Valle-Inclán fue amputado por «una fractura con herida en los huesos del tercio inferior de la extremidad». La versión extendida hasta entonces, como las leyendas que el escritor alimentó, quedó desmentida y sepultada.

La ausencia del brazo, que lo comparó con Miguel de Cervantes por razones obvias, no hizo sino reforzar la imagen pretendida y el ánimo irónico y burlón del autor gallego. Según recogen los escritos, el único lamento que destacó Valle-Inclán por su pérdida fue que a la muerte de su hija no pudo abrazarla como hubiera deseado. Ni siquiera en su vuelta al madrileño Café de la Montaña guardo un ápice de rencor a Manuel Bueno: «Tranquilo, el brazo de escribir es el derecho».

Dejo pendiente para algún rato futuro en que disponga de más tiempo la reconstrucción más detallada de la amputación valleinclanesca, porque lo cierto es que me quedan varias lagunas que hasta ahora no he sabido drenar satisfactoriamente. Sabemos que la riña entre Valle y Bueno sucedió el veinticuatro de julio y que esa misma noche el escritor herido fue atendido de urgencias en alguna casa de socorro del centro de la Villa y Corte (y ya sobre este extremo anoto las primeras dudas, pues aunque conté en el post anterior que fueron primero a la calle Desengaño para acabar en otra de Concepción Jerónima, en alguna que otra página que he encontrado por internet mencionan direcciones distintas). También parece bien sentado que nada más que le hicieron una cura somera y le vendaron el brazo, prescribiéndole reposo. Parece que esa noche casi no pudo dormir a causa del dolor y así siguió durante los siguientes días. En varios de los artículos que he leído sobre el incidente se despacha el tema diciendo algo así como que la herida se infectó y la gangrena había avanzado tanto que hubo que amputar el brazo. Gómez de la Serna, en la biografía que tengo ante mis ojos, comenta que "todo se arregló de momento, pero al día siguiente se gangrenaba la pequeña herida, y el médico dijo a Ruiz Castillo y Benavente que había que cortar el brazo". Me entero, no obstante, que la radical operación se produjo el doce de agosto ... ¡Diecinueve días después de la lesión! Demasiado tiempo, sin duda, que necesitaría más explicaciones. También he visto alguna versión que habla de una intervención en dos fases: que primero tajaron por encima de la muñeca, pero días después, al ver que la infección seguía hubieron de cortar pasado el codo. No muy verosímil pero ...
El lugar fue la Casa de Salud «Santa Teresa», sita en el Paseo de la Castellana nº 7 antiguo. El cirujano habla de una fractura interna de los huesos del antebrazo como causa, lo que parece desmentir la tradicional explicación de que se le hubiera clavado el gemelo. Por cierto, este Manuel Barragán, que entonces estaba en la treintena larga, unos años después sería uno de los fundadores de la Asociación Española de Urología y una de las personalidades más ilustres en ese campo de la medicina en el primer tercio del siglo pasado (murió en 1932). Habida cuenta de que Valle Inclán murió a causa de un cáncer de vejiga, cuyos síntomas dolorosos empezaron a manifestarse a principios de los veinte (y que el escritor combatía fumando cáñamo en pipa), me pregunto si su antiguo sajador, ahora ya ilustre urólogo, volvería a tratarle profesionalmente; otro enigma a desvelar.
Es, como digo, de lo más extraño que pasara tanto tiempo entre el altercado y la amputación. Leal, cuando rememora muchos años después el incidente en la prensa lisboeta, dice que la agresión no habría tenido consecuencias si Valle Inclán hubiese querido ser curado de inmediato, pero el grande don Ramón prefirió seguir en el café bebiendo copas y cuando aceptó que lo llevaran al hospital de la Princesa ya era tarde y el brazo tuvo que ser amputado. Está claro que el portugués no estuvo allí y no es tanto que se invente lo que ocurrió, sino más bien, supongo yo, que asume una de las variopintas versiones que se propalaron, acordes con la fama altanera de Valle. En esa misma línea, se cuenta que el escritor, informado por Benavente de la opinión médica de que habían de amputarle el brazo (imagino que el día en que los dolores serían tan insoportables que sus amigos lo llevaron donde Barragán) dio su consentimiento con absoluta despreocupación pues, al fin y al cabo, no era ese el brazo con el que escribía. También se cuenta que pidió que no le anestesiaran y que le afeitaran el lado izquierdo de la barba para poder ver bien la operación mientras, con toda parsimonia, se fumaba un habano. Obviamente, leyendas acordes con la fama del personaje, anécdotas indudablemente falsas que contribuirían a consolidar su aureola de aristócrata bohemio. Porque ninguna gracia tuvo que hacerle a Valle-Inclán perder el brazo, por más que fuera el izquierdo, aunque luego fuera capaz de aprovechar su desgracia como elemento relevante en la construcción de sí mismo como personaje literario. Por eso sólo una vez admitió el dolor de la pérdida del brazo, y fue refiriéndose a la muerte de su hija a la que no pudo abrazar. Aunque, según cuenta César González-Ruano en sus Memorias, una muchacha con la que tenía amores le enseñó una vez una carta de don Ramón María, ligue anterior de la chica, en la que éste le aseguraba que sólo había sentido ser manco aquella tarde en que no pudo abrazarla más que con un solo brazo. Dice Ruano que la muchacha estaba muy orgullosa de aquella bella ocurrencia, aunque a él le sentó bastante mal el autoplagio.
Hablando de leyendas, uno de quienes más contribuyó a la proliferación de las mismas, aparte del propio protagonista, fue su émulo y amigo Gómez de la Serna, quien en 1918 publicó "Algunas versiones de cómo perdió el brazo don Ramón María del Valle-Inclán". No he conseguido ese texto, pero en su biografía del 44 hace referencia a algunas de tales invenciones que, según dice y me lo creo, fueron del agrado del gallego. Así, entre otras, fabula Gómez de la Serna que el brazo se lo cortó él mismo para echar algo de sustancia al puchero o porque quería contar con un brazo relicario, o que se lo tajó para echárselo a un león que le perseguía y de tal modo evitó que lo devorara, o que una mujer enamorada se lo arrancó para evitar que la abandonase, o que lo perdió en una riña a navajazos con un bandolero mexicano ... En fin, como puede comprobarse, el brazo ausente de Valle Inclán fue tema durante muchos años del mundillo literario.
Pero, por volver a ese largo periodo que tanto me extraña entre la discusión del Café y la amputación quirúrgica, no quiero olvidarme de señalar que al día siguiente por la tarde se presentaron en casa de Valle Inclán (a quien imagino presa de dolores y guardando cama) los padrinos de Manuel Bueno, unos tales señores Paleri y Balbás, para resolver la cuestión de honor suscitada con la pelea y bajo el supuesto de que el escritor gallego había sido el ofensor. Que Bueno se preocupara de tales menesteres, además de dar una idea de la importancia que en esos tiempos se daba a la dignidad ofendida (y mal entendida, añado yo), muestra que nadie se esperaba que el golpe en la muñeca fuera a tener el grave final que finalmente tuvo. Supongo que ni el propio don Ramón María, que tuvo la presencia de ánimo y la chulería tan propia para disentir del periodista vasco y opinar que había sido éste el ofensor y, consecuentemente, quien debía disculparse. Así que Valle Inclán nombra padrinos (Miguel Sawa y José Riquelme Flores) y comienzan las negociaciones para resolver la nueva cuestión de honor que, por ser mucho más interesante, hace que se olvide la previa entre el portugués y el granadino que fue causante de la reyerta. Por lo visto las negociaciones duran cuatro días y finalizan sin llegar a ninguna conclusión concreta con la publicación el 27 de julio, en el periódico madrileño El Globo, de un acta sobre el asunto de honor, algo que, por lo visto, era práctica habitual en estos casos. En todo caso, barrunto que las expectativas de duelo entre Bueno y Valle se diluirían a medida que la salud del escritor empeoraba. De hecho volvieron a ser amigos y forma parte del riquísimo anecdotario valleinclanesco que cuando éste, ya manco, tornó al Café a reanudar sus hábitos tertulieros se encontró con Manuel Bueno y le tendió la mano (la única que le quedaba) diciéndole que lo pasado, pasado estaba. A esta versión, Gómez de la Serna enfrenta otra menos favorecedora, en la que, nada más ser amputado, Valle Inclán sólo ansiaba poder salir a la calle a matar a su desmochador y, para evitarlo, los amigos de ambos llevaron (me imagino que a regañadientes) al vasco a la alcoba del convaleciente (que olía a yodoformo, dice Ramón) para forzar una "lacónica y magnífica reconciliación". ¿Cuál es la versión verdadera? Pues a lo mejor hasta las dos lo son.

Hasta el propio Valle empezó a hacer gala de su minusvalía con alusiones cervantinas que tuvieron que ser algo machaconas para obligar a Benavente a decirle quejoso que lo suyo no fue en Lepanto.




Entre rejas (10). Rubén Darío. La cárcel del alcohol


La cárcel no siempre es literal. La vida también es metáfora. Lo que nos sucede a la vez vela y revela secretos profundos, oceánicos. Hemos inventado multitud de maneras de apresarnos. Encerrarnos para no ser, escondernos de lo real, abismados por lo que no podemos digerir.
La cárcel del genio Rubén Darío fue el alcohol. Abandonado por sus padres que precipitaron un matrimonio sin futuro alguno, el pequeño se perdió un buen día y alguien lo encontró más tarde refugiado en las ubres de una vaca. No había recibido el calor de la teta de su madre.
El genio se reveló precoz, y también un alma en extremo sensible y una débil voluntad que lo puso a merced de todo aquél que decidió engatusarlo dándole un par de tragos de alcohol. Rubén decía: tengo sed. Y se perdía para él toda noción del tiempo, el espacio o el deber.
La borrachera acompaña algunos de los hitos de la vida del poeta: cuando Rafaela, su primera mujer, fallece, se bebe las lágrimas junto con el vino; alguien lo emborracha poco después para que case con Rosario Murillo; cuando no puede con la pena de existir, se marcha a las tabernas; al final de su vida, ya enfermo de tantos excesos, un tal Bermúdez decide llevárselo de gira (que será peregrinación a la tumba), y por si el poeta se echa atrás en el último momento, le administra licor en abundancia y se asegura así de que embarquen. Su mujer entonces, Francisca Sánchez, llora y sabe que la partida es un error. Meses después se entera por los periódicos de que el gran genio ha muerto.
Es posible buscar en las páginas de sus prosas y poemas y en las biografías de sus estudiosos los motivos íntimos de la adicción. Darío solía decir que sólo era un enfermo, que los amigos lo llevaban por el mal camino, que no tenía la culpa de que Dios le hubiera dado un alma débil y un cuerpo al que atacaban sin piedad todos los pecados capitales. La ebriedad le permitía a instantes olvidar la continua tortura de ser hombre. Su sensibilidad, como su genialidad, era extrema. Los pequeños golpes de la vida le abrasaban por completo el corazón. Las historias de miedo prolongaban sus insomnios durante días; las enfermedades de sus seres queridos lo sumergían en la depresión. A veces el vino o el brandy lograba sacarlo un instante de esa timidez feroz que lo mantenía en silencio cuando todos esperaban su discurso. Tenía el don de la poesía, pero era incapaz de hablar en público.
En «El humo de la pipa» relató las visiones que le regalaba una experiencia narcótica. En la más elaborada, Darío caminaba por un mundo en el que todos los seres testimoniaban ser amados (y lo repetían, somos amadas, gritaban las piedras), salvo él. ¿Donde estaría su hogar?
Tengo sed, decía el poeta, cuando la noche se ponía al lado de alguno de sus amigos. Y luego alzaba la vista, miraba al horizonte con sus ojos cándidos y profundos, como a la escucha (porque él, como todos los grandes, sobre todo escuchaba), y era posible comprender que su sed, calmada como sucedáneo por el alcohol, era en realidad sed de sentido y de infinito. Sed de Amor. Amor en mayúsculas y Sed en mayúsculas, porque era un genio. A la vez que un niño perdido.
Vargas Vila, que fue su amigo, dijo de él: «Nunca un alma más pura se albergó en un cuerpo más pecador, sin mancillarse; era como un rayo de estrella reflejado en el fondo de un pantano».

Torres Bodet escribe: “La poesía y el alcoholismo fueron para él evasiones imprescindibles… La verdadera liberación estaba en la poesía… Según Pedro Salinas: “El alcohol, la lectura y la poesía son las rutas mejores de su evasión”. ¿De qué huía, qué evadía Darío: su vida, sus circunstancias, enfrentar sus carencias?
El Diario Nicaragüense del 8 de febrero, de 1916, se refiere al próximo libro de Francisco Huezo: Últimos días de Rubén Darío: “Me apresuro a visitar al poeta, en la residencia de su esposa… Viene enfermo… Padece de cirrosis del hígado, consecuencias del abuso del alcohol… Está pálido, delgado… Su abdomen abultado… La mirada dormida…”.
Según Torres Bodet: “Rubén Darío, en el fondo, había sido un genial suicida. Se había envenenado constantemente. El alcohol y la poesía hicieron el resto… el hígado de Rubén Darío estaba endurecido, tenía el corazón engrasado y sus pulmones y sus riñones hubieran podido resistir varios años más…”
Aunque se ha comentado que la causa de la cirrosis hepática de Darío fue su alcoholismo, otros enfoques contemporáneos ofrecen distinta interpretación.
Sin extendernos en el asunto, de acuerdo con la Nueva Medicina Germánica, razonable y polémica concepción formulada por el médico alemán Dr. Ryke Hamer, la cirrosis hepática puede tener dos causas posibles.
MIEDO Y CONFLICTOS
Uno. Conflicto generado por el miedo a morir o morirse de hambre, miedo a sí mismo o por otros, lo que genera un proceso biológico que provoca crecimiento del hígado y otros efectos.
Dos. Conflicto por rencor en el territorio, contrariedad territorial, o conflicto territorial masculina. Explica: “La mayoría de los carcinomas del hígado en caso de un hombre joven se regeneran, de modo que más tarde se vuelven visibles. Cuando el paciente envejece, comprobamos una transformación de estos carcinomas —a condición de que el conflicto pare—, en tejido conjuntivo. Es lo que llamamos cirrosis del hígado. En otro tiempo, imaginábamos siempre que ‘la cirrosis tenía como causa el alcohol’”.
Ambos conflictos causales son identificables en su vida; el miedo terrible a morir y a la muerte fue constante, penurias económicas y afectivas, y contrariedad con su territorio de origen.
Torres Bodet señaló: “Entre Nicaragua y Darío faltó un vínculo indispensable… el de la madre de carne y hueso… porque nada nacionaliza al ciudadano futuro como la cotidiana visión de una madre amada… peor que no tener padres: saber que existen y que, no obstante, jamás lo serán de veras”, desde su nacimiento en un espacio familiar disfuncional, y a lo largo de su vida, imposibilitado de construir un hogar, con carencias económicas, afligido por la pobreza, con aspiraciones de grandeza y desorden en sus gastos, necesitado de inventar siempre “un pretexto para otra fuga”, “sintió el espanto de lo perecedero… y la proximidad magnética de la muerte”, estos conflictos pueden tener distinto impacto y ser asumidos de manera diferente por las personas.
DETERIORO FÍSICO
Darío no fue capaz de resolver su conflicto, no revirtió la tendencia de deterioro físico que tenía como causa traumas personales que lo ahogaban. Era sensible y frágil, vulnerable, dicen que parecía un niño grande de memoria privilegiada, pudo ser afectado por ello y provocarle los desajustes por “el conflicto biológico” no resuelto y que según este renovado enfoque —cuestiona la gran industria médica prevaleciente—. “El conflicto biológico” —DHS: Síndrome de Dirk Hamer—, cuya solución no es intelectual, requiere tiempo razonable para adaptarse a la vida o perecer, implica cambios en la estructura y función biológica, la “parte activa del conflicto” muestra aumento de la función del órgano y multiplicación celular, mecanismo de defensa del cuerpo. La crisis comenzó en 1914, por pérdida del trabajo ante la Guerra, insolvencia financiera, abandono a Francisca y al pequeño Rubén.
DESEMPLEO Y CRISIS
Están en la decadencia de Darío, el factor inmediato, el binomio inseparable: guerra-desempleo/crisis económica personal-escasez, y abandono-carencias de afectos.
El primero, es la razón inminente del retorno, y que, sumado al segundo, inseparable en su dimensión humana cuya marcó su vida desde su origen, a pesar de los escapes y excesos. Entre la desesperanza, a pesar de todo, trató de retornar a su fe esperanzadora que expresó en algunos versos, ante la fatalidad que condicionó el rumbo al punto de partida para el epílogo de su vida.
El licor fue el agente causal de la muerte de Rubén. Alcoholismo que Darío empezó a padecer desde la adolescencia, como parte de su traumática vida infantil (creció sin sus padres). Luego, desarrolló una personalidad depresiva refugiada en el alcoholismo.
La prematura muerte de Darío le impidió ver el final de la primera guerra mundial. ¿Qué habría escrito Rubén sobre la guerra civil española y la segunda guerra mundial? Su temprana muerte nos impide responder la pregunta.



Das Märchen

Als Prolog
Das waren laute Tage,
Im Streite lag die Welt.
Daß es die Waffen trage,
Hat alles sich gestellt.
Im Kampf sich zu beweisen,
Selbst nicht die Dichtkunst mied.
Das Wort ward Stahl und Eisen;
Zum Schwerte ward das Lied.
Das Märchen stand verlassen
Im Dränen um ihn her.
Ihm will der Streit nicht passen,
Ihm ziemt nicht Schild noch Speer;
Zum blut'gen Kampfesruhme
Ist seine Macht gering.
Es fliegt vom Blatt zur Blume,
Ein bunter Schmetterling.
Und aus des Streites Mitte,
Da trieb's mich alsobald,
Ich floh mit scheuem Schritte
Tief in den grünen Wald,
Da, wo der Blüten Fülle
Der Bäume Fuß umsäumt,
Hab' ich in Waldesstille
Geschlummert und geträumt.
Ich lag im duft'gen Reise,
Umschaltet und umrauscht,
Und Hab' im Schlummer leise
Auf Waldes Wort gelauscht;
Wob meine Träume luftig
Und meine Phantasten
Im Blumenlaute duftig
Und in der Blätter Grün.
Jetzt treibt's vom Blumenbette
Mich wieder waldauswärts;
Des Märchens liebste Stätte
Ist doch des Menschen, Herz.
Jetzt drängt's mich, euch zu fragen:
Ist noch im Sturm die Zeit?
Ist noch nicht ausgeschlagen
Und ausgekämpft der Streit?
Doch habt für Waldes Kunde,
Für meinen bunten Traum
In eures Herzens Grunde
Ihr jetzt schon wieder Raum,
Dann nehmt, den ich getragen,
Den Strauß voll Waldeslust,
Und auf des Herzens Schlagen
Steckt ihn an eure Brust.
Und wollt ihr ihn nicht achten,
Den Märchengunst umwallt',
So laßt den Strauß verschmachten,
Viel andre trägt der Wald.
Ich aber zu den Bäumen
Will wieder dann entfliehn,
Will wieder ruhn und träumen
Im duft'gen Waldesgrün.

Der Dichter

Als Epilog
So nehmt sie hin, die Träume schöner Stunden,
In denen ich vom Rätsel der Natur
Die Lösung in dem Märchenbild gefunden,
In denen mir die Welt ein Märchen nur.
Es war kein Trug! – Fragt selbst den grünen Hain,
Was ich erzählt – in tausend Lauten spricht er's.
Ich gab's in meines Herzens Widerschein,
Und also mußt' es wohl ein Märchen sein:
Ist doch ein Märchen selbst das Herz des Dichters –
Ein Märchen, das der Blüten viel erschlossen,
Das seinen Lenz hat, seine Winterzeit,
Wo mancher Quell geheimnisvoll geflossen,
Dem Bach des Waldes gleich, dem Schmerz geweiht.
Da trat, so wie des Veilchens Knospe bricht,
Geweckt im Lenze von der Sehnsucht Triebe,
Ein sehnsuchtsvolles Rätsel auch ans Licht,
Empfunden tief und doch verstanden nicht:
Des Herzens Frühlingskind – die erste Liebe.
O meines Lebens goldne Märchenblüte!
O meiner Seele holde Frühlingszeit!
Wo mir die Welt im reichsten Schmuck erglühte,
Nur eine trug und doch so voll, so weit;
Wo ich in Andacht stummem Wort geglaubt,
Gebebt, mein süß Geheimnis auszusprechen, –
O flüchtig Glück, wie schnell warst du geraubt!
So schnell das Veilchen beugt sein duftend Haupt,
Noch eh' die Rosen in dem Sturme brechen.
Und wieder wuchs, wie eine wunderbare,
Aus alten Zeiten überbrachte Kund',
Der kecke Zauber der Studentenjahre
Sich fest in meines Herzens Märchengrund.
Wie war die Brust so voll von Freundschaftsdrang,
Das Herz so ungeteilt dahingegeben!
Der Wein, das Lied, der Schläger heller Klang
Und Jugendmut und Jugendhoffnung schlang
Den duft'gen Efeukranz mir da ums Leben.
Mein Heidelberg! O efeugrüne Trümmer,
Auf deren Altan ich so selig stand!
Wie schien die Welt mir ganz im Frühlingsschimmer
So blütenreich, wie rings das weite Land!
Der süße Rausch des Märchens ist entschwebt!
Doch deine grünen Efeuranken schlage,
Erinnerung, vom Freundschaftshauch durchbebt,
Aus meiner Brust in andre neubelebt,
Aus jener Zeit in meine spätesten Tage.
Ein andres Märchen bringt das Herz mir wieder.
Gleichwie der Waldbach, den die Träne nährt,
Hat sich im immer wachen Quell der Lieder
So Luft wie Weh des Herzens ausgeleert.
Und diesen auch wie jenen seht ihr ziehn,
Bald still verborgen unter moos'ger Hülle,
Bald kosend mit den Blumen, die umblühn
Den Strand, bald flüsternd mit des Schilfes Grün,
Bald schäumend frei in übermüt'ger Fülle.
Welch süßes Glück in trübumwölkten Tagen,
Wovon so schwer, wovon so voll das Herz,
Bald in des Liedes Reimen auszuklagen,
Bald abzuschütteln in dem kecken Scherz!
O dieses Doppellebens goldner Trug,
Der mich aus den verdrießlich engen Schranken
Der Wirklichkeit, in frisch erhobnem Flug,
So oft zu andern Welten übertrug,
Weit in die Märchenreiche der Gedanken!
Und von dem Stein erzählt' ich, der am Grunde
Der Heimat liegt, so stumm und unbewegt,
Und doch im Kerne tief die holde Kunde
Von andrer Länder fernen Wundern trägt.
So hat das Herz des Dichters an der Brust
Der lieben Heimat lange stumm gelegen;
Da fühlt es wie ein Märchen unbewußt
Den Wandertrieb, die freie Reiselust,
Das Sehnen in die Ferne laut sich regen.
Da treibt's ihn hin, da führt es ihn ins Weite,
Den Süden grüßt des Herzens froher Schlag.
Doch seiner lieben Bild bleibt ihm zur Seite,
Und in die Ferne zieht das Heimweh nach.
Halb treibt's ihn fort, halb zieht es ihn zurück;
Beglückend Zagen locket zum Verweilen:
Zum Scheiden, ach, zu schön der Augenblick!
So muß des Wanderns frei bewegtes Glück
Des Dichters Herz in Lust und Sehnsucht teilen.
Genug! – der Dichter muß die Blätter schließen,
Mit ihnen auch das Herz! – Der Vorhang fällt.
Des Waldes Wunder ließ er euch umsprießen
Und schaun in seines Busens Märchenwelt.
Euch, die ihr's mit dem Herzschlag eingetauscht,
Euch weiht er immer seiner Märchen Bestes;
Doch die ungläubig lächelnd ihr gelauscht,
Denkt, daß der Wald in Märchen nie gerauscht,
Und was der Dichter euch enthüllt – vergeßt es.
GUSTAV HEINRICH GANS ZU PUTLITZ





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