martes, 4 de abril de 2017

LA HABITACIÓN DE ÁMBAR

LA HABITACIÓN DE ÁMBAR

El Osito de Peluche vivía en la caja de juguetes que había en un rincón de la habitación. Allí también vivían muchos otros juguetes, y, aunque la caja era muy grande, siempre había juguetes tirados por el suelo, desordenados, patas arriba, del revés.
La habitación era de una niña llamada Ámbar. Ámbar no se ocupaba de ordenar sus juguetes. Era difícil llamarla perezosa; habitualmente sus padres hacían el trabajo de ordenar, así que no tenía la oportunidad de darse cuenta de lo divertido que podía ser recoger sus juguetes. Los padres de Ámbar entraban en su habitación casi todos los días y se quejaban de que los juguetes estuvieran tirados por el suelo, desordenados, patas arriba, del revés... Y entonces se ponían a ordenarlos, así que durante un rato los juguetes estaban en su sitio y ordenados otra vez.
Al Osito le gustaba cuando todo estaba en su sitio, bien ordenado; le ayudaba a sentirse tranquilo y en paz. Pero, después de unas horas de juego de Ámbar, todo volvía a estar como antes: juguetes tirados por el suelo, desordenados, patas arriba, del revés...
Un día llegó a la habitación un objeto importante que iba a cambiar las cosas para siempre. A Ámbar le habían regalado por su cumpleaños una preciosa lámpara. No era una lámpara normal con un pie de lámpara normal. El pie era una muñeca dorada y la pantalla era un parasol rosa con forma de flor. La lámpara estaba colocada sobre el tocador de Ámbar y desde allí la Muñeca de la Lámpara podía ver toda la habitación.
Todos los juguetes de la habitación de Ámbar podían mirar desde sus sitios en el suelo o en el cajón y ver a la Muñeca de la Lámpara. Estaban de acuerdo en que era muy bonita, pero el Osito no podía quitarse los ojos de ella. Nunca había visto nada más hermoso, sobre todo al anochecer, cuando estaba encendida, dorada y resplandeciente. 
Sin embargo, cuando sólo habían pasado unos días desde que la Muñeca de la Lámpara hubiera llegado a la habitación, su luz dejó de funcionar. Ámbar intentó muchas veces encenderla, pero no funcionaba. Sus padres examinaron la bombilla, incluso preguntaron por el barrio si alguien entendía de electricidad y llamaron al técnico más cercano, pero nadie pudo encontrar el motivo por el que no funcionaba.
El Osito estaba muy triste, pero no había nada que pudiera hacer, después de todo sólo era un peluche. Miraba a su alrededor, al desorden de la habitación, y aquello le hacía sentirse peor. Los padres de Ámbar estaban tan ocupados tratando de descubrir por qué no funcionaba la lámpara que habían dejado de molestarse en ordenar la habitación.
El Osito se dio cuenta de que se sentía molesto además de triste. ¿Por qué Ámbar no ordenaba su habitación? ¿No se daba cuenta de que una habitación ordenada podía ayudar a que todos se sintieran un poco mejor, más tranquilos y más contentos? Entonces tuvo una idea interesante: quizá esa era la razón por la que la Muñeca de la Lámpara había dejado de funcionar. ¿Por qué iba a querer una muñeca tan hermosa iluminar con su luz semejante desorden?
El Osito decidió hacer algo respecto al desorden. Podría ser sólo un peluche, pero ¡podía intentar ser un peluche ordenado! Se puso a ordenar: recogiendo las piezas de los rompecabezas, colocando a las muñecas en su casa y los cochecitos en el garaje, es decir, poniendo cada cosa en su sitio.
Al final, todos los juguetes que habían estado tirados por el suelo, desordenados, patas arriba, del revés... estaban todos ordenados, colocados cada uno en su sitio. El Osito se quedó de pie para descansar y admirar su trabajo... y, en ese momento, la Muñeca de la Lámpara se encendió sola e iluminó con su luz dorada la habitación. Al mismo tiempo que se encendía la luz, el Osito estaba seguro de haber oído un susurro que venía del tocador:
"Gracias, Osito ordenado". ¡La Muñeca de la Lámpara le estaba hablando!
El Osito estaba tan contento que casi estalla de alegría y orgullo. Volvió a la caja de juguetes, se tumbó allí y estuvo mucho tiempo mirando a la hermosa Muñeca de la Lámpara hasta que por fin se quedó dormido. Aquella noche, tuvo los mejores sueños.
Ámbar también estaba muy contenta ahora que su lámpara funcionaba otra vez, y sus padres estaban más contentos de ver que la habitación de su hija había sido ordenada sin su ayuda.
Desde entonces, el Osito se ocupó de ordenar el cuarto de los juguetes. No le importaba el trabajo extra si ello significaba que la hermosa Muñeca de la Lámpara iba a iluminar la habitación con su luz dorada todas las noches. Mientras trabajaba, el peluche cantaba para sí mismo:

¡Me gusta hacer las cosas bien!
¡Soy un osito muy ordenado!
Recogo mis juguetes, los cuido 
aunque esté cansado.

Pronto, el Osito se dio cuenta de que Ámbar tenía más cuidado con sus juguetes, ¿quizá podía oír su canción? Y, sin haberlo planeado, los dos compartían el trabajo de ordenar.
Al darse cuenta de que su lámpara funcionaba otra vez, Ámbar había pensado lo mismo que su oso de peluche: que la habitación tenía que estar bien ordenada para que la Muñeca de la Lámpara la iluminara por las tardes.
Por supuesto que Ámbar y el Osito tenían que tener cuidado de no pasarse, porque a veces cuando Ámbar estaba jugando necesitaba que los juguetes estuvieran fuera de la caja y de las estanterías. Siempre no era el momento de recoger y ordenar. 
Por eso, el Osito y Ámbar tuvieron que aprender a tener paciencia y a contentarse con ordenar una vez al día, al final de la hora de juegos.
Mientras los juguetes estuvieran ordenados y en su sitio al anochecer, la lámpara continuaba iluminando la habitación con su luz dorada.

(Tidy Teddy and the Lamp Doll)

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