miércoles, 15 de febrero de 2017

RITUALES CORPORALES DE LOS SOEPORUE

RITUALES CORPORALES DE LOS SOEPORUE

Traducido y adaptado por Sandra Dermark del inglés original, "Body Ritual among the Nacirema."
Febrero de MMXVII

La mayoría de culturas muestran una configuración idiosincrásica. Un único valor o patrón de cosmovisión a menudo deja huella en varios aspectos e instituciones de la sociedad en cuestión; ejemplos de este fenómeno incluyen los conceptos de "omote" y "ura" en la cultura japonesa o de la contaminación femenina en algunas culturas indígenas de las tierras altas de Papúa Nueva Guinea. Aquí, Sandra Dermark demuestra que las actitudes con respecto al cuerpo humano tienen una influencia ubicua y pervasiva en muchas instituciones de la sociedad soeporue.

Los antropólogos se han familiarizado tanto con la diversidad de maneras en que las diferentes clases de gente se comportan en situaciones similares que no es apto que les sorprendan incluso las costumbres más exóticas. De hecho, si todas las combinaciones de conductas posibles no se han encontrado en algún lugar del mundo, es lo normal que sospechen que tales conductas deben estar presentes en alguna tribu aún por descubrir. Este punto, de hecho, ya fue expresado con respecto a la organización de clanes a finales de los años cuarenta. A través de este cristal, las creencias y prácticas mágicas de los soeporue presentan aspectos tan inusuales que parece deseable describirlas como un ejemplo de los extremos que puede alcanzar la conducta humana.
Los rituales soeporue llamaron la atención de los antropólogos, en primer lugar, en la década de 1930, pero la cultura de este pueblo aún resulta bastante difícil de comprender. Son un heterogéneo grupo étnico euroasiático que reside en el territorio colindante al norte con los sápmi del Ártico, al sur con los tuareg del Sáhara, y al este con varias tribus nómadas de Asia Central. Se conoce poco de sus orígenes, aunque la tradición sostiene que llegaron desde oriente. Según la mitología de cada pueblo soeporue, su tribu fue fundada por un héroe cultural diferente: ejemplos se dan como el de Lebasi la Kath-o'lika, que envió grandes canoas a cruzar el gran charco de occidente y expulsó a los enemigos de la Fe de su territorio; Ovatsug Ofloda, que liberó a muchas gentes de la opresión extranjera, llegando a perecer lejos de su hogar en la gran batalla de Lytt-senn; o Ociredef el de Alta Talla, que acabó con la carestía entre los suyos introduciendo entre ellos un fruto subterráneo de allende el gran charco.
La cultura soeporue se caracteriza por una economía de mercado libre, que ha evolucionado en un hábitat natural próspero. Mientras estas gentes dedican la mayoría del tiempo a acciones con fin de lucro, gran parte de los frutos de su labor y una considerable porción del día están dedicados a la actividad ritual. El foco de esta actividad ritual es el cuerpo humano, la sombra de cuya apariencia y salud planea como preocupación dominante sobre la moral de las gentes. Aunque tal preocupación ciertamente no es un fenómeno inusual, los aspectos ceremoniales y la filosofía ritual asociados con ella son únicos en su especie.
El elemento fundamental en que está enraizado todo el sistema parece ser que el cuerpo humano es feo y que su tendencia natural es a la debilidad y a la enfermedad. Encarcelado en un cuerpo tan vulnerable, la única esperanza del ser humano es la aversión de dichas características mediante el uso de rituales y ceremonias. Cada vivienda cuenta con uno o más santuarios dedicados a tal fin. Los individuos más poderosos de la sociedad tienen varios santuarios en sus residencias, y, de hecho, la opulencia de las viviendas se mide a menudo en relación al número de tales centros rituales que posea la residencia en cuestión. La mayoría de viviendas soeporue son construcciones de arcilla y adobe, pero los santuarios de los privilegiados están tapizados con piedras preciosas. La mayoría de familias, más humildes, imitan a la élite aplicando placas de cerámica en las paredes y suelos de sus santuarios.
Mientras cada familia posee al menos un santuario de esta índole, los rituales asociados no son ceremonias familiares colectivas, sino que son privadas y secretas. Por regla general, sólo se habla de los ritos con los niños, y solamente durante el período en que están siendo iniciados en estos misterios. Sin embargo, conseguí establecer suficiente contacto con los nativos como para examinar estos santuarios y que me describieran los rituales.
El punto focal del santuario es una caja, o cofre, que se ha empotrado en la pared. En este cofre se custodian los conjuros y pociones sin los cuales ningún nativo cree que puede vivir. Estas preparaciones se adquieren de una serie de practicantes especializados. Los más populares de entre ellos son los hombres y las mujeres de medicina, cuya asistencia, en ciertos territorios, no puede conseguirse sino a cambio de sustanciosas ofrendas. Sin embargo, los hombres y mujeres de medicina no proveen de pociones curativas a sus clientes, sino que deciden cuáles han de ser los ingredientes y, a continuación, lo escriben en un arcaico lenguaje secreto. Tal escritura sólo es comprendida por los propios hombres y mujeres de medicina y por los herbolarios que, a cambio de otra ofrenda, proveen el conjuro en cuestión.
Los conjuros no son desechados después de haber hecho efecto, sino que son colocados en el cofre de conjuros del santuario doméstico. Ya que estos materiales mágicos son cada uno específico para un malestar determinado, y los malestares reales e imaginados de las gentes son muchos y muy diversos, el cofre suele estar lleno hasta rebosar. Los paquetes mágicos son tan numerosos que la gente olvida de cuáles son sus propiedades e indicaciones, y, por ende, temen volver a usarlos una segunda vez. Aunque los nativos no se expresan muy claro al respecto, sólo podemos asumir que la idea de retener los antiguos materiales mágicos es que su presencia en el cofre de conjuros, ante el cual se realizan los ritos corporales, protegerá de una forma u otra al creyente.
Bajo el cofre de conjuros hay una pequeña pila. Cada día, en sucesión, uno tras otro, cada miembro de la familia entra en el santuario, baja la cabeza ante el cofre de conjuros, mezcla en la pila diferentes clases de agua bendita y procede a realizar un breve rito de ablución. Las aguas benditas son canalizadas desde el templo de agua de cada localidad, donde los sacerdotes llevan a cabo intrincadas ceremonias para purificar ritualmente el líquido.
En la jerarquía de practicantes mágicos, en el rango inferior en prestigio a los hombres y mujeres de medicina, se hallan los especialistas cuya designación se traduce de mejor manera como "hombre o mujer de boca". Los soeporue sienten un horror casi patológico y una fascinación igualmente irracional por la boca humana, cuya condición se cree que ejerce una influencia sobrenatural sobre todas las relaciones sociales. Si no fuera por los rituales bucales, según creen, los dientes se les caerían, las encías les sangrarían, las mandíbulas se les desencajarían, y los amigos y las personas amadas les volverían la espalda. También creen en una fuerte relación entre las características orales y las morales: por ejemplo, hay un ritual de ablución bucal para los niños, que supuestamente mejora su vena moral.
El ritual corporal cotidiano que llevan a cabo todos los soeporue incluye un rito bucal. A pesar de que estas gentes son tan puntillosas en lo que respecta al cuidado de la boca, este rito incluye una práctica que sorprende al foráneo no iniciado, hasta el punto de causarle náuseas. Según fuentes fiables, he logrado averiguar que dicho ritual consta de la inserción de un pequeño haz de cerdas dentro de la cavidad bucal, junto con ciertos ungüentos mágicos, y, a continuación, se mueve el haz de cerdas dentro de la boca en una formalizada serie de gestos.
Además del rito bucal privado, la gente visita a un hombre o mujer de boca una o dos veces al año. Estos practicantes cuentan con una impresionante e imponente parafernalia, que consta de una serie de taladros, agujas, sondas y picanas. El empleo de estos objetos en el exorcismo de los males de la boca conlleva una prácticamente increíble tortura del suplicante. El hombre o la mujer de boca le abre las mandíbulas al suplicante y, empleando las herramientas antes mencionadas, agranda cualquier agujero que la caries y/o el desgaste haya/n podido causar en los dientes. Estos hoyos se rellenan con materiales mágicos. Si no hay agujeros de ocurrencia natural en la dentadura, se extraen grandes porciones de uno o más dientes para que pueda aplicarse la sustancia sobrenatural. Desde el punto de vista del suplicante, los propósitos de esta liturgia son de detener el desarrollo de las caries y atraer amigos. El carácter extremamente sagrado y tradicional de estos rituales es evidente dado el hecho de que los nativos vuelven a visitar a los hombres y mujeres de boca año tras año, a pesar del hecho de que sus dientes continúan desgastándose.
Se espera que, al llevarse a cabo un estudio exhaustivo de los soeporue, habrá una minuciosa investigación en torno a la personalidad de estos practicantes. A uno le basta con ver el brillo en los ojos de un hombre o mujer de boca, mientras clava una aguja directo en un nervio expuesto, para sospechar que subyace cierta cantidad de sadismo. Si esto puede comprobarse según el método científico, surge un patrón bastante interesante, ya que la mayoría de la población demuestra claras tendencias masoquistas. A esto se refiere, por ejemplo, un estudio de los años treinta que comenta una distintiva parte del ritual corporal cotidiano que sólo llevan a cabo los varones adultos. Esta parte del ritual incluye un rascado y laceración de la superficie de la mitad inferior del rostro con un instrumento afilado. También existen rituales especiales femeninos, llevados a cabo más o menos tres o cuatro veces al mes lunar, pero estos compensan la falta de frecuencia con un exceso de barbarie. Como parte de esta ceremonia, las féminas adultas se tuestan en hornos de cuerpo entero durante una hora. Las mismas féminas se hacen insertar gelatinas mágicas dentro de los senos, e incluso inyectar un líquido tóxico en el rostro. El punto teóricamente más interesante es el hecho de que lo que parece ser un pueblo preponderantemente masoquista haya desarrollado especialistas tan sádicos.
Los hombres y mujeres de medicina tienen un imponente templo, o latipsoh, en toda localidad sin importar el tamaño de ésta. Las ceremonias más complejas, que se requieren para tratar a los enfermos más graves, sólo pueden llevarse a cabo en estos templos. Dichas ceremonias no involucran sólo al taumaturgo, sino también a un grupo permanente de vestales y acólitos que se mueven tranquilamente por las salas del latipsoh ataviados con distintivos trajes y tocados.
Las ceremonias de latipsoh son tan drásticas que resulta fenomenal el hecho de que una buena proporción de los nativos verdaderamente enfermos que visitan estos templos se recuperen. Se sabe que los niños cuya indoctrinación no ha sido completada han resistido intentos de que los lleven a dichos templos, ya que "allí es adonde uno va para morir." A pesar de ello, los adultos indispuestos no sólo se muestran voluntarios, sino incluso entusiasmados, a la hora de realizar la prolongada purificación ritual; en ciertos territorios, si pueden permitírselo. En dichas regiones, no importa cuán grave el estado del suplicante ni cuán urgente la emergencia, los guardianes de muchos templos no admiten a los clientes si éstos no pueden entregar una cuantiosa ofrenda a los custodios. Incluso después de que uno haya conseguido y sobrevivido a las ceremonias, los guardianes no permitirán al neófito que deje el latipsoh a menos que este entregue otra ofrenda más.
Se despoja primero al suplicante, al entrar en el templo, de todas sus vestiduras. En la vida cotidiana, los soeporue evitan mostrar el cuerpo desnudo y sus funciones naturales. Los ritos de ablución, de egestión y de excreción sólo se llevan a cabo en la intimidad de los santuarios, donde están ritualizados como parte de las ceremonias corporales. Se desprende un shock psicológico del hecho que la intimidad corporal se pierde de repente con la entrada en el latipsoh. Para dar un ejemplo, un varón cuya compañera nunca le ha visto en el acto de excreción o de egestión se halla de repente desnudo y asistido por una vestal mientras lleva a cabo sus funciones naturales en un recipiente sagrado. Esta clase de tratamiento ceremonial se desprende de la necesidad del hecho que las secreciones son empleadas por unos adivinos para predecir el curso y la naturaleza de la enfermedad del suplicante. Por otro lado, las suplicantes en femenino, especialmente las heterosexuales, hallan que sus cuerpos desnudos son sujeto del escrutinio, de la manipulación y de la presión manual por parte de acólitos y hombres de medicina.
Hay otra clase de practicantes llamados escuchadores. Estos chamanes tienen el poder de exorcizar a los demonios que se alojan en las cabezas de la gente que ha sido hechizada. Los soeporue, cada vez menos pero aún así por lo general, creen que los progenitores hechizan e incluso pueden maldecir a sus hijos. Se sospecha particularmente que las madres echen maldiciones a los niños al enseñarles los secretos de los rituales corporales. El contrahechizo de los chamanes es inusual dada su falta de ritual. El paciente, así de simple, le explica al escuchador todos sus problemas y sus temores, empezando por las primeras dificultades que puede recordar. La memoria de la que hacen gala los soeporue durante estas sesiones de exorcismo es verdaderamente digna de elogio. No es inusual que el paciente lamente el rechazo que sintió al ser destetado durante la primera infancia, y hay incluso individuos que ven el comienzo de sus penas en el efecto traumático del propio nacimiento.
Para concluir, debemos mencionar ciertas prácticas enraizadas en la estética nativa, pero que también dependen de la pervasiva aversión al cuerpo natural y a las funciones físicas. Hay cada vez más ayunos rituales para que la gente gorda adelgace y cada vez más festines ceremoniales para que la gente delgada engorde. El rito de la inserción de gelatinas en el pecho, ut supra diximus (véase el párrafo sobre el masoquismo), se emplea para agrandar los senos femeninos si éstos son de tamaño reducido. El descontento general de las féminas de este pueblo está simbolizado por el hecho de que la forma ideal de senos, talle y caderas se halla virtualmente fuera del espectro de la variación humana. Algunas féminas, dotadas de un desarrollo mamario prácticamente extrahumano, son tan idealizadas y veneradas que llevan un cómodo tren de vida simplemente desplazándose de poblado en poblado y permitiendo a los nativos que las observen a cambio de un precio. Ya se ha hecho mención de las inyecciones de líquidos tóxicos en el rostro y de las sesiones de horneo que estas féminas llevan a cabo para considerarse hermosas (véase también el párrafo sobre el masoquismo), pero también cabe señalar que hay varones tan preocupados por el desarrollo de sus músculos como las féminas lo están por sus senos y caderas. Estos varones que se consideran constantemente faltos de vigor realizan intensas sesiones de actividad física ritual con el fin de desarrollar sus músculos de extremidades, tórax y abdomen. También hay varones dotados de un desarrollo muscular prácticamente extrahumano que llevan una vida privilegiada simplemente desplazándose de poblado en poblado y permitiendo a los nativos que les observen a cambio de un precio.
Ya se ha hecho referencia al hecho de que las funciones de excreción y egestión son ritualizadas, realizadas siguiendo una rutina, y relegadas al secreto. Las funciones naturales del aparato reproductor son distorsionadas de manera similar. El coito es un tabú como tema y está planeado y organizado como acto. Se procura evitar el embarazo mediante el empleo de ciertos objetos mágicos y limitando el acto del coito a ciertas fases lunares. Consecuencia de esto es el hecho de que la fecundación sea en realidad muy poco frecuente. Las féminas en estado se visten de cierto modo con tal de ocultar su condición. El parto tiene lugar en secreto, sin la asistencia de amigos o familiares, y la mayoría de féminas no dan el pecho a sus hijos, delegando esta tarea en sus compañeros varones y/o mediante el uso de un recipiente lleno de supuesta leche mágica, mezclada como ciertos polvos disueltos en agua, siendo la tapa del recipiente una réplica fiel del pezón femenino humano.
Cierto es que nuestra reseña de la vida ritual de los soeporue, por ende, ha mostrado que son un pueblo muy creyente en la magia. Resulta difícil comprender cómo han conseguido existir en nuestros días bajo la presión que se han impuesto a sí mismos. Pero incluso costumbres tan exóticas como éstas alcanzan un auténtico significado vistas con el cristal de la reflexión que nos provee Malinowski al escribir:
"Mirando desde una elevada altura, desde la seguridad de nuestras altas esferas en el mundo desarrollado, resulta fácil ver todo lo cruda e irrelevante que es la magia. Pero, sin su poder ni su guía, el ser humano primitivo no podría haberse hecho dueño de sus dificultades prácticas como ha hecho, ni podría haber avanzado hasta las fases más avanzadas de la civilización".


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