jueves, 9 de agosto de 2018

LA VACA CEGA / THE BLIND COW (COMPARISON)


“La Vaca Cega”, de Joan Maragall, fue traducida por una servidora en febrero de este año en su blog, con el título “The Blind Cow”:

LA VACA CEGA
THE BLIND COW
Topant de cap en una i altra soca,
avançant d'esma pel camí de l'aigua,
se'n ve la vaca tota sola. És cega.
D'un cop de roc llançat amb massa traça,
el vailet va buidar-li un ull, i en l'altre
se li ha posat un tel: la vaca és cega.
Ve a abeurar-se a la font com ans solia,
mes no amb el ferm posat d'altres vegades
ni amb ses companyes, no; ve tota sola.
Ses companyes, pels cingles, per les comes,
el silenci dels prats i en la ribera,
fan dringar l'esquellot, mentres pasturen
l'herba fresca a l'atzar... Ella cauria.
Topa de morro en l'esmolada pica
i recula afrontada... Però torna,
i baixa el cap a l'aigua, i beu calmosa.
Beu poc, sens gaire set. Després aixeca
al cel, enorme, l'embanyada testa
amb un gran gesto tràgic; parpelleja
damunt les mortes nines i se'n torna
orfe de llum sota del sol que crema,
vacil.lant pels camins inoblidables,
brandant llànguidament la llarga cua.
Now stumbling on this tree-trunk, now on that,
instinctively towards the waterway
ambles a lonely cow: she's wholly blind.
The cowherd lad, throwing too well a rock,
put out her right eye, and a cataract
veils the left one: the cow is wholly blind.
She seeks the cooling fountain, like before,
but not with the resolve of yesteryear,
nor with her friends; no, but all on her own.
Her friends, upon the valleys and the hills,
the meadows and the riverbank, in peace,
ring, as they ruminate fresh grass, their bells,
by chance: if she did so, she would fall down.
She stumbles face-first into the hard pipe
and, wavering, reels back; yet she returns,
lowers her head to drink and drinks, serene.
She merely sips, without much of a thirst,
then raises to the skies the horned head
with a most tragic gesture, as she blinks
with dead eyes, ere away she wends her way,
bereft of light beneath the burning sun,
wavering down a path that knows no end,
listlessly flicking her tail to and fro.

Lo primero que hay que destacar en este caso es el hecho de que el texto meta está en pentámetro yámbico, en blank verse, al estilo de Shakespeare y otros clásicos literarios anglófonos. Es el ritmo intrínseco que posee la lengua inglesa, y el más afín al endecasílabo del original catalán. El pentámetro yámbico es la estructura musical eufónica por naturaleza de la lengua inglesa. A cada idioma le sale un esquema prosódico eufónico diferente (en el caso del español, se trata del octosílabo). “Oh yeah” (yambo) es eufónico en inglés, mientras que “Thank you” (troqueo) no lo es tanto.
Por ende, el que la traducción esté en blank verse nos proporciona un claro ejemplo de opción de la traducción del verso que Holmes denomina forma analógica: la adopción de una forma que, en la tradición de la literatura meta, tenga una función paralela a la de la forma utilizada por el original en su tradición respectiva.
El poema original fue escrito por Joan Maragall en el Pirineo catalán en 1893; la vaca ciega existió en realidad, y tanto ella como el joven vaquero que le sacó el ojo de una pedrada procedían de Sant Joan de les Abadesses (comarca del Ripollés). A una ocurrencia tan mundana como una vaca ciega que bebe agua, la reacción de Maragall le da un aire de tragedia y de fatalidad, llegando a transmitir la fuerza revitalizadora que tiene la compasión.
Sandra Dermark se topó con “La vaca cega” en un libro de Lengua Valenciana de Secundaria: como friki, o geek, trilustre acosada en clase por sus compañeros debido a sus gustos y aficiones, buscando refugio en la literatura y en los estudios. No tardó en ver reflejada su propia situación en la de la vaca distanciada del rebaño. Seis o siete años después, con la mudanza temporal de Castellón a Valencia y el máster, se le vino a la mente la idea de traducir el poema al inglés en pentámetro yámbico, la contraparte inglesa del endecasílabo en las lenguas de la Península Ibérica.
Lo primero que cabe señalar en esta traducción es el léxico empleado en la versión inglesa. Se trata de un léxico en ocasiones más elevado que en el del texto origen: donde la vaca de Maragall “se'n va”, la de la traducción “ambles;” la vaca del texto origen está “vacil·lant” donde la de Dermark está “wavering;” “se'n torna” en el poema catalán donde “she wends her way” en la traducción; y “el ferm posat d'altres vegades” de Maragall se ha anglicizado con maestría y destreza como “the resolve of yesteryear” en el texto meta.
También se han tenido que sacrificar o distorsionar locuciones y metáforas en aras de la métrica, ya por culpa de la cuenta de sílabas (“d'esma” => ”instinctively”), ya de la acentuación de las palabras, siendo la intención de la traductora la de crear, en este caso, un blank verse sin irregularidades (“orfe de llum” => ”bereft of light”).
La versión de Dermark también añade ciertos detalles, aprovechando los yambos libres que le deja en la plantilla del pentámetro el monosilabismo de la lengua inglesa al verter de una lengua románica. Siendo el más sobresaliente que el texto meta explica que fue el ojo izquierdo en el que se le puso una nube, o catarata, a la vaca; y el derecho, el que perdió a causa de una pedrada demasiado certera lanzada por un joven mayoral. Este detalle, añadido debido a las exigencias del pentámetro, se halla ausente en el poema original de Maragall. Nunca sabremos si la vaca ciega real de los Pirineos que inspiró el poema perdió qué ojo por qué causas. Y, teniendo en cuenta que tanto “left” como “right” son monosílabos, también podría haber sido el ojo izquierdo el que le sacó aquella pedrada a la vaca dermarkiana, entonces tuerta; pero tal vez subconscientemente asociando “put out her right eye” con “put out the light”, Dermark encontró la solución más eufónica, eufonía que repite con las fricativas al decir que la catarata “veils her left one.
Otro detalle que merece recalcar es la traducción de “l'embanyada testa” como “the horned head,” que barniza el verso original de Maragall con una brillante capa de intertextualidad, ya que se trata de una alusión al poema de A.E. Housman “Terence, This Is Stupid Stuff:”

The cow, the old cow, she is dead;
It sleeps well, the horned head:
We poor lads, 'tis our turn now
To hear such tunes as killed the cow.

Asociando a la vaca de Maragall con la de Housman, el texto meta la dota, presintiendo su destino, de una nota aún más trágica.
El poema también describe, en ambas versiones, rasgos de un paisaje rural montañoso (de los Pirineos catalanes): laderas, precipicios, colinas falderas (“foothills”), valles, troncos de árboles, además de un riachuelo y una fuente de régimen nival. Es por defecto un paisaje diurno donde hace buen tiempo, cuya belleza y frescura crean un vívido contrapunto a la invidencia de la vaca, sobre todo porque sus compañeras son conscientes del entorno. Tanto la sed como el tacto (los troncos de los árboles, la afilada pica de acero de la fuente), a falta de vista, espolean a la vaca ciega, y el énfasis en estos estímulos (¿quién no se ha levantado a por un vaso de agua de noche?) queda magistralmente reflejado en la traducción dermarkiana.

Para finalizar, y a modo de resumen, sería interesante hacer énfasis en los últimos versos para ver qué se ha ganado, perdido y alterado al realizar su traducción:

LA VACA CEGA
THE BLIND COW
Beu poc, sens gaire set. Després aixeca
al cel, enorme, l'embanyada testa
amb un gran gesto tràgic; parpelleja
damunt les mortes nines i se'n torna
orfe de llum sota del sol que crema,
vacil.lant pels camins inoblidables,
brandant llànguidament la llarga cua.
She merely sips, without much of a thirst,
then raises to the skies the horned head
with a most tragic gesture, as she blinks
with dead eyes, ere away she wends her way,
bereft of light beneath the burning sun,
wavering down a path that knows no end,
listlessly flicking her tail to and fro.

De “l'embanyada testa” adquiriendo nuevas connotaciones intertextuales con la traducción como “the horned head” ya hemos hablado. En aras de la métrica, también se ha sacrificado el adjetivo “enorme” aplicado a la cabeza de la vaca, pero la alusión a Housman compensa esta omisión con creces.
Mientras que la vaca de Maragall “beu poc”, la de Dermark “merely sips”, acentuando aún más su falta de sed. La métrica también ha obligado a Dermark a prescindir de la metáfora “orfe de llum” y traducirla como “bereft of light”, compensando con el adjetivo arcaico. Notemos también la aliteración en “bereft of light beneath the burning sun.”
Comparando “i se'n torna” con “ere away she wends her way,” este verso pone más énfasis en la primera mitad en el texto origen y en la segunda en el texto meta, que hace énfasis en que la vaca se da la vuelta y se marcha, distanciándose de la fuente.
“Camins inoblidables” se ha vertido, en aras de la métrica, como “a path that knows no end”: no haciendo énfasis en que el camino es imposible de olvidar para la vaca ciega, sino en que no sabe dónde el camino de su vida acabará, como animal discapacitado que es.
Por último, cabe hablar de la traducción del verso final, con esa omisión de “la llarga cua”, que Dermark compensa al traducir parcialmente el sentido de “brandant” con las palabras finales “to and fro”, expresión que sugiere y describe un movimiento pendular. El efecto de las palabras finales de los dos textos es diferente: “la llarga cua” de Maragall se centra en la longitud de su cola, mientras que Dermark, con “to and fro”, pone énfasis en dicho movimiento pendular y dota de más ritmo, musicalidad y melancolía al verso final.

THE CARNIVAL DAUGHTER (+ SEQUEL FIC)



Illustration by Jack Stockman,



The Carnival Daughter
Others went away forever into a country that was only in their minds…

Carny lived in a huge mansion on the edge of the mountain that rose. Mt. Hill lifted its grand peak to the sky and proudly displayed a vast array of large estates and palatial homes. The child’s father was a wealthy merchant who traveled far to purchase costly goods for sale in the bazaar.
Carny had everything a girl could want. She never went hungry or shivered in the cold. Her father was rich enough to hire servants. Her mother was beautiful and kind. She had no brothers or sisters demanding to share her toys.
But something was wrong. Something was so wrong with Carny that her mother wept quietly in the day when everyone else was sleeping…


Illustration by Zhivko Zhelev


La Hija de la Feria
Otros se marchaban para siempre a un país que sólo existía en sus mentes…
Feria vivía en una vasta mansión al borde del monte que se alzaba. El monte Colina alzaba su gran cumbre hacia los cielos y hacía soberbio alarde de grandes propiedades y hogares palaciegos. El padre de la criatura era un acomodado negociante que viajaba largas distancias para comprar objetos de valor que vendía en el bazar.
Feria tenía todo cuanto una niña puede desear. Nunca tenía hambre, ni sed, ni tiritaba de frío. Su señor padre se permitía el lujo de contratar a sirvientes. Su señora madre era hermosa y amable. Ella no tenía hermanos, ni varones ni hermanas, que le pidieran compartir sus juegos y juguetes.
Pero algo fallaba. Algo pasaba tan malo con Feria que su madre sollozaba en silencio durante el día, mientras todos los demás dormían. Y su padre se paseaba con un gesto facial de preocupación que le hendía una profunda línea en el entrecejo. Los sirvientes se reunían en grupos, juntitos juntitos, conversando sobre la triste condición de la niña.
Feria permanecía en su habitación. Se negaba a mirar por las ventanas por las preciosas noches estrelladas. Las contraventanas estaban cerradas con llave, así como las persianas, y los pesados tapices que servían de cortinas de invierno estaban siempre cerrados.
Las únicas personas a las que se admitía en la habitación eran la Nana, la niñera (que se marchaba llevando bandejas plateadas de comida medio acabadas) y la madre de Feria (que sólo se quedaba para breves visitas), pero nunca su señor padre. Él, desgraciadamente, le recordaba mucho a Feria a otra persona que le había hecho sufrir.
Todos los sirvientes de antaño recordaban que la niña había una vez sido una alegre y hermosa duendecilla de brillantes ojos color café y lustrosos rizos entre dorados y castaños. Le salían hoyuelos en las mejillas cuando sonreía… y siempre estaba sonriendo, danzando por allí, llena de abrazos para todos.
–Ella era un primor –se susurraban los unos a los otros, sus cofias almidonadas asintiendo en un estrecho círculo. –Qué primor. Qué pena.
Pero hacía cinco terribles años que aquello sucedió.
El Baile del Usurpador, celebrado cada año en una mansión diferente escogida por el gobernante, tuvo lugar aquel año en el palacio de mármol y cedro de los padres de Feria. La mansión estaba llena de invitados, y los soldados del Usurpador montaban guardia en torno a todos aquellos que se divertían, que reían y danzaban y brindaban y actuaban como si estuvieran pasándoselo bien… aunque algunos de ellos admitían que era difícil divertirse si eran forzados a ello.
Aquella noche, a Feria la habían metido en la cama por su seguridad. Las madres escondían a sus criaturas cuando el Usurpador estaba cerca –no porque al gobernante no le gustaran los niños, no, no. El problema era que le gustaban demasiado y de todas las formas equivocadas. Los huérfanos, por supuesto, eran propiedad del Gobierno, que los empleaba como mano de obra forzada. Pero los hijos de la gente acomodada no estaban exentos de la leva. Más de una criatura bien parecida había “entrado en quintas” para servir como consentidas estrellas en el Palacio del Placer, donde el pueblo llano, lleno de hastío y de mal del corazón, venía para olvidar por un rato sus penas, sus temores, y sus sufrimientos. Pocos progenitores pensaban en esto como un privilegio.
Escaleras abajo, la música sonaba. Los cascabeles cosidos a los hábitos de los sacerdotes tintineaban. La risa y la celebración despertaron a la niña de su profundo sueño. Ella salió reptando de la cama y se dirigió, de puntillas, a la barandilla circular que protegía el corredor de los dormitorios del vasto espacio que se arqueaba hasta el gran techo de cúpula y al grandioso salón…
(Traducción de Sandra Dermark)

(Continuación redactada por Sandra Dermark)


Una tarde de otoño en que Feria no tenía clases particulares, y su niñera se había vuelto a su campiña natal (en otra provincia, bien lejos del monte Colina), y sus padres se habían ido a la ópera (pues en aquel complejo de mansiones también había un teatro, además de un internado de señoritas, un casino y una academia militar), ella estaba tirada en la cama con dosel, sus rubios rizos cayéndole en cascada por las sienes y los hombros, leyendo un poemario. Cabe decir que ella tenía muchos libros ilustrados, entre cuentos, novelas, poemarios, obras de teatro y ensayos, pero aquella tarde no hallaba placer en ninguno de sus muñecos o juegos, en dibujar o colorear o siquiera hojear cualquier otro libro.
El sol ya se estaba poniendo y hacía frío, el jardín francés estaba envuelto en brumas y caían las hojas secas una tras otra. Y allí estaba ella, tirada en la cama, con los codos hincados en el suave edredón de satén y recitando su poema preferido, el de la página por la que el libro estaba abierto:
Pasan las horas de hastío
por la estancia familiar,
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar…

Ese era uno de los pocos poemas que le entretenía leer cuando estaba sola de verdad. No sabía por qué razón.
Dice la monotonía
del agua clara al caer:
un día es como otro día,
hoy es lo mismo que ayer.

Cae la tarde. El viento agita 
el parque mustio y dorado… 
¡Qué largamente ha llorado 
toda la fronda marchita!

Especialmente en otoño e invierno, cuando la bruma y/o la lluvia no permitían salir al aire libre y perderse entre los setos del laberinto, o perseguir mariposas o mariquitas. Feria suspiró y miró hacia arriba, a las constelaciones luminiscentes que decoraban el dosel de la cama. Pronto, el sol se pondría del todo y los astros bordados volverían a brillar.
Y fue entonces cuando ella oyó una dulce voz masculina, menos profunda que la de su señor padre o la del mayordomo, al ritmo de una guitarra acústica:

Guadalajara en un llano,
México en una laguna…

Al principio lo pensó como ensoñaciones suyas, pero ahora podía discernirlo más claramente:
Guadalajara en un llano,
México en una laguna…
me he de comer esa tuna…

Intrigada, pegó un brinco de la cama y corrió las cortinas del dosel, y luego las de la ventana de su cuarto, con todas sus fuerzas, para echar un vistazo, el primero en un lustro de reclusión, al mundo exterior. Allá afuera, a contraluz del sol poniente, más allá de la puerta modernista de hierro forjado, había un chico joven, como tres o cuatro años mayor que ella, vestido con una especie de uniforme, que punteaba una guitarra flamenca a zurdas; tocaba las cuerdas en medio del instrumento con la mano izquierda y lo agarraba por las clavijas con la derecha:

Desde Santurce a Bilbado,
vengo por toda la orilla…

Se miraron un instante, pero no necesitaron más. Ni siquiera cuando otros jóvenes uniformados igual vinieron a por su compañero y se lo llevaron con él, justo cuando su bardo estaba elogiando al mejor puente colgante, ubicado en Portugal u otro lugar parecido. Ni siquiera cuando, tras desaparecer todos los chicos de uniforme cuesta abajo, ella por fin se rindió al sueño. Con una anhelada sonrisa en los labios.
Ese invierno, por el solsticio, sería su fiesta trilustral de presentación en sociedad. Entre todos los cadetes y señoritos del monte Colina seguro que se disputarían el derecho de sacarla a la pista, bajo la majestuosa lámpara de araña, mientras los padres de los adolescentes iban a discutir, como siempre, las ofertas de matrimonio; aquel sería el debut de la joven (que ya no sería, una niña y aún no sería una mujer), sin contar que aquella noche otros echarían su suerte por ella, y su vida nunca volvería a ser igual…



EPÍLOGO
Puente de Portugalete,
el mejor puente colga-a-ante…

–¡Modesto! –le despertaron de su ensoñación. Había creído ver una silueta femenina, pequeña y frágil, allende las contraventanas. Quién sabe si era igual como él la imaginaba: un ángel caído, un hada enjaulada, que necesitaba que alguien la tuviera en sus brazos.
Aun así, seguro que estaba fuera de su alcance. Ella, una heredera del monte Colina, fijo que hija única de sus señores padres. Él, un estudiante bohemio de una universidad en el otro confín del reino, que estaba simplemente veraneando con la tuna (para más inri, su educación primaria se la debía a sí mismo), y tenía que regresar, con el otoño, a la rutina de la Facultad.
Ella vivía en un palacio de mármol y cedro, con un jardín francés perfectamente ordenado y una reja modernista, en una habitación escaleras arriba con contraventanas y persianas; él, en una guardilla al borde del campus, con una caja de madera, en el alféizar, donde cultivaba sus propias zanahorias, perejil, cebolletas y las flores que llaman alegrías.
Los dos eran personas inteligentes y sensibles, los dos eran hijos únicos, sabían apreciar las cosas buenas de la vida… pero se reencontrarían, y se conocerían mejor el uno al otro, cuando las ranas criaran pelo.
Nunca más se volverían a ver, y, seguro que cuando se vieran por siguiente vez, ella estaría casada con otro, más o menos contra su voluntad.
Aquel encuentro no sería más que una nota a pie de página de la vida que él esperaba, a la hora de realizar su carrera, y seguro que estaría, tras graduarse, a años luz del monte Colina, físicamente y en espíritu. Seguro que él estaría casado con otra, con una mujer de su clase media de su villa de provincias natal.
¿Y qué le importaría aquel encuentro efímero de los años mozos?
Lo mismo que a ella, seguro, pensó Modesto acompañando a sus compañeros de clase, de tuna y de fatigas a la taberna-venta que se erguía a la sombra del monte Colina, pensando en una jarra de cerveza negra con la que ahogar las penas:

Me he de co-o-omer esa tuna,
a-aunque me pinche las manos… 


La pinta de cerveza negra no había sido suficiente. No sabía cuántas copas de licor 34 con hielo se había echado entre pecho y espalda cuando, tras cantar estos versos, se dejó caer rendido, con la guitarra en la mano izquierda y la copa en la derecha, exhausto sobre la barra.



miércoles, 8 de agosto de 2018

A FLOWER AND A HUFFLEPUFF


A Flower and a Hufflepuff


by Swedish filker Karl Johan,
on the 18th of May, 2018

Karl Johan writes on the making of the lyrics:
For a very long while, I have tried to write a proper filk about the redshirt. I first had my eyes on Evert Taube's "Balladen om briggen 'Bluebird' av Hull" in the Star Trek environment, but never could get a suitable scenario.

Then, a few days ago, the fate of Cedric Diggory and Dan Andersson's masterpiece "En spelmans jordafärd" (Youtube, and an English translation) met each other, and this was the result.


As the evening sun is shining on the tow'r of Ravenclaw
see, a body cold lies on the Quidditch field
Is slowly carried off the field amid shouts from voices raw
with the last few rays of sun the day will yield
Heavy feet are walking down over flowers as they tread
heavy heads are bowing down as if to pray
From what should be victory a Hufflepuff is carried dead
over green that night is turning into gray

He was bold and he was mighty, says the noble Gryffindor
he was barely as a Hufflepuff at all
He was resourceful and pure-blood, so the Slytherin implore
our champion despite his house so small
He was wise and studious, says the ready Ravenclaw
he had a mind that could rival one of ours
Slowly walk and speak with care, whispers loyal Hufflepuff
so you do not tread on and wound the flowers

He is gone, say the four, tell the father what has become
Albus Dumbledore then tells his last adieu:
Remember Cedric Diggory, remember if time should come
when you have to make a choice between the two:
what is right and what is easy, remember then the boy,
the Hufflepuff who was good and kind and brave.
But a heavy foot treads down and a flower is destroyed
on the field where boots the sorrow do engrave

Over grass and over huts the night whispers as it flies
and pale stars are looking sadly from the sky
From the moor and from the west a poor light it lonely shines,
tells a song to the black water of the lake
And the storm sings wild and bold and in froth around the shores
sings the waves of those who wear the shirts of red
Over black and angry waters the night plays up a song
for a flower and a Hufflepuff is dead


There are some passages that could need future polishing and are slightly tricky to sing, but I think I've hit diminishing returns right now.

ETA: I found the notation for Dan Andersson's melody at a local library, and have fixed most of the scansion issues now.

viernes, 3 de agosto de 2018

GARCÍA LORCA Y EL DUENDE DEL SUR

And there it was, under the skin, fleshed to the bone of writing. And it sent me rushing for my copy of Federico Garcia Lorca's luminous and poetic Deep Song and Other Prose, and I couldn't decide between the essay on the duendes or on deep song, so here are moments from both offerings:
In "Deep Song," Lorca is contrasting what he considers the superficial flamenco songs of his day with the more ancient, mysterious, and mystical "deep song" or "cante jondo" that lingers in the Gypsy "siguirya," which he describes thus:
"The Gypsy siguiriya begins with a terrible scream that divides the landscape into ideal hemispheres. It is the scream of dead generations, a poignant elegy for the lost centuries, the pathetic evocation of love under other moons and other winds...the melodic phrase begins to pry open the mystery of the tones and remove the precious stone of the sob, a resonant tear in the river of the voice. No Andalusian can help but shudder on hearing that scream."
And this from the essay "Play and Theory of Duendes" which defies direct translation but in his essay is described as a force more powerful than the angel who gives lights, and the muse who gives form. It is a force that surges up from the earth, through the soles, into the body, and it strips away anything that is not authentic emotion. Here is the description he gives of a performance of famous Andalusian singer, Pastora Pavón Cruz, known also as La Niña de los Peines:
"As though crazy, torn like a medieval mourner, La Niña de los Peines got to her feet, tossed off a big glass of firewater and began to sing with a scorched throat, without voice, without breath or color, but with duende. She was able to kill all the scaffolding of the song and leave the way for a furious, enslaving duende, friend of sand winds, who made the listeners rip their clothes...La Niña de los Peines had to tear her voice because she knew she had an exquisite audience, one which demanded not forms but the marrow of forms, pure music with a body so lean it could stay in the air. She had to rob herself of skill and security, send away her muse and become helpless, that her duende might come and deign to fight hand and hand with her. And how she sang! Her voice was no longer playing, it was a jet of blood worthy of her pain and her sincerity, and it opened like a ten-fingered hand around the nailed but stormy feet of a Christ by Juan de Juni. "
And so I move from skin, to bone, to blood. Each time I sit down to write, it is a dare to touch the page, to open the incision; to send away the muse and the angel and invite my duende to force me to write from the soles up.

El Otelo de Shakespeare

#OthElokuu




El Magazín

elmagazin

El Otelo de Shakespeare

Por: María Paula Lizarazo Cañón
Al poco tiempo de haberse casado (el Bardo), sorpresivamente nació su primera hija, una niña llamada Susana. A lo largo de su vida matrimonial, visitaba a su esposa y sus tres hijos en Stratford esporádicamente: el teatro en Londres era entonces el dueño del tiempo de William Shakespeare; antes de consagrarse como autor, fue reconocido como gran actor.
Apasionado por los versos, nunca aprendió ni latín ni griego como lo exigía la academia en esos años. De niño, su familia fue perseguida a causa de continuar en la confesión católica en un reino anglicano, siendo que Inglaterra desde ese siglo (XVI) había roto su vínculo con la Iglesia Católica porque el entonces rey, Enrique VIII, sin previa autorización del Papa, anuló su matrimonio con la española Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, para contraer segundas nupcias con Ana Bolena.
La omnipresencia del amor en las obras de Shakespeare (1564 – 1616) es quizás uno de los reflejos más puros de la omnipresencia del amor en todas las historias de la humanidad. En aquel tiempo, la Reina Virgen de Inglaterra (Isabel I Tudor, hija de Enrique VIII) se las pasaba de baile en baile y de visita en visita, explorando tercamente (para la opinión) las profundas esencias del coqueteo de caricias infértiles. De ella se dice que sufrió de agenesia vaginal, una enfermedad que le impedía consumar el coito.
Los cercanos a la Corona y gran parte de los pueblerinos especulaban sobre la soltería de Isabel I, pues era preocupante el hecho de que nunca llegaría heredero alguno de la corona (y, de hecho, sería la última Tudor). Por contra, hay para quienes la preocupación residía en los clamores silenciosos de que no les pasara un embarazo premarital, es decir, un embarazo sin el precedente del permiso de un sacerdote para amar al amado.
Al parecer, ese absurdo permiso no lo tuvo Desdémona, en “Otelo: el moro de Venecia”, de Shakespeare.
Una noche, Yago y Rodrigo, impulsados por los celos y la envidia de que Otelo escogiera a Cassio como teniente, y el matrimonio que a escondidas habían cometido Otelo y Desdémona (la amada de Rodrigo), deciden llevar a cabo una intriga para acabar con las personas que les han fallado y privado de lo que es suyo por derecho.
En seguida, Otelo partió con sus hombres a una batalla, pero terminaron en un festín. Los celos de Yago y Rodrigo se regaban por dos corrientes. Una era por el cargo de Cassio, la otra por el amor de Desdémona. Entonces, Yago emborrachó a Cassio para provocar así una disputa con Rodrigo, en la que se interpuso Otelo dejando sin cargo a Cassio. Luego, Yago convenció a Cassio de que buscara a Desdémona y le implorara ayuda para recuperar su cargo; así sucedió. Tras oír a su esposa, Otelo naufragaba en un mar de dudas, dado que Yago, en una conspiración, le insinuó que Desdémona y Cassio encubrían amor.
A este punto de la tragedia, un pañuelo simbólico de amantes provocó un sinfín de confusiones y malentendidos, incitando así a la inocencia del hombre con primitiva experiencia a planear dos muertes: la de Desdémona y la de Cassio.
Pero, finalmente, es Yago quien se encarga de Cassio, botando la culpa sobre Rodrigo, quien, antes de refutar esa mentira, es muerto también por Yago. Emilia, esposa de Yago, llama a Desdémona y Otelo para dar cuenta de los muertos; no obstante, se revela a sí misma los sucesos y dice a todos que la infinitud de problemas los ha causado Yago, trayéndole dicha revelación la muerte  por cuenta de él.
Otelo no aguantó más la incertidumbre de los celos y dio  fin a la vida de Desdémona. Cassio, que no murió por las heridas que le abrió Yago, heredó el cargo de Otelo; los caballeros de Venecia encerraron al moro por haber asesinado a su esposa, pero este no aguantó la separación de su amada y optó por suicidarse antes que por vivir sin ella.
Esta tragedia ocurrida en el Chipre veneciano es una obra en la que Shakespeare intuyó y mostró que los humanos traen la muerte por razones de lo que el ucraniano Wilhelm Reich vendría a llamar peste emocional: una coraza social en la que los comportamientos son mecánicos, represivos y violentos, cultivados en todas las personas, pues se les ha convencido de verdades y valores absolutos, quitándoles la libertad de la autenticidad de ideas propias, sin importar a qué cultura o época pertenecen.
Tres años antes de su muerte, hacia 1613, Shakespeare dejó de escribir y regresó al primer lugar en el que, para suerte de nosotros, respiró este aire que respiramos: Stratford on Avon.
*Edición citada: William Shakespeare. Obras completas. Tomo IV. Editorial Aguilar.

THE LAST CAMPAIGN OF VIRVILLE

THE LAST CAMPAIGN OF VIRVILLE
A French Military Yarn of the Napoleonic Era
Translated and retold by Sandra Dermark

In the village of Gémeaux, not far from Dijon, there once lived one Monsieur de Virville, whose memory has become quite celebrated throughout the shire and has given origin to the following legend:

Captain de Virville was a gallant officer in the armies of old Bonaparte. After the Battle of Waterloo, he hung up the sword and went to live in his native village of Gémeaux. In the daytime, he was rarely seen in public, and, by night, he was always wide awake.
And nearly every evening, as the rest of the village went to bed, there were heard the hoofbeats of a fiery steed, after which came a carriage, from within which a deep voice was heard:
"Are you sleeping, Virville? Shall you tarry?"
An instant later, the reply was heard: 
"At your service, mon général!"
And the rolling of the wheels was heard loud as thunder, some days in one direction and some days in the opposite direction. At that moment, the valley sank once more into silence.
Some of the villagers, peeking through half-open windows, saw the carriage pass by, without being able to distinguish anything more than the two silhouettes. They had also seen that on some nights, a few minutes before twelve sharp, a horseman remained still, in silent, before the crucifix on the marketplace. It was the visitor of M. de Virville. But what was he doing there?
The villagers had found out that both riders set course for the battlefield on the outskirts of Gémeaux, where, after being called by name, their fallen comrades appeared: first of all, the generals; then, the officers; and, at last, the rank and file. They took up their formation, and, to the voice of command, "Avancez!", they all fought against an imaginary enemy. At the break of day, all of them had disappeared, and every drop of dew had turned to a drop of blood.
And even more details where found out. Jules Bonnot, "un esprit fort" who feared neither god nor beast nor man, assured that he had seen the fantastic horse, all made of cold steel, that many a time came to seek out M. de Virville.
One night, M. Bonnot braced himself to wait for them. In fact, it was not such a long wait. The horse appeared, trotting down the hill. As soon as it saw M. Bonnot, it whinnied loudly for rage. Then, the poor curious fellow, trembling like a leaf, saw how the steed grew... and grew... and grew... until it was the size of a full-grown elephant. And still it kept on growing even more; but poor Jules Bonnot was not able to see it, for the dread and the shock of it made him stumble and fall senseless on the ground.
Thus was he found by some labourers when, at the crack of dawn, they went out into the fields to till their soil.
Then came a night when, to the question of the stranger on horseback, M. de Virville did not answer: "At your service, mon général!" He was sleeping the last sleep, nevermore to awaken.
The night before his funeral, a long file of horsemen in uniform passed in silence through the marketplace of Gémeaux, and, in front of the crucifix, they bowed as low as they could in deep reverence.
Among them was the soul, or ghost, of M. de Virville.