jueves, 9 de agosto de 2018

THE CARNIVAL DAUGHTER (+ SEQUEL FIC)



Illustration by Jack Stockman,



The Carnival Daughter
Others went away forever into a country that was only in their minds…

Carny lived in a huge mansion on the edge of the mountain that rose. Mt. Hill lifted its grand peak to the sky and proudly displayed a vast array of large estates and palatial homes. The child’s father was a wealthy merchant who traveled far to purchase costly goods for sale in the bazaar.
Carny had everything a girl could want. She never went hungry or shivered in the cold. Her father was rich enough to hire servants. Her mother was beautiful and kind. She had no brothers or sisters demanding to share her toys.
But something was wrong. Something was so wrong with Carny that her mother wept quietly in the day when everyone else was sleeping…


Illustration by Zhivko Zhelev


La Hija de la Feria
Otros se marchaban para siempre a un país que sólo existía en sus mentes…
Feria vivía en una vasta mansión al borde del monte que se alzaba. El monte Colina alzaba su gran cumbre hacia los cielos y hacía soberbio alarde de grandes propiedades y hogares palaciegos. El padre de la criatura era un acomodado negociante que viajaba largas distancias para comprar objetos de valor que vendía en el bazar.
Feria tenía todo cuanto una niña puede desear. Nunca tenía hambre, ni sed, ni tiritaba de frío. Su señor padre se permitía el lujo de contratar a sirvientes. Su señora madre era hermosa y amable. Ella no tenía hermanos, ni varones ni hermanas, que le pidieran compartir sus juegos y juguetes.
Pero algo fallaba. Algo pasaba tan malo con Feria que su madre sollozaba en silencio durante el día, mientras todos los demás dormían. Y su padre se paseaba con un gesto facial de preocupación que le hendía una profunda línea en el entrecejo. Los sirvientes se reunían en grupos, juntitos juntitos, conversando sobre la triste condición de la niña.
Feria permanecía en su habitación. Se negaba a mirar por las ventanas por las preciosas noches estrelladas. Las contraventanas estaban cerradas con llave, así como las persianas, y los pesados tapices que servían de cortinas de invierno estaban siempre cerrados.
Las únicas personas a las que se admitía en la habitación eran la Nana, la niñera (que se marchaba llevando bandejas plateadas de comida medio acabadas) y la madre de Feria (que sólo se quedaba para breves visitas), pero nunca su señor padre. Él, desgraciadamente, le recordaba mucho a Feria a otra persona que le había hecho sufrir.
Todos los sirvientes de antaño recordaban que la niña había una vez sido una alegre y hermosa duendecilla de brillantes ojos color café y lustrosos rizos entre dorados y castaños. Le salían hoyuelos en las mejillas cuando sonreía… y siempre estaba sonriendo, danzando por allí, llena de abrazos para todos.
–Ella era un primor –se susurraban los unos a los otros, sus cofias almidonadas asintiendo en un estrecho círculo. –Qué primor. Qué pena.
Pero hacía cinco terribles años que aquello sucedió.
El Baile del Usurpador, celebrado cada año en una mansión diferente escogida por el gobernante, tuvo lugar aquel año en el palacio de mármol y cedro de los padres de Feria. La mansión estaba llena de invitados, y los soldados del Usurpador montaban guardia en torno a todos aquellos que se divertían, que reían y danzaban y brindaban y actuaban como si estuvieran pasándoselo bien… aunque algunos de ellos admitían que era difícil divertirse si eran forzados a ello.
Aquella noche, a Feria la habían metido en la cama por su seguridad. Las madres escondían a sus criaturas cuando el Usurpador estaba cerca –no porque al gobernante no le gustaran los niños, no, no. El problema era que le gustaban demasiado y de todas las formas equivocadas. Los huérfanos, por supuesto, eran propiedad del Gobierno, que los empleaba como mano de obra forzada. Pero los hijos de la gente acomodada no estaban exentos de la leva. Más de una criatura bien parecida había “entrado en quintas” para servir como consentidas estrellas en el Palacio del Placer, donde el pueblo llano, lleno de hastío y de mal del corazón, venía para olvidar por un rato sus penas, sus temores, y sus sufrimientos. Pocos progenitores pensaban en esto como un privilegio.
Escaleras abajo, la música sonaba. Los cascabeles cosidos a los hábitos de los sacerdotes tintineaban. La risa y la celebración despertaron a la niña de su profundo sueño. Ella salió reptando de la cama y se dirigió, de puntillas, a la barandilla circular que protegía el corredor de los dormitorios del vasto espacio que se arqueaba hasta el gran techo de cúpula y al grandioso salón…
(Traducción de Sandra Dermark)

(Continuación redactada por Sandra Dermark)


Una tarde de otoño en que Feria no tenía clases particulares, y su niñera se había vuelto a su campiña natal (en otra provincia, bien lejos del monte Colina), y sus padres se habían ido a la ópera (pues en aquel complejo de mansiones también había un teatro, además de un internado de señoritas, un casino y una academia militar), ella estaba tirada en la cama con dosel, sus rubios rizos cayéndole en cascada por las sienes y los hombros, leyendo un poemario. Cabe decir que ella tenía muchos libros ilustrados, entre cuentos, novelas, poemarios, obras de teatro y ensayos, pero aquella tarde no hallaba placer en ninguno de sus muñecos o juegos, en dibujar o colorear o siquiera hojear cualquier otro libro.
El sol ya se estaba poniendo y hacía frío, el jardín francés estaba envuelto en brumas y caían las hojas secas una tras otra. Y allí estaba ella, tirada en la cama, con los codos hincados en el suave edredón de satén y recitando su poema preferido, el de la página por la que el libro estaba abierto:
Pasan las horas de hastío
por la estancia familiar,
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar…

Ese era uno de los pocos poemas que le entretenía leer cuando estaba sola de verdad. No sabía por qué razón.
Dice la monotonía
del agua clara al caer:
un día es como otro día,
hoy es lo mismo que ayer.

Cae la tarde. El viento agita 
el parque mustio y dorado… 
¡Qué largamente ha llorado 
toda la fronda marchita!

Especialmente en otoño e invierno, cuando la bruma y/o la lluvia no permitían salir al aire libre y perderse entre los setos del laberinto, o perseguir mariposas o mariquitas. Feria suspiró y miró hacia arriba, a las constelaciones luminiscentes que decoraban el dosel de la cama. Pronto, el sol se pondría del todo y los astros bordados volverían a brillar.
Y fue entonces cuando ella oyó una dulce voz masculina, menos profunda que la de su señor padre o la del mayordomo, al ritmo de una guitarra acústica:

Guadalajara en un llano,
México en una laguna…

Al principio lo pensó como ensoñaciones suyas, pero ahora podía discernirlo más claramente:
Guadalajara en un llano,
México en una laguna…
me he de comer esa tuna…

Intrigada, pegó un brinco de la cama y corrió las cortinas del dosel, y luego las de la ventana de su cuarto, con todas sus fuerzas, para echar un vistazo, el primero en un lustro de reclusión, al mundo exterior. Allá afuera, a contraluz del sol poniente, más allá de la puerta modernista de hierro forjado, había un chico joven, como tres o cuatro años mayor que ella, vestido con una especie de uniforme, que punteaba una guitarra flamenca a zurdas; tocaba las cuerdas en medio del instrumento con la mano izquierda y lo agarraba por las clavijas con la derecha:

Desde Santurce a Bilbado,
vengo por toda la orilla…

Se miraron un instante, pero no necesitaron más. Ni siquiera cuando otros jóvenes uniformados igual vinieron a por su compañero y se lo llevaron con él, justo cuando su bardo estaba elogiando al mejor puente colgante, ubicado en Portugal u otro lugar parecido. Ni siquiera cuando, tras desaparecer todos los chicos de uniforme cuesta abajo, ella por fin se rindió al sueño. Con una anhelada sonrisa en los labios.
Ese invierno, por el solsticio, sería su fiesta trilustral de presentación en sociedad. Entre todos los cadetes y señoritos del monte Colina seguro que se disputarían el derecho de sacarla a la pista, bajo la majestuosa lámpara de araña, mientras los padres de los adolescentes iban a discutir, como siempre, las ofertas de matrimonio; aquel sería el debut de la joven (que ya no sería, una niña y aún no sería una mujer), sin contar que aquella noche otros echarían su suerte por ella, y su vida nunca volvería a ser igual…



EPÍLOGO
Puente de Portugalete,
el mejor puente colga-a-ante…

–¡Modesto! –le despertaron de su ensoñación. Había creído ver una silueta femenina, pequeña y frágil, allende las contraventanas. Quién sabe si era igual como él la imaginaba: un ángel caído, un hada enjaulada, que necesitaba que alguien la tuviera en sus brazos.
Aun así, seguro que estaba fuera de su alcance. Ella, una heredera del monte Colina, fijo que hija única de sus señores padres. Él, un estudiante bohemio de una universidad en el otro confín del reino, que estaba simplemente veraneando con la tuna (para más inri, su educación primaria se la debía a sí mismo), y tenía que regresar, con el otoño, a la rutina de la Facultad.
Ella vivía en un palacio de mármol y cedro, con un jardín francés perfectamente ordenado y una reja modernista, en una habitación escaleras arriba con contraventanas y persianas; él, en una guardilla al borde del campus, con una caja de madera, en el alféizar, donde cultivaba sus propias zanahorias, perejil, cebolletas y las flores que llaman alegrías.
Los dos eran personas inteligentes y sensibles, los dos eran hijos únicos, sabían apreciar las cosas buenas de la vida… pero se reencontrarían, y se conocerían mejor el uno al otro, cuando las ranas criaran pelo.
Nunca más se volverían a ver, y, seguro que cuando se vieran por siguiente vez, ella estaría casada con otro, más o menos contra su voluntad.
Aquel encuentro no sería más que una nota a pie de página de la vida que él esperaba, a la hora de realizar su carrera, y seguro que estaría, tras graduarse, a años luz del monte Colina, físicamente y en espíritu. Seguro que él estaría casado con otra, con una mujer de su clase media de su villa de provincias natal.
¿Y qué le importaría aquel encuentro efímero de los años mozos?
Lo mismo que a ella, seguro, pensó Modesto acompañando a sus compañeros de clase, de tuna y de fatigas a la taberna-venta que se erguía a la sombra del monte Colina, pensando en una jarra de cerveza negra con la que ahogar las penas:

Me he de co-o-omer esa tuna,
a-aunque me pinche las manos… 


La pinta de cerveza negra no había sido suficiente. No sabía cuántas copas de licor 34 con hielo se había echado entre pecho y espalda cuando, tras cantar estos versos, se dejó caer rendido, con la guitarra en la mano izquierda y la copa en la derecha, exhausto sobre la barra.



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