EL HADA FRANGIPANI
(Adaptación de Die Sterntaler, de los hermanos Grimm)
Sucedió una vez, en las llanuras cerca de la costa, que un hada frangipani vagaba sola. Los fríos vientos del otoño la habían llevado lejos de su árbol madre y ahora no tenía ni hogar ni familia cerca. Las únicas ropas que llevaba eran los pétalos rosas y blancos alrededor de la cintura, las hojas verdes sobre los hombros y las hojitas verdes que envolvían cálidamente su cabeza. El único alimento que tenía para comer eran unas frambuesas silvestres que había encontrado por el sendero de arena.
Pero la pequeña hada frangipani no estaba preocupada, ni asustada. Se sentía agradecida por lo que tenía, se sentía protegida y confiaba en que no le faltaría lo necesario.
Mientras vagaba por el sendero buscando un sitio donde comer sus frambuesas, se encontró con un pajarillo que le dijo: "No tengo comida, por favor, dame algo de comer". Sin pensarlo dos veces, la pequeña hada frangipani le dio sus frambuesas y siguió su camino. Luego vio un ratoncillo que le dijo: "No tengo gorro y el viento es muy frío". Así que la pequeña hada frangipani se quitó el gorro que abrigaba su cabeza y se lo dio al ratoncito. Un poco más lejos se encontró con una araña que le dijo: "No tengo cobijo y el viento es muy frío". La pequeña hada frangipani se quitó su capa de hojas y se la dio a la araña para que se hiciera una casita con ella. Luego se encontró con una hormiguita acurrucada en el sendero. La hormiguita le dijo: "No tengo ropas y el viento es muy frío". La pequeña hada frangipani se quitó sus pétalos blancos y rosas y construyó una casita de pétalos para que la hormiguita se metiera dentro.
Ahora ya no le quedaba nada más. Había dado toda su comida y todas sus ropas. Pero no estaba preocupada, ni asustada, sabía que estaba protegida. Siguió su camino y, cuando ya estaba oscureciendo, encontró un lugar para dormir, cerca del sendero, entre las hierbas y las hojas. Mientras dormía, las estrellas del cielo danzaban en círculo sin cesar; estaban tejiendo para ella un vestido de seda brillante. La pequeña hada frangipani se despertó envuelta en seda plateada, y con una cascada dorada cayendo a su alrededor. Al principio pensó que las estrellas, que parecían gotas de oro relucientes, estaban cayendo del cielo.
Pero cuando las gotas caían al suelo vio que eran de oro de verdad. Las recogió y siguió su camino. Desde entonces, a la pequeña hada frangipani no le faltó nada durante el resto de su vida.
(The Frangipani Maiden)
martes, 4 de abril de 2017
domingo, 2 de abril de 2017
SO GREEN, SO QUICK, SO FAIR AN EYE
SO GREEN, SO QUICK, SO FAIR AN EYE
Two households, both alike in dignity,
in fair Westeros, where we lay our scene,
once more renew their ancient enmity,
and thus, quite soon few hands are left all clean.
From both the fatal lines of these two foes,
a pair of star-crossed lovers take their life:
their sorry misadventure overthrows
decades of warfare and ambitious strife.
Or, this bunny inspired by visual novels and Shakespeare. More exactly, otome games and Romeo and Juliet. Add several Sannister pairings --with Sansa and several Lannisters-- to the mix, et voilà!
So Green, So Quick, So Fair an Eye begins with a prologue, the same for all plot strands, in which Arya and Sansa sneak, by Arya's initiative, into a Lannister ball; the younger sister dressed as a black cat and the latter as a bluebird. During the ball, Sansa meets several good-looking young men with golden hair and green eyes (even the Imp gets a little pimp-out; he looks like something in between an odd-eyed Hunny and Peter Dinklage), each and every one of them in turn, à la D'Artagnan. Returning home to Winterfell, Sansa cannot help but thinking that she has fallen for the enemy --and neither can each and every one of the Lannisters she has met...
From on there, it spins into different plot strands, each one with a different Lannister Romeo. Sansa is always Juliet, Arya combines the roles of Mercutio and the Nursemaid, Tywin is Lord Montague, Catelyn is Lady Capulet, and Ramsay Bolton out of all suitors is Count Paris!! Also secondary pairings like Jaimienne, Joff*Margaery, Tyrion*Shae, and Lorancel are introduced not only in the characters' titular strands, but also in subplots in other Romeos' strands, leading Sansa to either take her lover for her own or want him to be happy with another at the end of the day. Or it all may end like the Shakespearean tragedy all together...
Structure of So Green, So Quick, So Fair an Eye:
Prologue: At the Masked Ball
Joffrey: Happy Ending
Joffrey: Bittersweet Ending
Joffrey: Tragic Ending
Tyrion: Happy Ending
Tyrion: Bittersweet Ending
Tyrion: Tragic Ending
Jaime: Happy Ending
Jaime: Bittersweet Ending
Jaime: Tragic Ending
Lancel: Happy Ending
Lancel: Bittersweet Ending
Lancel: Tragic Ending
Each ending is a different kind of finale, allowing different kinds of storyline with different possibilities:
Happy Ending: Happily Ever After
Bittersweet Ending: I Want My Beloved to Be Happy
Tragic Ending: Together in Death
Maybe I am too obsessed with otome games and Sannister pairings... but this bunny is a rather tempting one, isn't it?
Two households, both alike in dignity,
in fair Westeros, where we lay our scene,
once more renew their ancient enmity,
and thus, quite soon few hands are left all clean.
From both the fatal lines of these two foes,
a pair of star-crossed lovers take their life:
their sorry misadventure overthrows
decades of warfare and ambitious strife.
Or, this bunny inspired by visual novels and Shakespeare. More exactly, otome games and Romeo and Juliet. Add several Sannister pairings --with Sansa and several Lannisters-- to the mix, et voilà!
So Green, So Quick, So Fair an Eye begins with a prologue, the same for all plot strands, in which Arya and Sansa sneak, by Arya's initiative, into a Lannister ball; the younger sister dressed as a black cat and the latter as a bluebird. During the ball, Sansa meets several good-looking young men with golden hair and green eyes (even the Imp gets a little pimp-out; he looks like something in between an odd-eyed Hunny and Peter Dinklage), each and every one of them in turn, à la D'Artagnan. Returning home to Winterfell, Sansa cannot help but thinking that she has fallen for the enemy --and neither can each and every one of the Lannisters she has met...
From on there, it spins into different plot strands, each one with a different Lannister Romeo. Sansa is always Juliet, Arya combines the roles of Mercutio and the Nursemaid, Tywin is Lord Montague, Catelyn is Lady Capulet, and Ramsay Bolton out of all suitors is Count Paris!! Also secondary pairings like Jaimienne, Joff*Margaery, Tyrion*Shae, and Lorancel are introduced not only in the characters' titular strands, but also in subplots in other Romeos' strands, leading Sansa to either take her lover for her own or want him to be happy with another at the end of the day. Or it all may end like the Shakespearean tragedy all together...
Structure of So Green, So Quick, So Fair an Eye:
Prologue: At the Masked Ball
Joffrey: Happy Ending
Joffrey: Bittersweet Ending
Joffrey: Tragic Ending
Tyrion: Happy Ending
Tyrion: Bittersweet Ending
Tyrion: Tragic Ending
Jaime: Happy Ending
Jaime: Bittersweet Ending
Jaime: Tragic Ending
Lancel: Happy Ending
Lancel: Bittersweet Ending
Lancel: Tragic Ending
Each ending is a different kind of finale, allowing different kinds of storyline with different possibilities:
Happy Ending: Happily Ever After
Bittersweet Ending: I Want My Beloved to Be Happy
Tragic Ending: Together in Death
Maybe I am too obsessed with otome games and Sannister pairings... but this bunny is a rather tempting one, isn't it?
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sábado, 1 de abril de 2017
PATRONO Y CONTABLE
PATRONO Y CONTABLE
o
EL COCHECITO, EL VIOLÍN Y EL TRANVÍA DE CARRERAS
El comendador Mambretti es dueño de una fábrica de sacacorchos en la provincia de Módena. Posee treinta automóviles y treinta cabellos.
–¡Cuántos coches!– dice la gente.
–Qué pocos pelos… –suspira el comendador. No se sabe por qué; al fin y al cabo, treinta son treinta, ¿o no?
Para ir de la mansión a la fábrica, el comendador Mambretti coge su limusina de doce metros: el vehículo más grande, más lujoso y más amarillo de toda la región de Emilia-Romaña. Todas las mañanas, mientras conduce (el comendador tiene cosas mejores en que gastar su dinero que en al menos un chófer), le pregunta al espejo retrovisor:
—Espejito retrovisor, dime una cosa:
¿quién tiene de la región la máquina más hermosa?
–Usted, comendador Mambretti –responde el espejo con voz de saxofón tenor.
Satisfecho con la respuesta, el más importante productor de sacacorchos del Valle del Po pisa el acelerador hasta el fondo y la limusina se desliza hacia adelante como toda una reina de la carretera.
Un lunes por la mañana, como siempre, el comendador, guiñando un ojo, lanza la pregunta de costumbre al espejo retrovisor:
—Espejito retrovisor, dime una cosa:
¿quién tiene de la región la máquina más hermosa?
Y se prepara para saborear la respuesta como un bombón de coñac Napoleón con doce años de envejecimiento, cuando el espejo responde con voz profunda de tuba:
–El contable Giovanni.
–Maldición… –dice el comendador Mambretti dándole un buen pisotón al pedal de freno. Ha aprendido la expresión de las películas.
–No es posible… –grita, sin perder la calma. –¡Que te dé una conjuntivitis! El contable Giovanni es un muerto de hambre; ¡no tiene más que una bici de niña sin la bomba para llenar las ruedas!
Pero, cuantas más veces el espejito es interrogado, más lo remacha con firmeza. Bajo las amenazas de ser roto en mil pedazos, vendido como esclavo, recubierto con papel de estraza y plástico de burbujas… no cambia de sentencia.
El comendador estalla en llanto, y un guardia le pone una multa porque la limusina bloquea el tráfico. Paga, acelera, corre a la fábrica. En su oficina, el contable Giovanni está repasando al violín el concierto de Max Bruch.
El contable Giovanni es un chaval enjuto, tan rubio que parece tener el pelo blanco. Ya presentaba este color desde niño, tanto que los compañeros de clase le dieron el sobrenombre de “Blancanieves”.
Hace de chico para todo: lustra los sacacorchos, sirve de escritorio humano al gerente cuando el comendador inspecciona la fábrica y ha de tomar notas (las toma reposando el cuaderno contra la espalda de Giovanni), e incluso interpreta la música de fondo. El comendador no quiere ser menos que los villanos de las películas, que por regla general no hablan si no hay música de fondo: incluso durante las persecuciones, sean de día o de noche, tienen siempre detrás a una orquesta entera (tal vez oculta en un camión) que les toca tremendas sinfonías. En el despacho del comendador hay un biombo. Cuando viene un cliente a hablar de negocios, el contable Giovanni se pone detrás del biombo con su violín; por el tono de voz del gerente, entiende si ha de tocar un adagio, un andantino o un presto molto.
–Buenos días, comendador –dice Giovanni, apartando el arco de las cuerdas.
El comendador le mira durante un buen rato, con una mirada pesimista, y, cuando habla, lo hace con una voz tan triste, que el contable Giovanni se siente obligado a iniciar el tema de la muerte de Isolda.
–No hay manera, no hay manera, Giovanni –dice el comendador– y deje en paz a Wagner. Todas estas novedades… y todos estos vehículos…
–¿Ah, ya se ha enterado?
–Cosas que se saben. Rumores. La gente murmura…
–Pero, ¿qué hay de malo en ello? Mi tía Giuditta ha muerto y me ha dejado unos cuantos euros, así que me decidí a comprar este cochecito.
–“Cochecito”, ¿eh? Ande, ande…
–Pero ¿qué me dice, comendador? Véalo con sus propios ojos.
Allá, en un rincón del aparcamiento, se distingue con algún esfuerzo un Mini rojo cereza con tres ruedas, de la altura de un taburete. Parece un Volkswagen Escarabajo que sufre de raquitismo por falta de vitaminas.
–¿Y se supone que eso es “de la región la máquina más hermosa?” –reflexiona el comendador Mambretti– Está claro que mi espejo es un retrasado mental. ¡Que le venga la urticaria!
Mientras tanto, se ve llenarse el aparcamiento de empleados que atraviesan el recinto para volver cada uno a su hogar. Y todos se paran para ver el cochecito del contable Giovanni. Uno lo acaricia, otro le desempolva los guardabarros con el pañuelo, un tercero está tan distraído que se enciende dos cigarrillos a la vez. Ninguno parece acordarse de que, esta misma mañana, la limusina del comendador tiene una antena nueva para la radio, toda de lapislázuli, y un cuadro nuevo de Goya en el sector artístico.
–Subversivos –rezonga el empresario– Basta que vean algo rojo izquierda…
Más tarde, de regreso al garaje de la mansión, el comendador vuelve a lanzar la pregunta de siempre al espejo retrovisor:
–Dímelo, pero esta vez sin mentir…
Espejito retrovisor, dime una cosa:
¿quién tiene de la región la máquina más hermosa?
–El contable Giovanni.
–¿Pero por qué?
–El contable Giovanni.
— ¡Si su escuerzo ni siquiera tiene ducha caliente y fría, jacuzzi, samovar o reproductor MP7!
–El contable Giovanni.
–¡Que te salga un uñero! –exclama el comendador Mambretti.
El espejo calla muy digno, reflejando de paso un tráiler con remolque lleno de cerdos enjaulados, dirigidos al matadero y a la próxima fábrica de embutidos.
Esa misma tarde tirando a noche, el comendador decide ir al cine para ahogar sus penas en la pantalla. En el aparcamiento del Cine Star, encuentra coches parados tan juntos y tan abundantes como los pinos en el pinar, las encinas en el encinar y las guindas en el tarro de las guindas. Mientras busca un lugar donde aparcar su superlimusina, él descubre exactamente allí mismo, a dos metros de su parachoques delantero, al bichito, al miniescuerzo, al nanoescarabajo del contable Giovanni. El aparcamiento está desierto: los conductores que no han entrado en el cine están mirando la tele en casa o jugando al mus en el bar de la esquina. No hay un alma viva, no hay abusones de la pasma en la costa. Incluso la Luna tiene su ausencia justificada, pues se trata de una noche de luna nueva.
–Ahora o nunca –decide el comendador Mambretti.
Basta con un golpecito al acelerador. El potente morro de la supercilindrada se abalanza cual ariete sobre el cochecito rojo, que además, al ser de noche, parece negro. Lo aplasta como un acordeón plegado. Freno. Marcha atrás. Primera marcha, segunda. Largo a todo gas. Nadie ha visto nada, ni siquiera el espejo retrovisor, que miraba hacia otro lado y en la práctica hacía de comparsa.
Al salir del cine, el contable Giovanni ve su vehículo reducido a algo intermedio entre un colador y una pizza sin queso… y se desmaya. Muchos transeúntes le asisten amorosamente, le hacen aspirar sales y tabaco de mascar para que vuelva en sí.
–¡Ay mísero de mí, ay infelice! –se lamenta el joven contable.
–Ánimo, no se lo tome tan a pecho –dice la gente– Lo arreglará Sietemanitas.
–¿Quién?
–El mecánico, ¿no? Ese al que llaman “Sietemanitas” porque es tan hábil como siete manitas juntos.
–Ah, ese Sietemanitas…
–¿Me llamaba alguien? –dice un hombretón cachas que sale el último del Cine Star.
–Hablando de Roma… He aquí al señor Malagodi, alias Sietemanitas. Mire usté qué marimorena.
–Eh, que he visto casos peores. Lo arreglaré. ¿Puedo llevármela, contable Giovanni?
–Sí, muchísimas gracias.
Con una sola mano, Sietemanitas levanta el carrucho, se lo mete bajo el brazo y se dirige al taller entre dos hileras de gente.
Esa noche, Giovanni duerme en el pavimento del taller, abrazado a la chatarra de su Mini. La mañana siguiente, Sietemanitas se pone manos a la obra y el contable no va ni siquiera a la fábrica, sino que se queda mirándolo quejumbrosamente, suspirando una y otra vez.
El comendador Mambretti tiene una reunión de negocios con su socio de Leipzig; echan mucho de menos la música de fondo, pero el comendador finge que no pasa nada. Durante la sobremesa, envía a una espía a espiar lo que sucede en el taller de Sietemanitas. La espía regresa casi ipso facto.
–¿Y qué?
–El tal Sietemanitas es un fenómeno, comendador, eso es lo que es. El vehículo ha quedado como nuevo. Sietemanitas lo está pintando, y el contable Giovanni lo acompaña al violín.
El comendador Mambretti da tal puñetazo que rompe la mesa. Y cuán difícil resulta hoy en día encontrar un buen carpintero. Luego envía a la espía a cumplir otra misión. Hace falta decir que el comendador Mambretti es, en secreto, el cabecilla de una banda de ladrones de vehículos. A sus órdenes, la banda va a entrar en acción. Primer paso: lanzar una llamada al despacho de Sietemanitas. “Llama su mujer… dice que vuelva usted a casa, que le acaban de robar el talco”.
–¿Otra vez? –estalla el mecánico– Ya es la tercera vez esta semana. Sí, vengo enseguida a verlo. Tú, Giovanni, espérame aquí.
Y Sietemanitas corre a su casa. Entonces pasa por el taller otro miembro de la banda e invita al contable Giovanni a un helado de nata con tropezones de manzana. El contable lo acepta como señal de solidaridad por sus desgracias, pero en el helado hay un somnífero. Apenas le ha hecho efecto, llegan los demás ladrones y hacen desaparecer el vehículo. Llega más tarde Sietemanitas, todo contento porque lo del hurto de talco era un bulo; ve al contable Giovanni dormido en el suelo. No ve el coche, que ha desaparecido; ata todos los cabos y rompe a llorar: ni siquiera les va a mandar la factura a los ladrones…
Más tarde se oye un “pling” desde el ordenador del taller: ¡Giovanni tiene un correo!
–¡Pobre diablo! Apenas le han robado el coche, ahora le toca un correo electrónico. No le despierto fijo. También a mí me gustaría dormir así…
Y ocurre que es el sonido de alerta del ordenador lo que despierta a Giovanni. El correo que ha recibido dice que ha muerto su tía Pascualina, y ha de presentarse en el funeral para recoger la herencia.
–¡Menos mal! –suspira Sietemanitas– Tal vez con la nueva herencia se compre un vehículo con cuatro ruedas…
Al día siguiente, camino de la fábrica, el comendador Mambretti pregunta malignmente al espejito retrovisor:
–Espejito retrovisor, dime una cosa:
¿quién tiene de la región la máquina más hermosa?
Y el espejo, con voz de balalaika:
–El contable Giovanni.
El comendador Mambretti, del patatús, se salta un semáforo y se lleva otra multa. Corre a la fábrica y hace llamar al contable Giovanni, a quien encuentra todo allegro, listo para tocar el Moto perpetuo de Paganini.
–No hay manera, Giovanni. Todas estas novedades… y todos estos vehículos…
–¿Pero qué vehículo, comendador? Véalo usted mismo con sus propios ojos.
El comendador Mambretti mira por la ventana. En un rincón del aparcamiento, rodeado de la admiración de empleados y empleadas, con el hocico metido en un saquito de avena, hay un blanco corcel que golpea el suelo con un casco delantero y hace “toc, toc, toc…” como diciendo “sírvase usted mismo”.
–Me lo ha dejado tía Pascualina en su lecho de muerte.
“Quién me iba a decir…” piensa el comendador, “que iba a contratar a un contable con tantas tías moribundas. Afortunadamente, también soy el cabecilla de una banda de cuatreros de caballos, y, antes de mañana, también estará solucionada la herencia de tía Pascualina. ¡Pero el espejo tendrá que contarme por qué prefiere este rocinante a mi limusina, que tiene veintisiete caballos!”
El espejo, sin embargo, no explica nada. Continúa repitiendo que el caballo del contable Giovanni es de la región la máquina más hermosa, y el comendador Mambretti se enfada tanto que se tira de los pelos. Ahora solo le quedan veintiocho.
–¡Espejo del demonio! –ruge el comendador.– Eres el peor día de mi vida. ¡Que te vengan paperas!
Cuando le roban también el blanco corcel, Giovanni quiere perder la razón de tanto dolor, pero no lo consigue. Entonces, coge el violín y toca una música de fondo tan bella, tan bella, que llega gente hasta de los confines de la provincia para escucharla. Incluso llega un maestro de la Scala de Milán. Se había detenido a repostar en la Autopista del Sol y había oído aquel violín.
–¿Quién toca tan bien? –pregunta al empleado de la gasolinera.
–Es el contable Giovanni que pone música de fondo.
–Quiero conocerle.
Se lo presentan y le dice:
–Usted es el mejor violinista del mundo. Si viene conmigo, le haremos de oro e incluso más.
El contable Giovanni vacila. A pesar de todo, se ha encariñado con la empresa Mambretti y le gustan los sacacorchos. Pero siente tanto la falta del caballo que acepta la propuesta. Va a Milán. Se convierte en el mejor violinista profesional del mundo. Actúa en la Ópera de Gotemburgo, en la de Sydney, en el Liceu de Barcelona… Gana un montón de billetes de quinientos y, finalmente, puede coronarse cumpliendo su sueño: ¡autorregalarse un tranvía de carreras!
Cuando regresa a la provincia de Módena en su tranvía de carreras, todos corren a su encuentro y aplauden a su paso. Incluso las monjas salen de sus conventos, y el comendador Mambretti se atrinchera en su guardarropa para no ver, para no oír, para que no le entren ganas de arrancarse ni un pelo más.
CUENTO ORIGINAL: GIANNI RODARI (Y EN CIERTO MODO, LOS HNOS. GRIMM)
TRADUCCIÓN DE SANDRA DERMARK
CANCIÓN DEL GARBANZO PELIGROSO
CANCIÓN DEL GARBANZO PELIGROSO
Si un garbanzo se pone
a hacer preguntas
y lo cierto se hace más dudoso,
es mejor mirarlo desde lejos,
¿Por qué?
Porque es un garbanzo peligroso.
Laura Devetach
SONG OF THE DANGEROUS CHICKPEA
(Translated by Sandra Dermark)
If a chickpea begins
to ask questions
and each certainty becomes a doubtful stranger,
it's best to look at it all from a distance,
And why?
Because it's a chickpea fraught with danger.
Si un garbanzo se pone
a hacer preguntas
y lo cierto se hace más dudoso,
es mejor mirarlo desde lejos,
¿Por qué?
Porque es un garbanzo peligroso.
Laura Devetach
SONG OF THE DANGEROUS CHICKPEA
(Translated by Sandra Dermark)
If a chickpea begins
to ask questions
and each certainty becomes a doubtful stranger,
it's best to look at it all from a distance,
And why?
Because it's a chickpea fraught with danger.
CANCIÓN DEL MATE DE LECHE
CANCIÓN DEL MATE DE LECHE
En el pozo del mate
llueve
y en la yerba
la leche
se pone bien verde.
Canta la pava en llamas
alborotada
saltan chisporroteos
en tu mirada.
En el pozo del mate
llueven tus chispas
y no puedo tomarlo
de pura risa.
Laura Devetach
SONG OF MILK TEA
(Translated by Sandra Dermark)
On the well of the teacup
the rain
is preening,
and on the leaves
the milk
is quite well greening.
Ablaze and in a hurry,
the kettle cries;
sparks pop, crackle, and sizzle
within your eyes.
On the well of the teacup,
your sparks rain after,
and I can't even drink it
out of sheer laughter.
En el pozo del mate
llueve
y en la yerba
la leche
se pone bien verde.
Canta la pava en llamas
alborotada
saltan chisporroteos
en tu mirada.
En el pozo del mate
llueven tus chispas
y no puedo tomarlo
de pura risa.
Laura Devetach
SONG OF MILK TEA
(Translated by Sandra Dermark)
On the well of the teacup
the rain
is preening,
and on the leaves
the milk
is quite well greening.
Ablaze and in a hurry,
the kettle cries;
sparks pop, crackle, and sizzle
within your eyes.
On the well of the teacup,
your sparks rain after,
and I can't even drink it
out of sheer laughter.
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tea and poetry go hand in hand
PARA LAS LLUVIAS, SOLES
PARA LAS LLUVIAS, SOLES
Se necesita:
Un día de lluvia.
1/2 kg de harina de trigo.
Una pizca de sal.
Una cucharada de grasa o manteca.
Agua para formar una masa tierna.
Empezar a cantar.
Hacer una corona de harina sobre la mesa.
Desatar un chaparrón con una taza de agua.
Dejar caer como un trueno la cucharada de manteca.
Amasar todo moviendo los dedos como relámpagos.
¡Que la masa sea un nubarrón gordo!
Amasar un pedazo y hacer un sol pequeño y chato.
Hacerle al sol un agujero en el medio.
Hacer varios soles.
Calentar aceite en una sartén honda.
Poner a dorar los soles, llueva o no llueva.
¡Esas son las tortas fritas!
Laura Devetach
FOR RAINY DAYS, SUNS
(Translated by Sandra Dermark)
You will need:
A rainy day.
Half a kilo of wheat flour.
A pinch of salt.
A spoonful of butter or margarine.
Water to make a soft dough.
Begin to sing.
Make a wreath of flour on the table.
Let a downpour loose with a cupful of water.
Let fall, like thunder, the spoonful of butter.
Knead it all with fingers fast as lightning.
The dough should be a big fat storm cloud!
Knead a chunk and make a little flat sun.
Punch a hole into the middle of the sun.
Make several suns.
Heat up oil in a deep frying pan.
Fry the suns golden, in rain or shine.
These are donuts!
Se necesita:
Un día de lluvia.
1/2 kg de harina de trigo.
Una pizca de sal.
Una cucharada de grasa o manteca.
Agua para formar una masa tierna.
Empezar a cantar.
Hacer una corona de harina sobre la mesa.
Desatar un chaparrón con una taza de agua.
Dejar caer como un trueno la cucharada de manteca.
Amasar todo moviendo los dedos como relámpagos.
¡Que la masa sea un nubarrón gordo!
Amasar un pedazo y hacer un sol pequeño y chato.
Hacerle al sol un agujero en el medio.
Hacer varios soles.
Calentar aceite en una sartén honda.
Poner a dorar los soles, llueva o no llueva.
¡Esas son las tortas fritas!
Laura Devetach
FOR RAINY DAYS, SUNS
(Translated by Sandra Dermark)
You will need:
A rainy day.
Half a kilo of wheat flour.
A pinch of salt.
A spoonful of butter or margarine.
Water to make a soft dough.
Begin to sing.
Make a wreath of flour on the table.
Let a downpour loose with a cupful of water.
Let fall, like thunder, the spoonful of butter.
Knead it all with fingers fast as lightning.
The dough should be a big fat storm cloud!
Knead a chunk and make a little flat sun.
Punch a hole into the middle of the sun.
Make several suns.
Heat up oil in a deep frying pan.
Fry the suns golden, in rain or shine.
These are donuts!
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I FEEL LIKE I'M GOING TO LAY AN EGG
Hens always get at least a little bit stressed when their inner clock signals it's time to lay an egg.
This happens to us human females as well, twelve times each year.
Today I've felt all weary for no good reason. Not merely lonely, not merely bored, not merely "since I can't get out of this place without leaving alone, better off to stay at home, but I don't feel like gaming or reading or listening..." WEARY. So weary. Like Hamlet at the start of the play. With the feeling of a lump or a frog in my throat, or rather a garrote wire. Like Joffrey after that last drink at his wedding feast.
Weary and powerless, or rather full of power but also of restraints for using it. I feel like getting drunk, dead drunk, but there's no liquor around I can drown my sorrows in.
And thus, I'm crying. I'm typing because I cannot speak a single word in this predicament I live in. Typing and shedding tears. Typing and shedding tears and feeling empty and weary.
Maybe it's because I just bled early this morning.
Or is there something more?
I wish the weekend were come to an end and I could get to the tennis court at university, to find a partner --on Friday I had none, resigning myself to running and serving and running and serving.
I wish to get word from Ser Uttam, whether in Kutztown or wherever he might be.
I wish my mum would get healed of her depression, or fourth stage of grief, or PTSD, or combination of all three above.
I wish for a lot of things.
And that's because they're out of my reach.
Which makes me feel powerless.
Which makes me feel weary.
Ich habe keine Lust...
But you can't make Hamlet without breaking a few egg-sistential certainties.
I have already talked about this topic regarding Ralf Hart and Zangra, but, given the biological underpinnings of this bout of weariness, I will offer a female example of such a crisis. From a Takarazuka-inspired anime, no less:
This happens to us human females as well, twelve times each year.
Today I've felt all weary for no good reason. Not merely lonely, not merely bored, not merely "since I can't get out of this place without leaving alone, better off to stay at home, but I don't feel like gaming or reading or listening..." WEARY. So weary. Like Hamlet at the start of the play. With the feeling of a lump or a frog in my throat, or rather a garrote wire. Like Joffrey after that last drink at his wedding feast.
Weary and powerless, or rather full of power but also of restraints for using it. I feel like getting drunk, dead drunk, but there's no liquor around I can drown my sorrows in.
And thus, I'm crying. I'm typing because I cannot speak a single word in this predicament I live in. Typing and shedding tears. Typing and shedding tears and feeling empty and weary.
Maybe it's because I just bled early this morning.
Or is there something more?
I wish the weekend were come to an end and I could get to the tennis court at university, to find a partner --on Friday I had none, resigning myself to running and serving and running and serving.
I wish to get word from Ser Uttam, whether in Kutztown or wherever he might be.
I wish my mum would get healed of her depression, or fourth stage of grief, or PTSD, or combination of all three above.
I wish for a lot of things.
And that's because they're out of my reach.
Which makes me feel powerless.
Which makes me feel weary.
Ich habe keine Lust...
But you can't make Hamlet without breaking a few egg-sistential certainties.
I have already talked about this topic regarding Ralf Hart and Zangra, but, given the biological underpinnings of this bout of weariness, I will offer a female example of such a crisis. From a Takarazuka-inspired anime, no less:
NANAMI NO TAMAGO (七実の卵)
There's this Utena episode where Nanami, the class queen bee, lays an egg.
It's largely a fascinating, surrealistic perspective on the subject of the female curse;
one that sounds like Hamlet crossed over with both Salvador Dalí and Takarazuka.
Nanami Kiryú is Hamlet(te). Try to figure out whom each and every character in her class equals their respective Elsinore counterpart...
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