Cuando pasó el vídeo que habían grabado sus hijas comprobó que, en
efecto, se le veía muy borroso. Cada gesto que hacía, cruzar una pierna
sobre la otra o ajustarse el nudo de la corbata, parecía ralentizado y
dejaba tras de sí esa estela fugaz que deja en las fotografías un objeto
en movimiento. Todo lo demás a su alrededor, incluida la bella
presentadora y los papeles y libros que manejaba, aparecía quieto y
nítido; sólo su imagen parecía pertenecer a otra película, con otro
ritmo -a un celuloide rancio, diríase: tenía una tonalidad distinta,
bañada por otra luz, otra atmósfera. Pero lo más extraordinario era que
las manos peludas de Mr. Hyde y su cara de mono, mientras procedía a
estrangular a la pobre lvy en la fotografía que colgaba a su espalda,
las garras y la máscara bestial que deberían haber quedado parcialmente
ocultas, podían verse a través, de su estómago porque éste se
transparentaba.Pasó el vídeo otra vez, y luego otra, y decidió que el
realizador del programa había mezclado dos tomas con alguna finalidad
estética; una virguería técnica copiada de Rouben Mamoulian o de George
Stevens.
Ese
mismo día, hallándose en una librería, fue reconocido por una señora
que le pidió su autógrafo esgrimiendo un ejemplar de su último libro y
un bolígrafo de tinta roja. R. L. S. la complació, no sin problemas:
firma y rúbrica surgieron ante sus ojos y los de su admiradora, pero se
esfumaron al instante. Parecía cosa de magia. Pensó que la tinta carecía
de la suficiente densidad o le faltaba algún ingrediente, y firmó y
rubricó nuevamente de forma vigorosa y enrevesada, como hacía siempre,
pero presionando mucho más: el trazo sanguinolento apareció, bastante
aguado y fantasmal, y volvió a esfumarse en la nebulosa blanca del
papel. Sólo después de varios intentos y con otros bolígrafos, rodeado
de la curiosidad general y las atenciones del personal de la librería,
consiguió fijar un palidísimo remedo de su autógrafo.
El incidente le dio mucho que pensar. Decidió someterse a la prueba
de una nueva comparecencia televisiva y pidió a sus hijas que lo
grabaran. Volvía a sentir el escalofrío del cubito de hielo incrustado
en la tráquea y el goteo interior.
Pensaba hacerse invitar, pero no fue necesario: en los medios
audiovisuales se interpretó su primera e inesperada aparición ante las
cámaras como el fin de una cabezonería insensata, una rendición ante el
poder supremo de la imagen, y varias cadenas privadas ya reclamaban su
presencia. Con tal motivo, sus editores le felicitaron instándole a
participar en programas de gran audiencia y de muy diversa roña y
pelaje: debates sobre extraterrestres y parapsicología, concursos
millonarios y debates públicos sobre la corrupción política, la ruta del
bakalao, los animales de compañía, las apariciones de, la Virgen, el
tabaquismo o la calvicie o los grandes incendios forestales... Le
recomendaron muy encarecidamente huir de los programas dedicados a
libros.
-Vamos a recuperar el tiempo perdido -exclamó entusiasmado. un joven jefe de publicidad.
-Ojalá no sea demasiado tarde -murmuró R. L.S.
La segunda comparecencia tuvo lugar en un gran estudio que lucía un
decorado espectacular con piscina y trampolín, gradas repletas de
público y mucho trajín de sonrientes azafatas faldicortas. Era un
concurso de audiencia nacional conducido por un popular periodista, y
los televidentes podían concursar desde sus casas por teléfono
respondiendo correctamente a preguntas muy simples, y, al final, en un
breve espacio dedicado al personaje invitado, debían adivinar al autor
de una cita literaria previamente escogida por él, y que aparecía
escrita en pantalla a lo largo de la entrevista. Después de invitarle
a sentarse y de improvisar unas breves palabras de presentación, el
conductor del programa le preguntó, muy sonriente:
-Ante todo nos gustaría saber, disculpe nuestra curiosidad, por qué
ha rehuido usted las entrevistas en televisión durante tantos años.
R. L. S. permaneció mudo y absorto ante la sonrisa del presentador.
Sentía las manos ardientes y peludas de Mr. Hyde, que olían a azufre,
apretando su cuello. Durante diez minutos, el gran comunicador no logró
arrancarle una sola palabra. Simuló ante su audiencia un fallo técnico y
ordenó que le cambiaran el micro prendido en la solapa, pidió un vaso
de agua y una silla más cómoda para su invitado, le ofreció un café, y
nada. Finalmente, R. L. S. pareció despertar de su letargo y dijo:
-He venido para verme después.
El presentador hizo una seña al cámara de la grúa para que se
acercara y sacara un plano del nudo impecable de la corbata de su
invitado, mientras palmeaba amistosamente su rodilla.
-¡Vaya, nos ha salido usted muy bromista, señor Errelese! A
propósito, estas iniciales corresponden a su nombre y apellidos,
naturalmente. Déjeme adivinarlo... ¿Roberto Lara Segura? ¿Rafael Linares
Salinas? ¿Raúl Lemos Sancho?
R. L. S. lo miró. La sonrisa y las garras de azufre seguían haciendo su trabajo.
-¿Y por qué no Robert Louis Stevenson? -dijo.
-Bueno, sería la única forma de parecerme a él en algo...
En este momento se recibió la primera llamada telefónica. Una señora
de Madrid. La cita de autor famoso que R. L. S. había escogido era: "Os
lamentáis de que el culo de las mujeres es monótono. Hay para eso un
remedio muy sencillo: olvidarlos". Era de Gustave Flaubert. Los
guionistas del programa habían expresado sus recelos ante la frase,
apelando al buen gusto del que siempre había hecho gala el concurso
(aquí se escuchó la risa sarcástica de Mr. Hyde) pero en eso R. L. S, se
mostró inflexible: o se aceptaba su propuesta o se iba a casa.
-¡¿Con quién tenemos el gusto de hablar?! -preguntó el presentador.
- Con Matilde.
-¡Muy bien, Matilde! ¡¿Puede usted decirnos quién es el autor de nuestra cita de hoy?!
-¡Pues es que no estoy segura, la verdad ... ! -dijo la concursante muy excitada.
-¡Adelante, mujer, sin miedo! íTiene medio millón de pesetas al alcance de la mano! ¡No es ninguna broma, Matilde!
imposible, querida señora.
no sé el nombre del autor. Sólo nuestro ilustre invitado lo sabe, él lo escogió.
-Ay. ¿No será éste... cómo se llama? Este que sale siempre por la
tele y casca mucho... Ay, lo tengo en la punta de la lengua ... ¿Don
Benito Pérez-Dragó?
-Siempre sin dejar de sonreír, el gran comunicador miró a R. L. S., esperando su veredicto.
-Déle usted a esta señora su medio millón -dijoel escritor invitado con la voz suave- y que se compre un pesebre.
Se volvió a un lado, hacia una de las azafatas, y pidió otro vaso de agua.
-¡Cuánto lo sentimos, Matilde! -dijo el presentador-. Parece que no
hubo acierto. ¡Gracias por llamar y suerte la próxima vez! -y colgó el
teléfono, mirando a R. L. S. con el rabillo del ojo. La azafata de
sonrisa congelada trajo el vaso de agua y, al disponerse R. L. S. a
cogerlo, su mano se cerró en el aire y el vaso fue a parar al suelo y se
hizo añicos; vio sus dedos traspasando limpiamente el cristal y el
agua, sin tocarlos, asiendo la nada. "Perdón", murmuró, y se puso
lívido.
Poco después hubo otra llamada. Una concursante de Valencia.
-¡¿Es don Camilo José Cela?! -dijo una voz chillona-. Porque esta
clase de cochinadas... vamos, que es lo suyo, muy propio del don Camilo
ése. Seguro que es él.
-No. Éste es un prosista castizo y campanudo -dijo R. L. S.-. Yo he venido a dar testimonio de un novelista.
De
vuelta a casa puso el vídeo en marcha, mientras le preguntaba a Olvido
qué tal había salido esta vez. Ella dijo que fatal, mucho peor que la
otra noche.-No estoy hecho para esta clase de gansadas -gruñó él-. ¿Por
qué crees que me he negado durante tantos años?
Su mujer pulsó el mando a distancia y congeló la imagen.
-Mírate. Pareces un fantasma.
Estaba, en efecto, un poco más desvaído, más transparente. Olvido
pulsó otro botón y la imagen se animó de nuevo. En cierto momento podían
verse los rotundos muslos de la azafata con el vaso de agua: avanzaba a
su espalda con el vaso en la mano, los muslos moviéndose rítmicamente
dentro de sus pulmones maltratados por el tabaco, en una singular
combinación gráfica de belleza y vigor juvenil y carcoma y tiniebla
pulmonar. Negándose a la evidencia, buscando todavía algún tipo de
excusa, R. L. S. opinó que debía tratarse de un defecto de filmación,
una anomalía técnica.
-Que no sabes estar ante las cámaras -dijo su mujer Que no estás acostumbrado,
-¿Crees que debería dejarme entrevistar con más frecuencia?
-No te vendría mal. Pero pareces muy cansado... ¿No te encuentras bien?
-Me siento raro.
Después de negarse durante días, accedió a someterse a diversas
pruebas y análisis clínicos. Ante su empecinamiento y su manía en querer
compararse, debido a ciertas coincidencias en la sintomatología, con un
alkaseltzer o un sidral -decía sentir dentro del cuerpo una
"efervescencia visceral y anímica- , el doctor Trías sentenció:
-Amigo mío, el hombre no es otra cosa que un producto químico, y como
tal, disolvente. Te suponía enterado de esta fatalidad; o esta
bendición, según se mire.
R. L. S. expresó el temor de que su mínima presencia en la prensa
escrita entre 1965 y 1975, apenas media docena de entrevistas -y dos de
ellas con el gran Del Arco: brevísimas- acaso fuera el germen de este
virus que ahora causaba su lenta disolución.
-Seguramente lo incubé entonces -dijo-. ¿Me has visto en la tele?
-Por supuesto que no -dijo el médico.
-Se me ve fatal -se lamentó cabizbajo- Fatal.
-Jamás pensé que eso pudiera preocuparte.
Le dijo que estaba neura, sencillamente, y le recetó un complejo
vitamínico, cigarrillos fuera, whisky con agua pero sin hielo y más
dosis de entrevistas televisivas y tertulias radiofónicas, por
nauseabundas y ponzoñosas que le parecieran; cuántas más, mejor.
-A ver si con un poco de suerte, provocamos una respuesta inmune en
el organismo, estimulando algún tipo de anticuerpo -añadió el médico-.
Debes darte prisa. Y mostrarte agresivo, hacerte notar.
Sin pensárselo dos veces aceptó otra entrevista en un programa
cultural de cinco minutos, titulado con la mayor desfachatez 5 MINUTOS
CON LOS LIBROS y emitido a las 2,30 de la madrugada. Lo dirigía y
presentaba un escritor con cara de primate ilustrado, célebre por sus
hazañas sexuales y sus efusiones místicas.
-Gracias por venir, Errelese -le dijo a modo de saludo, ya los dos en el aire- Sabemos que no le gusta ser entrevistado.
-La mitad sí me gusta.
-¿Cómo la mitad?
-No me gusta ser entre. Vistado sí, lo necesito.
-Le veo muy pálido. ¿No le han maquillado?
-Ya veremos luego cómo estoy. O no veremos, depende.
El conductor del programa se removió inquieto en la silla.
-Bien. Yo sé que nuestros telespectadores, y sobre todo sus lectores
interpretan su presencia aquí como un deseo de pactar, de normalizar
unas relaciones que nunca fueron fáciles... ¿Qué les diría, a sus
lectores?
-Usted me está pidiendo que me reconcilie con el mundo. Hasta aquí podíamos llegar. Ya puede usted esperar sentado.
-Ja ja. ¿Usted no cree en el famoso dicho una imagen vale más que mil palabras?
-De ningún modo. Una imagen no vale mil patatas.
-¡He dicho mil palabras, compañero, no mil patatas!
-Disculpe. Soy un escritor realista.
-Lo sabemos, y le disculpamos por ello. Queridos amigos -con la
sonrisa torcida y la voz gangosa, el presentador se dirigió a su
audiencia-, esta noche contamos con la presencia escurridiza,
legendariamente inestable, por no decir vocacionalmente invisible, de un
escritor bastante Ieído. Creo que a todos nos gustaría saber en qué
anda metido ahora, o por lo menos el título...
-Moriarty contra la patria.
-¿Es una broma?
-No se vayan ustedes- dijo R. L. S. mirando al objetivo de la
cámara-, que pronto llegarán los tertulianos verborreicos. Sé cuanto les
chifla esa escoria.
-Oiga, a ver si nos aclaramos...
-Usted es un charlatán radiofónico y televisivo, la peor especie de besugo que se da hoy en este país.
_... porque ya nos pasamos de tiempo.
-Bueno, no estoy escribiendo ninguna novela, ahora. Estoy trabajando
en una antología de las majaderías televisivas que los españoles se
tragan sin rechistar. En realidad, en este momento no necesito lectores.
Necesito mirones.
Sin disimular su fastidio, el monito presentador se puso a revisar sus notas.
-Veamos. ¿Usted cree que el poder utiliza a los intelectuales, o los intelectuales al poder?
-El emputecimiento es mutuo. Las posturas, diversas. Conozco a un
escritor que se sirve de los discursos del Rey para citarse a sí mismo.
-¿Para quién escribe un escritor cuando escribe, Errelese?
-Un escritor cuando escribe, escribe para el escritor que está escribiendo en su escritorio.
-O sea, para sí mismo -el presentador ahogó un bostezo apretando un
bolígrafo entre los dientes- Mire, yo no he leído casi nada de usted,
pero me han dicho que usted sólo escribe del pasado.
-Es una gentileza para con mis lectores no contemporáneos. Ustedes,
los que comen en el pesebre audiovisual, están condenados a no tener
pasado.
El monito volvió a consultar sus apuntes. Había entre él y su
invitado una mesita con un jarrón verde conteniendo una docena de rosas
rojas. R. L. S. se levantó y colocó el jarrón con las rosas en otra
mesa, a su espalda. El monito parlante le preguntó por qué lo hacía, y
él dijo que las rosas lucirían muy bien en torno a su espinazo, o tal
vez dentro de su estómago, "Veremos", dijo.
-Veremos -repitió el entrevistador, muy mosqueado- Al parecer, esta
palabra le encanta. Tengo que rogarle que no insista con sus sarcasmos,
Errelese. Hemos comprendido. Sigamos. Usted de niño coleccionaba cromos
de ciclistas famosos, ¿verdad?
-Sí. El ciclista que más me gustaba era Paulette Goddard, gran escalador, siempre con dos tubolares cruzados sobre el pecho.
-Ya.
-También me gustaba mucho Joe Louis, el bombardero de Detroit. ¿Conoce?
-Más o menos.
La entrevista iba de mal en peor, según deseaba R. L. S., pero ahora el presentador no parecía tener prisa por acabar.
-Usted presume de francotirador y de volar como el águila solitaria, ¿no es cierto? -añadió.
-Me gustan más los pardales. Y las golondrinas, pero sólo aquellas
que no vuelven. Mi padre tenía un perro que lo acompañaba en su
recorrido diario por las tabernas del barrio, y al que solía invitar a
tapas y agua mineral con unas gotas de anís. Por supuesto, los dos
bebían con moderación... Las albóndigas le gustaban mucho a ese perro, y
también los callos. Pero ni mi padre ni el perro comieron jamás
pajaritos fritos. Una vez un tabernero sin escrúpulos obsequió al can
con un pajarito frito, el perro lo husmeó, luego miró a mi padre y le
dijo: "Es una golondrina, y de las que vuelven". Entonces mi padre le
arreó una buena nata al tabernero y se fueron de allí.
-Es una historia demasiado natural. Permítame ahora una pregunta tal
vez un poco incisiva y que nunca le habrán hecho, seguramente: ¿novela
urbana o novela social?
-Novela escalivada.
-¿Por qué se hace el longuis? -el monito dicharachero esbozó una
sonrisa irónica muy esquinada- ¿No será que no sabe qué responder?
R. L. S. meditó cerrando los ojos. Sentía el estómago lleno de aire y
se desabrochó la americana, y en este momento todos los telespectadores
(nueve, según revelaron los índices de audiencia) pudieron verlo desde
sus hogares: dentro del abdomen, enredadas en las rayas de la camisa y
en un pálido laberinto de intestinos, estallaban doce rosas rojas en un
jarrón verde. Una cristalina efusión, una transparencia perfecta.
-Es usted un botarate -dijo finalmente R. L. S.
-Lo mismo digo, compañero. En fin, ya sabe usted que en televisión el tiempo es oro...
-Cuando no es mierda.
-Está bien, vale. Gracias por venir, y buenas noches.
-Muy buenas.
Llegó a casa agotado y se acostó sin lavarse los dientes por no verse
en el espejo. A la mañana siguiente le preguntó a su hija menor si
había grabado la entrevista. Quería verla enseguida. -Ahora no puede
ser, papá. Estoy grabando una peli.
R.
L. S.. no pudo. reprimir un suspiro de alivio, tan aterrador le parecía
enfrentarse nuevamente a su imagen. El televisor estaba apagado y la
pantalla. oscura, color ala de mosca, reflejaba una figura estilizada y
espectral, la suya. El vídeo en marcha emitía un silbido de serpiente.
-Pero me grabaste, no se te olvidaría -dijo R. L. S.
-La tengo ahí, papá.
-¿Viste si salía bien?
-Supongo que sí. Ya veremos.
. -¿Tendré que esperar mucho?
¿Qué estás grabando ahora?
-Cumbres borrascosas.
-Ah, muy bien -paseó nervioso por el salón-. Por cierto, ¿grabaste ayer tarde
El ladrón de Bagdad?
-Sí, papá.
-Estupendo. Me gustará verla esta noche después de cenar.
-No puede ser. Esta noche grabaremos
Río Rojo.
-Ah, qué buena. Ésta la veremos mañana...
-Tampoco podrá ser, papá. Mañana estaré grabando
La fiera de mi niña, una de Tarzán y un reportaje sobre Elvis Presley. Otro día, papá. Lo siento.
-Sí, otro día.
Pero sabía que nunca volvería a ver estas películas, y su hija
probablemente tampoco porque se pasaba el día grabando y el vídeo
siempre estaba ocupado, nunca había ocasión ni tiempo más que para
almacenar imágenes. Así que para verse tuvo que saltar de la cama a las
cinco de la madrugada, sacar del vídeo la cinta que no paraba de grabar y
poner la de su última entrevista. Tal como temía, estaba mucho más
esfumado, su figura parecía una tela de araña y Ja ratos puro humo. Vio
perfectamente el ramo de rosas enredado en sus intestinos y notó un
desfase de la voz en relación con el movimiento de los labios: el
sonido, muy débil, se oía unos segundos después de que sus labios
formulasen las palabras; no era que sus respuestas se demoraran porque
las meditara demasiado, mientras el monito presentador hacía muecas de
cara a la audiencia, sino que, la voz se le quedaba dentro un buen rato,
por alguna causa desconocida. Hacia el final de la entrevista congeló
la imagen en el vídeo jon el mando a distancia y observó lo que quedaba
de R. L. S. bajo la intensa luz de los focos: en el lugar donde él
debería estar, en la silla, había las rosas y una forma convulsa y gris
parecida a una nube de mosquitos. Fue un instante. Luego reapareció,
pero siempre borroso y exangüe.
Ya no le cabía la menor duda: estaba desapareciendo. Recordó el
sarcástico dictamen del doctor Trías: no habiendo desarrollado
anticuerpos gráficos, tu cuerpo serrano sufre un paulatino pero
irreversible rechazo del medio audiovisual.
Dos horas después, al entrar en el cuarto de baño, su mujer lo vio desnudo mirándose en el espejo.
-Estoy empezando a desaparecer, Olvido.
-Pero ¿qué dices? ¿Estás seguro?
-Cada día me siento más desleído. Me voy, querida, me estoy deshaciendo a chorros.
Su mujer comprendió al instante y, sin perder la serenidad, corrió a decírselo a sus hijas.
-Papá se esfuma.
Las niñas acudieron presurosas y se plantaron en el umbral del
lavabo, se quitaron sus gafitas de miope y limpiaron los cristales con
el borde de la falda, se las pusieron de nuevo y miraron a su padre con
curiosidad.
-¿A ver, papá? -dijo la pequeña.
-No hay mucho que ver, hija.
-Estáte quieto un momento, déjame ver.
Nunca tuvo ningún pudor ante sus hijas, pero ahora, en su estado,
prefirió taparse los genitales con las manos. Precaución inútil, claro.
-Seguramente, papá, lo que padeces es un tipo de inmunodeficiencia
con efectos secundarios -opinó la mayor, lectora voraz y entusiasta de
literatura farmacéutica editada por su abuelo en los folletos de los
medicamentos-. Algo está pasando en tus glándulas hormonales, seguro. A
que te sientes raro, con sofocos y náuseas. No debes conducir en ese
estado.
-En la televisión -dijo Olvido- se te ve mucho peor que al natural.
En fin, qué le vamos a hacer. Claro, tantos años de abstinencia no
podían traer nada bueno. Si no hubieras sido tan cabezón, habrías
desarrollado anticuerpos, como han hecho Gala y Cela y Sampedro y tantos
otros, habrías vendido el doble de libros. Ahora ya es demasiado tarde.
Sacando fuerzas de flaqueza, R. L. S. se enderezó y dijo:
-Te equivocas. Siempre estoy a tiempo de hacer el papanatas. He ido a la tele y volveré. ¡Os cansaréis de ver esa jeta!
Su mujer y sus hijas insistieron en que era un grave problema de
glándulas, secreciones y hormonas, y le convencieron para que acudiera
sin pérdida de tiempo a la consulta de un famoso endocrino que trabajaba
en el Centro Superior de Investigaciones Científicas y en el Instituto
de Magnetismo Aplicado de la Universidad Complutense.
-Parece usted un poco diluido, en efecto -fue el primer comentario
del profesor Colom-. Y no es para menos, claro. Son muchos años haciendo
el gilipollas, jugando a esconder su imagen, coqueteando con ella,
cuando no negándola o despreciándola. He estudiado su caso a fondo. ¿A
qué se deben esos escrúpulos en medio de tanta basura cultural? Usted
parece no haber entendido algo tan elemental como eso: este país tiene
la televisión que se merece. Y punto. ¿Fuma usted?
-Tres paquetes diarios.
Mientras tomaba notas en un bloc, el catedrático meditaba cogiéndose la barbilla con la mano peluda.
-¿Cuánta televisión ve usted al día? ¿Dos, tres, cuatro horas? ¿Ve usted
Farmacia de guardia?
Se la recomiendo, es una serie muy buena, genial, a mí me gustaría
tenerla. ¿Escribe usted con ordenador? -y sin darle tiempo a responder,
añadió-: ¿Qué marca de ordenador? Sepa usted que se han dado casos de un
tipo de osteoporosis, desconocida hasta ahora, causada por ondas
magnéticas de ordenadores japoneses, con destrucción de fibra muscular y
acompañado de heces en forma de melena.
-Yo no trabajo con ordenador. Bolígrafos, lápices y Olivetti.
El ilustre científico lo miró con recelo.
-Es usted un antiguo -dijo como si emitiera un diagnóstico
inapelable, y examinó sus notas-. Bien, veamos. Usted se ha negado
durante más de treinta años a cultivar su imagen pública alegando
razones muy diversas, ninguna de ellas convincente. ¿No calculó usted
las consecuencias inmunológicas de una decisión tan insensata?
Observando la tersa y oronda faz del sabio endocrino, R. L. S. empezó a desalentarse. Habló don una voz muy débil:
-Precisamente yo pensaba que mi decisión era la sensata. Creía que la
mejor manera de cultivar la imagen pública era beber vino tinto con
moderación y consumir verdura y fruta fresca; mantiene tu peso ideal, no
estropea los colores, no irrita la piel, el algodón no engaña y,
además, te ayuda a regular el nivel de colesterol...
-¡No diga ustes sandeces! -Echó el profesor una ojeada a los análisis
y añadió: -Genéticamente hablando, me temo que hemos llegado demasiado
tarde; en treinta años, sus células audiovisuales se han atrofiado.
-Comprendo -reflexionó tristemente R. L. S.- Va a resultar profético
lo que me dijeron una vez: Si no sales en televisión, no existes. Eso me
dijeron.
-La poesía erótica no me interesa. En realidad, usted sufre
interferencias electromagnéticas -Y con su cara de luna observó
atentamente al escritor-. Claro que también podríamos hallamos ante una
variante del llamado
efecto placebo. Es decir, secuelas de una
sugestión -Con mirada severa y conminatoria esperó a que el paciente
terminara de encender un cigarrillo- Por la razón que sea, y sin
descartar la más obscena o lírica, usted se Creyó a pies juntillas eso
de que si no sales en la tele no existes. Veamos. ¿Le cuesta mucho verse
en los espejos?
-¿Usted cómo me ve? ¿No ha dicho que me encontraba desleído?
-Creía haber dicho diluido.
-En mi caso, es más apropiado lo primero.
Rió lo que creía una broma el endocrino y luego discurrió largamente sobre las diversas formas del
efecto placebo y sus
secuelas, una de ellas el contagio por simpatía o adicción pasajera,
aunque paradójicamente, precisó el científico, esa dolencia magnética se
daba sobre todo en pacientes teleadictos y en ciertos rabiosos
contertulios radiofónicos.
-Resumiendo: que usted, con su terca negativa frente al audiovisual,
frente al imperativo de la imagen, usted, con esa perra, digamos, que le
ha dado por no figurar ni en un sello de correos, pues lo' ha logrado.
¡Ya no figura casi. nada y quizás pronto no figurará absolutamente nada
en parte alguna de este país ni del extranjero! Ahora bien, no sólo
usted se ve a, sí mismo desleído, sino que ha conseguido que los demás
también le veamos así por contagio magnético. En este momento estoy
viendo el asqueroso humo de su cigarrillo entrando y saliendo de sus
pulmones, o sea, me he sugestionado yo también. Haga el favor de apagar
el cigarrillo, déjese ver más por televisión y vuelva dentro de una
semana. Está grave, pero veremos qué se puede hacer. Pague a la
enfermera en recepción.
Érase un escritor de ficciones que durante 30 años se había negado a
aparecer en TV. Un día se deja convencer y es entrevistado. En
pantalla parece un fantasma, y, además, tiene síntomas raros: no se ve
la orina; cuando escribe, la tinta tiende a desaparecer... Vuelve a TV y
la cosa empeora. Ya no es borroso, es casi transparente. Piensa que su
falta de presencia en pantalla ha sido la causa de ese virus que le
está disolviendo, que es cierto eso de que si no sales en TV no existes.
Un endocrino se lo confirma.
R.L.S. se negaba a dar por perdida su imagen. Se lanzó
impetuosamente a recuperarla, y así, de programa en programa, fue
revolcándose en las más pestilentes charcas audiovisuales, compartiendo
pantalla y magazines, cháchara y morro con astrólogos adivinos e
hipnotizadores, políticos corruptos y estrellas de la ópera,
concursantes y tertulianos, oficiantes de misterios sin resolver y
matrimonios obscenos y desvergonzados, putones desorejados de la jet
marbellí y un curandero vestido de santón y purpurina, un auténtico
delincuente. Pero todos sus esfuerzos parecían condenados al fracaso.
Siempre con su atuendo impecable, pulcro, elegante, soportaba
estoicamente toda clase de pendejadas verbales y de horteradas visuales
con la esperanza de ver reforzado el perfil de su figura. Inútilmente.
Además de emborronársele, la cara se le ablandaba cada día más y se le
caía, literalmente se le desmoronaba con los rasgos distorsionados: su
cara empezaba a parecerse patéticamente a una cara dibujada por Francis
Bacon.
Probó
el agua imantada que anunciaban en la radio y su estreñimiento crónico
se alivió, pero no su delicuescencia camal y ósea, su vidriosa y etérea
corporeidad, que persistía en las pantallas de televisión, en los
espejos y en los ojos de su mujer y de sus hijas. Día tras día era más
acusado ese deshaucio ignominioso que afectaba no sólo al organismo,
sino también a la vestimenta, traje y ropa interior y zapatos y corbata,
por mucho que cambiara de atuendo o acumulara prendas sobre la piel:
gruesos jerseys y acorazados gabanes y forradísimos abrigos, lo cual
resultaba una tortura en pleno verano, y hasta gabardinas fabricadas en
Taiwan y trajes de goma de submarinista y de buzo. Hubo de rendirse a la
evidencia: el cuerpo y la ropa se habían confabulado para desvanecerse
al unísono.
Más desesperado cada día que pasaba, consultó a curanderas y
teólogos, santones y echadoras de cartas y, sobre todo, asesores de
imagen. Uno de ellos le aconsejó dejarse ver vestido de legionario
durante un mes, y luego dos meses tocado con un genuino tricornio de la
Guardia Civil. Otro, famoso por haberle endosado a Antonio Gala el
bastón, la tonadilla de abuelita resabiada y la prosa
patriotera-andaluza, le prescribió sombrero y gabardina en todas sus
apariciones televisivas, y que esgrimiera impertinencia y malas pulgas,
que se hiciera notar.
-Y no olvide nunca esto que le voy a decir -le recomendó por último
el asesor de imagen-. Muchos cretinos salen en la televisión no porque
sean famosos; son famosos cretinos porque salen en la televisión.
-Enterado.
Al mismo tiempo, en sus ratos libres, R. L. S. devoraba anuncios de
prensa por si surgía alguna oferta interesante. Un día leyó uno bastante
sugestivo:
RELAX RITA "SOPLILLO"
Sexy-Life-Leben-Vida-Vita con Rita "Soplillo",
maravillosa
jovencita 18 a. insufla vida al cuerpo con su boca carnosa.
Confortables instalaciones con bañera redonda y vídeo. Rigurosa higiene y
discreción. T. 69.00.69. Lunes y viernes con Mari Pili y 6 amigas
complacientes. 1.000 manual, 2.000 manual con francés, 3.000 compl. Os
esperamos.
Concertó una cita por teléfono. Rita "Soplillo" resultó estimulante
hasta alcanzar cierto cosquilleo existencial en las ingles, pero m un
paso más allá. Era lectora entusiasta de Chesterton y pasaron un buen
rato rememorando las aventuras del padre Brown. Él abandonó un instante
la cama para mirarse en el espejo y constatar desolado que seguía
imparable el pro ceso de esfumación, y entonces Rita "Soplillo",
viéndole de espaldas, reveló el sorprendente conocimiento que tenía de
la obra de Chesterton al citar de memoria una de sus punzantes ironías,
acerca de un general:
-"Visto de espaldas, era el hombre que necesitaba la patria".
Con todo, los poderes del famoso soplillo no alcanzaron a insuflar
peso ni volumen estables a R. L. S., que volvió a casa muy nebuloso y
deprimido.
Al día siguiente participó en un reality-show dedicado a una sufrida
ama de casa de L'Hospitalet que había cortado los huevos a su marido
mientras dormía, los había metido en la picadora, sazonado luego con
hierbas y especies, mezclado con champiñones y pasado por el minipimer,
obteniendo un revoltillo que se comió tranquilamente sentada viendo en
la televisión, según confesión propia, el programa "Lo que necesitas es
amor". Nada más iniciar su intervención, R. L. S. se empleó a fondo
insultando al gran comunica dor que dirigía el debate televisivo y a
todos los que estaban en el estudio.
-¡¿Qué se propone?! -chillaba el presentador con el peluquín torcido.
Me dijeron que eso era un reality-show, así que quiero ver el cuerpo
del delito. Quiero ver los huevos revueltos. -¡Usted es un provocador!
¡La señora dice que se los confió!
- No la creo -dijo R. L. S. con la voz suave-. Y usted es un chorizo.
-¡Largo de aquí! ¡Estamos en el aire, y puede haber niños viéndonos! ¡Es usted un irresponsable!
-Estoy dispuesto a asumir mis responsabilidades audiovisuales, del
mismo modo que asumo las jurídicas y las fiscales, si usted me dice
cuáles son. Puesto que la necesidad de ha cerse ver y notar era cada vez
más urgente y vital, R. L. S. no dudaba en emplear las artimañas más de
leznables, en especial la trifulca verbal en directo y en horas de gran
audiencia, implicando siempre a los comunicadores de mayor éxito. Si
quería convertirse en un figurón audiovisual, ese era el camino más
rápido.
-Su programa, señor comunicador, es una refinada forma de tortura -le
dijo dos días después a otro presentador, esta vez de TV 3.
-¡Haga el favor de explicarse!
-Lo haré cuando me apetezca.
Era un magazine con números musicales y tertulianos populares: un
cantautor con voz de cabra enamorada, un director de cine autonómico, un
sacerdote autor de best-sellers y un señor bajito que dijo ser socio
del Barca y llamarse Llapat i Faixat.
-¡Señor Errelese, tengo que pedirle que abandone el plató inmediatamente! -exigió el presentador-. ¡No consentiré sus insultos!
-¡A mí también me ha insultado, muchas veces! -dijo el peliculero
esclerotizado y subvencionado hasta las cejas- ¡Y dice pestes del cine
catalán!
-¡En mi programa no lo consentiré! ¡Este director merece un respeto!
-Tal vez -dijo R. L. SPero ni un duro del bolsillo de los contribuyentes.
-¡Esa es otra cuestión, señor mío!
-No. Esa es la cuestión -miró al director y añadió:- A ver si nos
entendemos, zoquete. Cuando digo que una película es mala, tanto si se
ha hecho en catalán como en español, quiero decir que es mala porque se
ha hecho mal, no porque se haya hecho en catalán o en español. Merluzo,
que eres el merluzo del celuloide patriotero.
-¡Fuera del Plató! ¡Largo! -gritó el presentador.
R. L. S. obedeció encaminándose hacia la salida, pero no oía sus
pasos. Mientras, improvisando una sonrisa tranquilizadora, el
comunicador sobaba a su audiencia y anunciaba:
-Y ahora, queridos amigos, para quitarnos el mal sabor de boca, les
propongo unos minutos de auténtico placer: los éxitos más célebres de
Cole Porter en la voz de Nuria Feliu.
Al oírlo, saliendo ya del mortífero campo de visión de las cámaras, R. L. S. se volvió y dijo:
-¿Lo ve, como es usted un sádico?
-¡Llévense de aquí a este cabrón! ¡Fuera!
-Adéu, tu, que et bombin.
Todo fue de mal en peor. Apenas podía ver su cara en el espejo y su
voz se apagaba. Su sombra se borraba en el suelo y su cuerpo flotaba en
la calle como una gasa o como una ceniza sin reposo. Esa vaguedad de
contornos lo obligaba a operaciones estrambóticas para obtener
referencias visuales; si no quería acabar degollado, tenía que afeitarse
cada mañana con sombrero y bufanda; para cortarse las uñas de las manos
y los pies, primero se las pintaba con laca roja. En la ducha, al
enjabonarse, descubría hasta qué punto era ya inconsistente y
translúcido. Antes su cuerpo era de alabastro, como el del poeta, ahora
era de cristal turbio, un poco ambarino, visiblemente expoliado. Y los
síntomas de la irreversible dolencia eran ya abrumadores; al bajar las
escaleras y mirarse los pies, y no verlos, sufría intensos mareos; no
podía dormir si no cubría sus ojos con un antifaz porque los párpados no
le protegían de la luz. Y seguía meando fuera del váter porque no veía
la orina ni sabía adonde dirigirla.
Érase un escritor de ficciones que durante 30 años se había negado a
aparecer en TV. Un día se deja convencer y es entrevistado. En pantalla parece un fantasma, y en la vida real también tiende a
desaparecer. Vuelve a TV y la cosa empeora. Ya no es borroso, es casi
transparente. Piensa que su falta de presencia en pantalla ha sido la
causa de ese virus que le está disolviendo. No se da por vencido: acude
a médicos, a asesores de imagen, a un reality show. Pero cada vez está
peor.
Ya no veía ninguna posibilidad de regeneración en unas células que se
devoraban a sí mismas con asombrosa voracidad, ya casi no guardaba
recuerdo de su imagen tan celosa y tontamente preservada de la
indiscreción y la grosería audiovisual, pero decidió concederse una
última oportunidad y participó en una mesa redonda con otros colegas en
una librería repleta de público, con motivo de la presentación de un
libro, y allí, cuando aún no había tomado la palabra, mientras revisaba
unos apuntes, sufrió repentinamente la primera desaparición total,
aunque no definitiva. "Una especie de eclipse, y duró muy poco" -así lo
definió él mismo posteriormente en la consulta del endocrino: Advirtió
que ya no estaba allí porque alguien le retiró la silla vacía.Cuando
reapareció, al cabo de media hora, estaba muy desmejorado, su presencia
física era tan precaria y su voz tan débil que nadie le hizo el menor
caso, ni los contertulios ni el público asistente; nadie le preguntó
nada ni respetó sus intervenciones, porque era muy difícil verle. El
moderador del coloquio dijo en cierto momento: "Al parecer falta un
contertulio, pero no sabemos quién pueda ser". Entonces sufrió la
segunda desaparición completa.
En
vano él pataleó y gritó que estaba allí, en vano pidió la palabra con
grandes aspavientos y expresó opiniones que no merecieron la atención de
sus colegas ni del auditorio, y así fue perdiendo energías y fuelle,
hasta que, presa del desánimo, se entregó resignado a un silencio
elocuente, sereno y gentil.
Volvió a reaparecer al llegar a casa, mientras se servía un whisky
con agua, pero sabía que se había iniciado la fatídica cuenta atrás. Su
última consulta fue con un psiquiatra y en un estado casi cataléptico.
No quiso tumbarse en el diván por núedo a no levantarse.
-Sufre usted una fuerte depresión figurativa -dijo el psiquiatra-,
una dolencia que aqueja sobre todo a los pintores. Tàpies la padece, o
mejor dicho, la cultiva muy satisfactoriamente con esa Fundación que nos
ha costado un huevo a los contribuyentes. Pero esa es otra historia.
Bien. Voy a recetarle algo que le va a sorprender: hágase fotos, muchas
fotos. Pero sin sombrero.
Se hizo retratar por fotógrafos ambulantes y profesionales, por sus
hijas y por ocasionales viandantes, y no quedó un solo fotomatón en la
ciudad en el que no se hubiera sentado muy quieto mirando aterrado el
insomne ojo del destino. En cada una de esas instantáneas creía retener
unos segundos de vida. Luego, buscándose en ellas, apenas podía
reconocer aquel derrotado espectro de sí mismo. Se buscó también en el
álbum de fotos de la familia, en las de juventud y de niñez, en algunas
muy antiguas y amarillentas donde vio a sus padres y abuelos paseando
por el parque Güell y dándole la mano a... nada, a una sombra. Le
entristeció sobre todo una vieja foto muy querida donde se veía a su
padre gateando en la playa, mirando a cámara y riéndose, con una pala y
un cubo de juguete milagrosamente suspendidos en el aire... El niño que
fue R. L. S. ya no estaba allí, cabalgando feliz a lomos de su
progenitor, espoleando la imaginación hacia la gran aventura del futuro,
hacia un destino que prometía la gloria y la fortuna. Desaparecer de
las fotos, sin embargo, no le importaba.
Pasada la medianoche, poco después de que sus hijas apagaran la
televisión y se acostaran, sintió la imperiosa necesidad de ir a su
dormitorio a darles las buenas noches y un beso, como cuando eran muy
niñas, y al cruzar el salón vio en el espejo un torpe esqueleto andante
con osamenta de cristal y envuelto en una tela de araña que lo
emborronaba. Si eso era todo lo que quedaba de él, mejor no moverse del
espejo, pensó. Pero el espejo era también la guarida del tiempo, y ese
tiempo lo devoraba lo mismo allí que en las covachas luminosas de la TV.
Entonces recordó que, al entrar en los platós televisivos, siempre le
asaltó la sucia idea de que en cualquier momento podía caer en la
banalidad más absoluta o en la ignominia. Renunció pues a que ese
fantasma entrara en el dormitorio de las niñas y se convirtiera en una
pesadilla para el resto de sus vidas, y volvió sobre sus pasos para
encerrarse en su estudio.
Esta misma noche anotaba lo ocurrido en su diario con la
estilográfica, y según iba escribiendo, escuchando el rasgueo familiar y
armonioso de la plumilla sobre el papel, observó que las palabras se
borraban una tras otra apenas surgían y no quedaba ni rastro. La tinta
azul desaparecía casi en el instante de haber trazado la palabra,
devorada por un virus, chupada por la misma nebulosa blanca de la hoja
como si ésta fuera un secante. Un sudor frío recorrió lo que quedaba de
su espalda. Se precipitó sobre sus fichas y sus libretas de notas y
blocs de apuntes y descubrió que todo cuanto trazó su mano se había
borrado, y también el manuscrito de su última novela y tres capítulos de
la misma que ya había pasado a máquina y daba por buenos. Desenterró
del fondo de un armarlo los demás borradores y manuscritos
encuadernados: lo mismo, folios en blanco. Sencillamente, todo se había
esfumado: ni los títulos quedaban, ni una línea, ni una palabra, ni una
anotación al margen, ni una tilde. Entonces le asaltó a R. L. S. una
sospecha pavorosa y corrió hacia los estantes de libros, cogió su última
novela recién publicada, la abrió procurando mantenerse impávido y con
los ojos cerrados todavía unos segundos, por cobardía, por un reflejo
automático de rechazo de la evidencia -inútil, por otra parte, pues sus
párpados de humo ya no podían protegerle de ninguna imagen de este
mundo- y ahogó en su garganta un grito de horror: el texto impreso se
estaba borrando, de la primera a la última página. Como roídas por un
ácido, algunas palabras se arrugaban ante sus ojos antes de
desaparecer, otras parecían fundirse, parpadeaban débilmente un instante
y se apagaban. Audaces adjetivos, fulgurantes metáforas, ajustados y
limpios diálogos cuya emoción contenida le había costado años de trabajo
y correcciones sin fin, largas oraciones trenzadas con ritmo y furor y
ternura, noches en vela olfateando el aroma desconocido de un vocablo,
garras y alas de una prosa que él había creído más válida y duradera que
su propia vida, no dejarían ni rastro. El título y la dedicatoria a su
mujer habían desaparecido también; sólo quedaban en las páginas primeras
y en las últimas algunas referencias que no tenían que ver con él, como
el nombre de la Editorial, su razón social y comercial y el de la
industria gráfica que imprimió el libro, pero ni siquiera el número de
registro del Depósito Legal y tampoco la numeración de las páginas.
Con el alma a los pies, R. L. S. afrontó la terrible evidencia: todo
lo que había escrito a lo largo de treinta años se estaba desleyendo no
sólo en la vasta biblioteca de su estudio, sino también en miles de
casas y en las manos -ahora mismo, quizá- de cientos y cientos de
lectores, y en las bibliotecas públicas, en librerías y en grandes
almacenes y aeropuertos y estaciones ferroviarias, en las pomposas
Ferias de Libros y en los humildes tenderetes de saldos, y hasta en
alguna fogata debajo de un puente, mientras calienta los huesos de algún
vagabundo. Y lo mismo debía ocurrir en sus libros traducidos a otras
lenguas, en otros tantos países.
Pero aun en medio de tanto expolio, R. L. S. no se dio por vencido.
En su juventud, cuando era pobre y desconocido, había escrito con
seudónimo algunas novelas del Oeste, literatura alimenticia, de quiosco.
Buscó alguna de estas novelitas en los tenderetes de los Encantes y en
las librerías de viejo y dio finalmente con un ejemplar en buen estado,
casi nuevo, de El pistolero de Arizona y su sombra, por Ray L.
Stevens. Recordó el título al ver el dibujo de brillantes colores en la
portada. Todas las páginas estaban en blanco.
-¡Ésta sí que es buena! -exclamó el viejo librero- ¡Jamás vi una cosa igual, señor!
-Algunos libros estarían mejor así -dijo con aire apesadumbrado R. L. S-. ¿Tiene usted algún otro título del mismo autor?
-¿Qué autor? ¿Qué título? Aquí no se lee nada... -el librero achicó
los ojos para ver mejor, luego miró a su cliente esforzándose igual-. Se
debe a la mala impresión, seguro. Una chapuza. Además, es una edición
muy antigua; algo le ha pasado a la tinta, después de tanto tiempo.
-Es una reedición, y bastante reciente.
-Pues es verdad. Qué raro. A ver si tengo por ahí otro ejemplar...
-No se moleste -dijo R. L. S- Da lo mismo.
Bueno, no hay por qué lamentarse, se dijo al salir de la librería,
piénsalo un poco: a fin de cuentas, a tu personita y a tu querida obra
completa encuadernada en piel, acompañada de tu foto favorita de perfil y
fumando en pipa, no os aguardaba otra cosa que el olvido, dentro de
unos años o unos siglos, qué más da. Qué importa realmente que ese
olvido se anticipe un poco. Esta extraña dolencia que te aqueja, esta
imparable disolución física y anímica, este virus maligno o maldición
audiovisual o lo que diablos sea lo que está deshaciendo tu imagen y
convirtiendo en polvo tus huesos y la memoria futura de ti, no hace en
verdad otra cosa que acelerar el trabajo de las termitas del tiempo y
anticipar el destino final que el gran depredador, el olvido, nos
reserva a todos.
En la calle, fugitivo de sí mismo, R. L. S. sintió de pronto en el
cogote el zarpazo de otra sospecha y apresuradamente sacó la cartera y
examinó sus muchos carnets que le acreditaban: el de conducir, el de la
Sociedad General de Autores, el de la A. C. E. C., el de identificación
fiscal, el de Asistencia Sanitaria, etcétera. En todos ellos había
desaparecido su nombre y apellidos y su número de registro. Y en el D.
N. I. no sólo se habían evaporado su nombre y su número, sino también sus
huellas digitales, su fotografía, su sexo, su grupo sanguíneo, su fecha
de nacimiento y su firma.
Érase un escritor que durante 30 años se había negado a aparecer en TV.
Un día se deja convencer y es entrevistado. En pantalla parece un
fantasma, y, en la vida real también tiende a desaparecer. Vuelve a TV y
la cosa empeora. Piensa que su falta dé presencia en pantalla ha
sido la causa de ese virus disolvente. No se da por vencido, acude a
médicos, asesores de imagen, hasta a un reality-show. Cada vez está
peor, a veces desaparece del todo y constata con horror que todos sus
libros están en blanco.
Al atardecer de aquel mismo día, después de dar una conferencia en el
Instituto Francés, que tuvo que suspenderle por su inexplicable
incomparecencia -aunque él es tuvo allí, sentado en su mesa de
conferenciante, disertando magistralmente durante una hora sobre los,
probables ingredientes que contenía la famosa pócima que transfiguró al
gentil doctor Jekyll en el peludo Mr. Hyde-, al llegar a casa vio a su
mujer y a sus hijas comiendo pizzas frente al televisor. Nunca le habían
gustado las pizzas. Pidió a Olvido su plato de acelgas y sus dos
rodajas de merluza de cada noche, pero ella no le respondió ni dejó de
mirar la televisión. R. L. S. se acercó más, se paró delante de su
mujer, tapando la pantalla, y de nuevo reclamó su frugal cena. Ni caso, y
además, tanto Olvido como las niñas seguían sorbiendo ávidamente con
los ojos el mejunje multicolor de la pantalla a través de su cuerpo
etéreo, ya totalmente translúcido: ahora en medio de sus pulmones podía
verse una lavadora centrifugando, un paquete de detergente y dos
parlanchinas amas de casa. -Olvido, por favor... La cena.Su voz era
apenas un susurro, no podía competir con la cháchara del anuncio.
Después de varios intentos, comprendió que no le veían ni le oían y se
sentó abatido en el sofá junto a sus hijas. Percibía el olor de sus
cabellos y se conformó con eso. En realidad no tenía hambre, sólo ganas
de dormir, y no podía: se le cerraban los párpados de ceniza, pero a
través de ellos todo a su alrededor giraba como un tiovivo. Suávemente,
con una mano que ya no era de este mundo, acarició el pelo y la nuca de
su hija pequeña, y ella ni se enteró. Poco después Olvido se levantó y
dijo "Ya está bien por hoy", apagó el receptor y ella y las niñas se
fueron a dormir, dejándole solo. Obedeciendo a no sabía qué último
resorte de la memoria muscular o de la buena crianza, aun tuvo tiempo y
energías para incorporarse a medias y decir "buenas noches", cuando ya
las tres mujeres desaparecían de su vista. Luego volvió a sentarse, y
allí muy quieto en un extremo del sofá, en medio del silencio de la
casa, escuchó el rumor de sus células y de sus huesos deshaciéndose poco
a poco; era un leve crujido casi armonioso, como el de la brisa
meciendo un cañaveral verde en un atardecer de verano, eso pensó R. L.
S., y, escritor al fin y a pesar de todas las calamidades, decidió
probar una vez más a anotar el simil en su pequeño bloc de notas. Apenas
podía empuñar el bolígrafo. Escribió compulsivamente con una caligrafía
ágil y armoniosa, intachable, pero invisible. "Bueno -se dijo con una
sonrisa que se sostuvo fugazmente en el aire como un plumón-, no hay mal
que por bien no venga: finalmente parece que he conseguido lo que más
deseaba, la escritura transparente, el estilo invisible. Que se jodan
los críticos". Frente a él, en un hueco de la gran librería que llegaba
hasta el techo, el receptor apagado de la televisión se agazapaba
insomne rumiando su veneno, y su pantalla ahora sin luz, cenicienta,
miraba a R. L. S. de reojo con un reflejo mortecino, regurgitando
todavía resabios de imágenes. Lo que no reflejaba era su propia imagen;
al sofá sí, sombríamente, pero él ya no estaba sentado allí. Entonces
sintió diluirse en sus venas la certeza de la sangre y el polvo
audiovisual de la memoria, sintió como un vertiginoso desagüe interior
por el que se le estaba escurriendo la vida desde la raíz de los
cabellos hasta la planta de los pies. Anidaba en su pecho y en su cabeza
un aire enrarecido, ancestral y ensimismado como el polvo que flota
después del hundimiento de una casona vieja y desahuciada. Evanescente y
remoto, ya sin miedo, resignado a su suerte, el cuerpo se le antojaba
traspasado por la niebla y la luz de otro planeta, invadido por el polvo
de mármol que sueñan las galaxias, por el aire espeso de las tumbas. Y
con estas emociones, nunca antes sentidas, se durmió.
Desapareció
definitivamente en el transcurso de la recepción anual ofrecida por el
Rey a lo intelectuales en el palacio de la Zarzuela. No se sabe si la
fecha fue premeditada. Unos días antes, su estado evanescente en fase
terminal había experimentado. una ligera mejoría -una cierta
consistencia nebulosa, si bien persistía la transparencia cristalina de
la osamenta- y nada hacía prever de inmediato un desenlace tan
fulminante.
Él mismo intuyó que su disolución era inminente cuando entraba en el
amplio salón, abarrotado de invitados que bebían y conversaban formando
corros, y notar que sus pies habían perdido el contacto con el suelo. El
segundo síntoma lo percibió al intentar coger el elegante bastón de un
colega muy envarado para darle con la empuñadura de marfil en la cabeza
-bromeando, naturalmente, y a modo de saludo- y su mano no cogió más que
aire. Entonces palideció hasta confundirse con el aire. Ingrávido
silencioso, lo que en estos momentos quedaba de él era poco menos que un
recuerdo vago, una idea remota y adulterada, tres letras sepultadas en
el polvo, y fue en ese estado físico de evaporación irreversible que R.
L. S. se acercó tímidamente a los corros de amigos y colegas para
quedarse escuchando sus opiniones muy quieto y un poco al margen,
cabizbajo, las manos a la espalda. En eso estaba, admirando el
floripondio del idioma o la galanura gestual de unos y de otros, un rato
aquí y otro más allá, cuando, creyendo que alguien detrás suyo le
requería para ser presentado y saludar al Rey, se giró diligente.
ofreciendo su mano abierta para descubrir en el acto que no era el
monarca el que le tendía la suya, sino un avispado mallorquín con
flequillo, por lo que encogió bruscamente el brazo y se retorció el
lóbulo de la oreja sonriendo burlonamente. Y en ese preciso instante,
visto y no visto, R. L. S. se diluyó por completo dejando boquiabiertos a
los que habían podido distinguir en algún momento su borrosa figura. La
última fase de su desleimiento se produjo de manera rotativa y
vertiginosa, girando sobre sí mismo como si un remolino de viento lo
chupara después de desvivirlo y deshacerlo, allí enmedio del salón,
rodeado de invitados sosteniendo vasos de whisky.
No se le oyó despedirse, disculparse ni lamentarse de nada, y no dejó
el menor rastro. El dinámico mallorquín, cuyas dotes de percepción de
la realidad poética nunca fueron notables, ni dentro ni fuera de la
Zarzuela, y que se había quedado con la mano tendida a la nada y con un
palmo de narices, balbuceó la evidencia: "¡Se ha ido, y de qué modo!
¡Qué maleducado!"
Alguien entre los presentes creyó oír todavía, en medio de la efímera
estela de polvillo que permaneció flotando unos segundos, un hilo de
voz lanzando un agravio que al cabo del tiempo el mismo agraviado
chorizo también olvidaría. En todo caso, nunca jamás volvió a hablarse
de R. L. S., porque no quedó memoria de él ni de su obra. El día que se
fue, totalmente desleído, era el 23 de abril, Festividad de Libro. En mi
modesta opinión, no pudo elegir día más apropiado ni ocasión mejor.