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jueves, 25 de diciembre de 2014

FORGET ME NOT: CHAPTER V (FINALE)


NO-ME-OLVIDES
Por Sandra Dermark



Un fic de Vocaloid basado en la novela homónima de Putlitz.

5. LA FLOR DEL RECUERDO.

Desde su balcón, la joven me sostenía en su diestra. Se puso la mano izquierda sobre la frente a modo de visera para otear el horizonte cara al sol. Yo seguía su mirar. Un jinete galopaba por el valle. ¿Sería él? Lo era...
Mientras él desaparecía para ella, la joven señorita entró de nuevo. Parecía que estuviera reprimiendo sus lágrimas para observarle lo más posible. Ahora estaba en su habitación y las lágrimas le brotaron a raudales. Entonces sonrió llorando, me besó con impulso y se dijo, nerviosa:
-¿Será verdad? ¿Será posible? ¡Me quiere!
Sus pasos se aceleraron y sus ojos brillaban de euforia mientras corría por la habitación. Se plantó frente al espejo de la consola y miró de hito en hito a su reflejo, como si el afecto de aquel joven hiciera más valiosos sus rasgos para ella. Luego observó con sorpresa que aún tenía lágrimas en los ojos. Se dijo:
- ¡Lágrimas! ¡Y nunca en mi vida he sido tan feliz! -se rió y se secó con un pañuelo, pero cada vez las gotas cristalinas volvían a discurrir por sus mejillas.
Al final, la joven recobró la calma para luego, haciendo caso de la voz de la conciencia, decirse:
-¡Mi institutriz nunca lo aprobaría, y nunca podré decírselo!
Palideció como si toda la sangre de sus venas se hubiera helado y sus ojos fueran dos cuentas de cristal verde. Oyó pasos en el pasillo y, asustada, se sentó frente al clavecín y llevó los dedos a las teclas. Me caí de su mano, con mi flor, sobre una tecla blanca.
Se abrió la puerta y entró una mujer alta y de porte distinguido, con la pajiza cabellera recogida en un moño. Su cabeza erguida, su inquisitiva mirada, su cerrada expresión... todo denotaba inflexibilidad. En sus patas de gallo, la experiencia había escrito valiosas lecciones.
Miré angustiada cómo saludaba a su protegida. Los ojos de la institutriz se habían acostumbrado a no llorar. Su expresión permaneció inmutable, mientras observaba los rasgos de la jovencita como si leyera un libro abierto.
-Margareta, estás llorando. ¡Se ha marchado y le quieres! -La pobrecita no se atrevía a desvelar su secreto, pero ¿podría negarlo? Así que respondió con lágrimas. La institutriz se dirigió a Margareta con una voz más dulce:
-Ésta puede ser la primera dura prueba de tu vida. Si quieres sobrevivir, debes de luchar contra tu corazón. ¡Le has de olvidar!
El corazón de la joven estaba dividido:
-¿Olvidarle yo? ¡Nunca jamás!
-Margareta, ¿qué adversidad no se debe superar? ¿Qué no se ha de olvidar?
La chica peliverde negó con la cabeza: el sentimiento que había despertado en ella era demasiado poderoso como para ser socavado por cuarenta largos años de experiencia.
-¿Te lo dijo antes de irse, Margareta?
-No me dijo nada, pero lo supe al ver su última mirada, al sentir la presión de su mano, al entregarme éstas flores.- respondió mostrando sus nomeolvides.
-¡Nomeolvides! -la institutriz tomó asiento en el sillón con la mirada fija en las flores... pero su expresión se relajó, algo se conmovía dentro de su pecho, sus pensamientos la llevaron hacia un pasado distante. Margareta la miraba fijamente, en parte sorprendida y en parte asustada. Nunca la había visto así, y esperaba que dictara sentencia.
-Margareta, ve al cajón de la consola y tráeme el pequeño guardapelo plateado. -Ella obedeció para ver a su interlocutora abrir el colgante y revelar en su interior una florecilla de nomeolvides marchita.
-¡Le quieres... y eres feliz!- y las lágrimas brotaron de sus ojos y cayeron sobre la flor marchita de su mano.
La joven nunca había visto a su institutriz llorar. Era como si se hubiera derretido la barrera de hielo que le retenía el corazón. Se postró y, sorprendida al descubrir el secreto, exclamó:
-¡Has amado, Linnéa! ¡Has amado tú también!
Y Linnéa la abrazó y la besó:
-Él te tendrá, Margareta. ¡Tú serás feliz!
Margareta abrazó a su institutriz y caí de su mano. Al final, Linnéa cerró el guardapelo y lo dejó de nuevo en su lugar. Yo me marchité, olvidada, en el suelo.

Porque el amor no quiere recordatorios.

domingo, 21 de diciembre de 2014

FORGET ME NOT: CHAPTER IV

NO-ME-OLVIDES
Por Sandra Dermark


Un fic de Vocaloid basado en la novela homónima de Putlitz.

4. LA BATALLA FINAL

Era yo la benjamina de entre muchas hermanas. Todas ellas se marchitaron durante la primavera y el verano de aquel año, acunándome con recuerdos de aquellas felices estaciones. Yo conocía sólo los días tristes y fríos del otoño, y desde el páramo donde crecía mi flor sólo veía un sol débil y cubierto de brumas. Todas las demás flores que antaño se vanagloriaban de su salud y belleza estaban pálidas y marchitas. No pude evitar llorar por ellas, porque no entendía por qué sólo yo era diferente a ellas.
El sol, similar a una enorme calabaza escarlata, había descendido más allá del velo de brumas que cubría el páramo.
Esperando a una nublada noche, pude oír en la distancia muchos rítmicos pasos humanos, cascos al trote y entrechocar de objetos de acero. Aquellos sonidos se acercaban a mi flor cada vez más. Pronto pude ver las armas relucir a través de la niebla y del crepúsculo.
En formación sólida, como si fueran uno, los militares avanzaron tan cerca de mi flor que, para evitar ser aplastada por unas botas de reglamento, me deslicé al borde de una roca, desde donde les continué a observar.
-¡Compañía, alto! -gritó un joven teniente, y un destacamento se detuvo como enraizado en el páramo. No pude distinguir lo que ordenaron los oficiales a continuación, pero vi que, llenos de vida y agitación, rompían filas. Pude distinguir tras la plomiza niebla sus siluetas. Unos cuantos asentaban sus armas y morrales y se detuvieron.
Al silencio de la disciplina, roto tan sólo por las palabras de los oficiales, sucedieron una alegre y agitada confusión de voces y una actividad metódica. Unos corrían al cercano bosquecillo a por leña, con la cual formaron una pila. Otros sacaban galletas y avena de sus morrales. Los oficiales hicieron corro aparte, y no pude distinguir si conversaban o se pasaban órdenes. No muy lejos de ellos, los suboficiales anotaban las palabras en sus respectivos cuadernos.
Se rehizo la calma, pero no duró mucho. Pronto unos cuantos fueron a por estacas y las clavaron, entre todos, al suelo. No pude observar todo lo que hacía el regimiento, porque entonces comenzaba a oscurecer.
Se acercó un yesquero a la pila de leña y de ésta empezaron a surgir volutas de humo, seguidas de llamaradas naranjas y chispas que, disparadas, hendían la oscuridad. Todos se agruparon en torno a la hoguera, con preferencia de la oficialidad, y se inició una descarada conversación, con bastantes chistes seguidos de alocadas risas. Se pasaban la cantimplora entre ellos, alguno les entretuvo con una canción castrense que los aplausos hacían difícil oír.
Los oficiales, sentados sobre una roca cada uno, reían, bebían coñac y se contaban chistes.
¡Era una estampa llena de vida y de diversidad!: Los muchos grupos, iluminados por la lumbre; los caballos aparte en sus pesebres, los relucientes fusiles apiñados a un lado, los uniformes (chacó, guerrera azul y pantalones rojos; los oficiales, con penacho y galones)...
Pronto la velada se fue silenciando cuando un oficial tras otro se acostaba para luego cerrar los ojos y quedarse dormido. El fuego se fue también apaciguando. En la distancia, yo podía oír los pasos de los centinelas.
Sobre la roca que yo tenía por atalaya estaba sentado un joven teniente rubito y lampiño, que parecía más un hombre de letras que de armas (al sentarse el teniente, me deslicé hasta el borde de la roca). Él estaba conversando tête-à-tête con el cirujano del regimiento, un oficial peliazul más alto y de hombros más anchos que los suyos.
Se trataban de amigos el uno al otro. Tal vez se hubieran vuelto a reencontrar tras largos años.
El galeno parecía muy contento y satisfecho, mientras que su interlocutor, a pesar de la alegría del reencuentro y de la conversación, llevaba en esos azules ojos los rastros de un profundo pesar.
Habían recordado días felices como hermanos de universidad. Recordaron las anécdotas más alegres y preguntaron por los demás, por el resto de la fraternidad dispersada. Repararon en su encuentro fortuito, la víspera de una batalla, en circunstancias que ni uno ni el otro habían previsto.
El serio servicio militar les había hecho recordar los duelos a espada de sus años universitarios y sacaron de nuevo la espada con mutuas sonrisas:
-En garde!
-Prepárate, Kaj, ¡que ahora vas a ver...!
De pronto, el cirujano le preguntó al teniente:
-Sólo por curiosidad, Lennart: ¿qué te llevó a entrar en el ejército?
Entonces Lennart palideció, volvió el rostro y trató de evadir la respuesta.
De repente, llamaron a Kaj para curar unas ligeras heridas y el teniente se quedó solo frente a la hoguera. Permaneció allí sentado largo tiempo, soñando despierto. Sentía yo que le comprendía.
Los recuerdos de días felices le transportaron de nuevo a aquellos días que guardaba en el corazón. Finalmente, volvió en sí, se apartó el flequillo de la frente como si quisiera apartar sus penas y sacó su reloj de bolsillo para ver la hora que era. Lo hizo con tanta fuerza que la cadena se le rompió y un eslabón cayó al suelo, ensartándose en el tallo de mi flor y atándome a ese tallo.
Lennart se agachó y, a la luz de la fogata, buscó el eslabón entre hierbas y flores. Al encontrarlo y recogerlo, rompió el tallo y me prendió con mi flor y todo.
-Otro nomeolvides... -susurró. -¡La casualidad lo ha puesto en mis manos! ¡Me lo quedaré como amuleto para la batalla de mañana!
Se desabotonó el tercer ojal de la guerrera y el de la camisa, me ensartó aún atada a mi flor por los ojales y luego los volvió a abotonar antes de acostarse.
Allí yacía una servidora, sobre el corazón del teniente. ¡Cómo palpitaba, y cómo subía y bajaba su pecho! Me puse, acurrucada entre pelitos rizados, a escuchar sus latidos, pegada tras su esternón como quien escucha secretillos tras una puerta cerrada. El pulso era tranquilo y suave, a veces acelerado e intenso cuando soñaba con algo emocionante.
Rompió el alba y se disipó la niebla. Se podían ver los primeros rayos del sol, de un color que presagiaba trágicos destinos. Tocaron a diana y el regimiento despertó para luego formar en orden de batalla. Desde mi nueva atalaya podía ver la explanada surcada de empalizadas. Eran trincheras enemigas.
-¡Tercera Compañía, a la vanguardia! -gritó un oficial de superior graduación, y Lennart se pasó a la primera línea seguido de su sargento y de sus efectivos. Estuvimos quietos un buen rato, antes de que le llegara la orden de pasar a la acción.
Entonces los azules ojos de mi teniente supervisaron a sus hombres sin perder la calma, y su voz resonó alta y clara delante de la trinchera. Su mirada era fría y fija, sus pasos eran firmes, nada traicionaba la más ligera agitación interna. Sólo yo sentía el frenesí con que latía su corazón. ¿Era por la emoción de la batalla? ¿Era un presentimiento de la despedida eterna de seres queridos? ¿Era simplemente la demanda de oxígeno lo que agitaba su pecho? Lo ignoraba.
Habíamos avanzado apenas unos cinco pasos, cuando recibimos una descarga de fusilería. Muchos de nosotros cayeron, pero Lennart seguía animándonos y gritando: ¡Adelante!
La empalizada estaba a nuestro alcance, pero la Tercera Compañía se había reducido considerablemente. El teniente siguió exhortando a los suyos.
Ahora no era yo sólo capaz de oír las desenfrenadas pulsaciones, sino también de descifrarlas. ¡Su corazón latía así no por temer él a la muerte, sino porque él la buscaba! ¡Su intención era la de suicidarse!
De nuevo fue rechazado el ataque, pero la Tercera Compañía lo volvió a intentar. La muerte nos llamaba desde los cañones de incontables fusiles. Me estremecí por mí y por él, por los dos.
Entonces una bala golpeó a mi oficial en pleno pecho y me arrastró consigo dentro de la sangrienta herida. Golpeada por la ardiente esfera de plomo, choqué contra su esternón para despertar en lo que parecía un lago de sangre cercado de paredes rosadas.
Lennart suspiró y luego se quedó inerte.
-¡Teniente! ¡Responde! -pude oír con dificultad.
Aquel corazón no volvería a latir de pena ni de alegría. ¡Me ahogué en la sangre de su corazón!

Y entonces me reencarné...

sábado, 20 de diciembre de 2014

FORGET ME NOT: CHAPTER III

NO-ME-OLVIDES
Por Sandra Dermark

Un fic de Vocaloid basado en la novela homónima de Putlitz.

3. EL BAILE DE COMPROMISO

No tuve la suerte de abrir mis pétalos en plena naturaleza, sino entre cuatro paredes de cristal y acero, rodeada de plantas extranjeras con sus respectivas hadas flores: tiarés, orquídeas del género Cattleya, camelias, crisantemos y otras tantas. ¿Quién podía describir su nostalgia?
En cambio, este país era mi patria, pero estaba fuera de temporada: los humanos habían engañado a la Primavera, a la cual pertenecía, para mantenerme viva en pleno invierno, contemplando un paisaje nevado a través de enormes ventanas cubiertas de escarcha.
Le solía preguntar al hada de una violeta tricolor que crecía junto a mí por qué Ellos nos mantenían prisioneras de ese modo.
-¿Por qué a nosotras, sencillas flores europeas, casi “malas hierbas”?
No tuve mucho tiempo para pensarlo, porque una de Ellos nos recogió , nos agrupó en ramilletes y nos subió en un carrito, para luego llevarnos dentro del baluarte contiguo a la jaula de cristal. Una gélida corriente de aire heló mis pétalos y mis mejillas durante el trayecto. Casi no notaba la resignación del hada de una flor de tiaré al aguantar la temperatura del aire, ni cómo las de dos fucsias buscaban abrigo bajo sus pétalos. De pronto nos iluminó de golpe una lámpara de araña, ¡y estaba yo con la mirada fija de hito en hito en el esplendor de un salón de baile! ¡Nunca habia visto algo igual!
La luz que irradiaban las arañas se reflejaba en la recargada decoración de las paredes, y allí se reunió una troupe alegre y elegantemente vestida. Un cuarteto de cuerda tocaba valses vieneses y las parejas se pusieron a dar vueltas como trastocadas por el rayo:
-“Un-deux-trois,”  “un-deux-trois” -se marcaba el compás.
Pusieron nuestro carrito delante de unas cortinas y , desde allí, podía verlo todo sin llamar la atención.
Ofuscada por el ritmo de los valses, las vueltas que daban las parejas, la decoración barroca, las alhajas y vestidos de las damas, los galones de los oficiales militares, la belleza de sus figuras, las luces de las arañas... tardé bastante en recobrar el sentido.
Era un ritual muy extraño: cada caballero hacía una reverencia fría y austera y la joven a la cual se la ofrecía también la aceptaba con excesiva formalidad.
Un par de segundos después, una pareja pasó frente a nosotros. Los ojos de los dos brillaban, respiraban con agitación, y el talle de la joven se estremecía en brazos de su caballero. Se separaron; la misma reverencia, el mismo saludo formal... como un perpetuo encenderse y apagarse.
Sucedió una pausa dramática: el cuarteto se puso a afinar sus instrumentos y los sirvientes pusieron en orden hileras de sillas Luis XIV. Las parejas ocuparon sus asientos y la primera pareja abrió el baile.
La joven que salió a bailar la primera era la más bella de todos los presentes. Era rubia y esbelta, de curvas no muy pronunciadas.  Vestida de blanco, llevaba en su altiva cabeza una corona de fucsias. Sus azules ojos desprendían aún más destellos que el colgante de su pecho, tan segura estaba de sí misma. Su brazo diestro, adornado con una pulsera, reposaba sobre el galón del hombro del oficial pelivioleta y condecorado que era su pareja.El hada de una ramita de mirto que había a mi lado se dio cuenta de en quién me había fijado:
-Se trata de fröken... mademoiselle Linnéa, la hija de la anfitriona. El joven con quien baila es su prometido, el general de división...
Pensé en lo bien que ella debería sentirse.
Junto a la cortina se habían sentado una joven peliverde vestida de azul y su carabina, que le advertía:
- Le cogió la institutriz in fraganti un par de veces. Claro,es tan fácil siendo él tan ingenuo...
-Linnéa, como amiga íntima mía, me ha confesado que le ve como un plasta, ¡pero ella es tan voluble!
- ¿No hacen el general y ella buena pareja?
Dos jóvenes oficiales pasaron con sus respectivas parejas junto a mí:
-¡Es tan hermosa!
-Es ciertamente hermosa, mi teniente, pero no tiene corazón.
Al otro lado del salón, reclinado de pie contra una columna, pude ver a un joven lampiño y de claros cabellos vestido con una sencilla levita. Él no bailaba con ninguna de las señoritas, y rara vez hablaba con alguno de los presentes. Sólo sus ojos permanecían fijos en la estrella de la tarde, que atraía todas las miradas, siguiéndola siempre en su vaivén. Sentí una extraña compasión por él, pero no sabía por qué.
Cuando ya daba por sentado que se habían olvidado de nuestras flores, el carrito fue trasladado al centro de la sala. Los caballeros cogieron uno tras otro cada uno un ramillete y lo presentaron a sus respectivas parejas. Al final sólo quedaba el ramillete con mi flor, hasta que vi al joven introvertido que mostraba tanto interés en la homenajeada. Se acercó al carrito con paso firme y me cogió en el ramillete mientras susurraba “nomeolvides” y presentó mi flor a la señorita Linnéa. Cuando él hizo su reverencia la miró de hito en hito. Ella desvió la mirada y, mirando a las flores, exclamó (para disimular tal vez):
-¡Nomeolvides! ¿No te acuerdas de las que recogíamos, Lennart?
-¿Y después? le preguntó él con ironía.
-Shh... ¡Ni un recuerdo del pasado, porque ya ha pasado!
Unos minutos después, volví a asomar... pero Lennart había desaparecido. La velada llegó a su fin, se fueron los invitados, y la sala estaba vacía. La homenajeada se había deshecho de todos los ramilletes, excepto del que contenía mi flor, el cual sostenía con fuerza en la mano diestra.
Dejó la sala y atravesó pasillos iluminados indiferente a su esplendor, sin preocuparse por los ramilletes marchitos que yacían a sus pies. Su paso era firme, su mirada clara, su cabeza estaba erguida en señal de altivez. Entró en su habitación, donde una sirvienta castaña con delantal (a la cual reconocí como aquella que nos recogió en el invernadero y nos trajo al salón) le estaba esperando. Ésta le quitó el tocado y el colgante a la señorita, que se quitó la pulsera y la arrojó sobre la consola del tocador con tanta violencia que un valioso broche se le cayó al suelo.
Cuando ya estaba sola y en camisón, en lugar de irse a la cama con dosel, se quedó inmóvil y absorta de pie en medio del cuarto. Luego volvió al tocador donde había dejado sus alhajas. ¿Querría echar un último vistazo a su reflejo, con los complementos que le hacían brillar?
Asió el ramo. Sus dedos hurgaron por entre fronda y pétalos (y por poco me aplastan). Intuí que buscaba mi flor. Entonces abrió el cajón de la consola, sacó unas tijeras, cortó el lazo que sujetaba los tallos, dejó a las demás flores a un lado, me sacó del ramo con mi flor, y asentó la cabeza sobre mí.
Ya me estaba marchitando cuando una gota de agua cálida y salada cayó sobre mí desde su ojo izquierdo. Miré arriba una vez más y advertí el cambio que se había operado en aquellos rasgos otrora tan fríos y altivos. “¡Quién la ha visto y quién la ve!”, pensé: su cabeza ahora reclinada, lágrimas brotando y discurriendo por sus mejillas y su cuello, se estremecía todo su cuerpo como una hoja al viento.
¿Podría ser que ella no fuera tan feliz? ¿Podría ser que ella tuviera, al fin y al cabo, un corazón?
Linnéa asentó la cabeza en las manos y se postró sobre la consola. No sé por cuánto tiempo permaneció así, pero al final la primera luz del día despuntaba por entre las cortinas de la lujosa habitación. Entonces ella se incorporó, sacó un guardapelo del cajón y lo abrió. Sacó el mechón descolorido que había dentro y me introdujo para luego volver a poner el cristal y besarme tras él.
Mi vida terminó igual que inició: en cautividad, tras un cristal. No sé cuánto duró el que ella me besara tras mi nueva pared de cristal... y fallecí en ese beso.

Y entonces me reencarné...

viernes, 19 de diciembre de 2014

FORGET ME NOT: CHAPTER II

NO-ME-OLVIDES
Por Sandra Dermark
Un fic de Vocaloid basado en la novela homónima de Putlitz.

2. FIESTA UNIVERSITARIA


Abrí mis pétalos a orillas del afluente, cuando el agua aún corría clara. No podía verla discurrir, pero sí oírla en los rápidos cercanos al prado, en pleno estío. Al otro lado, sobre una elevación, se distinguían las ruinas de una fortaleza medieval. La primera puesta de sol que vi dotaba de una excepcional belleza a todo el paisaje.
El sol se estaba poniendo y ya me estaba preparando para relajarme durante la tranquila tarde, cuando pude oír las voces de unos jóvenes, cascos de caballos al galope y remos de barcas, y volví al agua la mirada, sólo por curiosidad, empujando mi cabeza entre las de mis hermanas.
Pude ver una especie de procesión: primero iban tres jinetes sobre yeguas alazanas, seguidos de una hilera de carruajes con escolta. El cortejo se detuvo a la orilla, junto al embarcadero, y de cada carruaje salió un joven con una levita ajustada, espada al cinto, botas de caña alta y un sennerhut en la cabeza. Su vestimenta tenía poca cosa de militar: de colores más oscuros y con ésos gorros, debían de ser hombres de letras.
En el embarcadero había una nave de remos decorada con ramas de encina, en cuyo mástil se veía un gallardete tan verde como los gorros y las corbatas de los jóvenes. La mayoría de ellos embarcaron y soltaron amarras. Y se pusieron a remar con la corriente, cantando alguna canción satírica que otra. Todos los remos llevaban el compás cuando, sin querer, volví mi vista a las ruinas que, contra el sol poniente, presentaban un aspecto festivo acorde con el del séquito.
Los estudiantes que caminaban por la orilla se detuvieron para recoger algunas flores para poner en sus respectivos gorros. Uno rubito y de azules ojos, que parecía bastante frágil, nos cogió a mis hermanas y a mí de golpe con nuestras flores. ¡Me sentí muy contenta de participar en el festival universitario, una vez decorando su gorro!
Los de la nave habían desembarcado y todos se habían reunido formando grupitos de amigos por el valle, algunos paseando por la ribera.
El joven que me llevaba en su gorro subió a la torre de la fortaleza, por unas escaleras bastante traidoras, para tener una vista. ¡Entonces sí que sentí vértigo!
El hada de una flor de hiedra (que crecía adosada al bastión) con la cual choqué, me preguntó:
-¿Qué diantres buscas aquí arriba?
Le respondí con una irónica sonrisa y entonces ya estábamos en lo más alto. Mi estudiante, que había extendido los brazos en cruz para no perder el equilibrio, estaba con la mirada fija en la vista de pájaro que se abría a nuestros pies. Agotado por la caminata y el subir las escaleras, se quitó el gorro y lo puso a su lado.
Ya habiendo llegado las emociones fuertes a su fin, llevada por el ennui, me vi inspirada a componer un poema acorde con mi estado de ánimo.  Él debía de sentirse igual que yo, porque sacó del bolsillo una libreta y un lápiz y se puso a escribir. Desearía mucho haber podido leer su composición, porque creo que plagió la mía aunque aún no hubiera pensado en el primer verso.
Pronto el sol poniente brillaba sobre las páginas. El estudiante trató de evitarlo, pero no tenía adonde ir. Unos segundos más tarde, dejó la libreta abierta junto a su sennerhut y pude leer sus versos.
No era más que una cuarteta que describía el placer y la alegría que sentía él con la belleza de la puesta de sol. Eso no era un poema y una servidora nunca lo habría escrito. Ni lágrimas al recordar el pasado, ni ansiedad frente al futuro, ocupaban lugar en la plenitud de la paz y la euforia del presente. Sí, era un estudiante universitario... ¡un universitario!... el autor.
Allí estaría el quid de la cuestión.
-Lennart, ¿qué diantres haces allá arriba? -le llamó una voz masculina.
-Nada -respondió Lennart, mi estudiante, mientras cerraba su libreta, se ponía su gorro y descendía escaleras abajo llevado por la prisa, pero ágil como un gato montés.
Los grupos se reunieron en un salón del hostal de la ribera. Se había puesto una mesa larga con dos espadas cruzadas a cada lado. Los músicos, también estudiantes, ocupaban un escenario. El decorado representaba el emblema de la fraternidad de estudiantes.
Las paredes y la mesa del salón estaban decoradas con flores de temporada. Cada uno de los comensales se despojó de su levita y se colgó una trenza de cintas verdes sobre el hombro.  Uno de ellos bajó su espada y dio con esta señal comienzo a la cena.
¡Todo era regocijo y rebosaban la euforia, el optimismo y la alegría de la juventud! Las copas se llenaban y vaciaban sin tregua y brindaban los unos con los otros mientras los músicos tocaban un brindis tras otro. Algunos desenvainaron las espadas.
-¡Silencio! -ordenó el joven alto y peliazul que ocupaba el asiento presidencial. Entonces cesó la discusión y las canciones continuaron a sonar.
La primera era una canción de amistad, y me dejé llevar por esa melodía, mirando con orgullo a las otras flores del salón: las de los gorros, la mesa y las paredes. Y al final de la canción, todos se levantaron y entrechocaron las copas. En cambio, yo sentía cierta melancolía dulzona. No soy más que un hadita flor sentimental.
La fiesta prosiguió hasta altas horas de la noche, cada vez más salvaje y desinhibida, pero tambiés se susurraban secretillos unos a otros. Lennart se levantó con una ligera dificultad,  cogió de la mano a su compañero más alto y peliazul (que estaba algo más sobrio), y salieron juntos al balcón. Sobre nosotros, las estrellas en su misterioso silencio; y bajo nosotros, los rápidos del afluente y la cordillera por trasfondo, y tras nosotros el entrechocar de las copas y de las voces, y alguna vez de los aceros. Lo cual llevó a Kaj a volver a entrar para asumir su asiento presidencial y detener las refriegas, lo cual sucedió. Las voces se callaron, los jóvenes se pusieron de nuevo sus levitas y volvieron a sentarse.
Empezaron a cantar Ack Värmeland du sköna y los dos presidentes, uno a cada lado de la mesa, marcaban el compás con sus espadas.
Luego se perforaron los respectivos gorros con las espadas mientras recitaban éste juramento:
-Por la hoja de mi espada
y mi gorra atravesada...
Y luego se cortaron en el índice de la diestra con las mismas espadas y continuaron:
-...y la sangre que yo vierto,
nuestra amistad hoy sello.
Luego pasaron las espadas de un comensal a otro y, uno tras otro, repetían el mismo ritual para luego pasar la espada al siguiente. Para nosotras hadas flores era muy peligroso, al ver como se hendían los gorros hasta que las espadas se cubrieron de gorras ensartadas y de sangre seca. Y yo fui en volandas por toda la mesa desde que mi estudiante ensartó la suya. Al final, el presidente peliazul las recibió de nuevo y recitó:
-¡Recibid vuestros bellos tocados
que el acero ha atravesado
y tened días felices, hermanos!
Los gorros fueron entregados tras éstas palabras a sus respectivos dueños. Las espadas fueron blandidas sobre los jóvenes como si Kaj y el otro presidente fueran reyes que les armaran caballeros.
-¡Exeat commerceum initium fidelitatis! -exclamaron al unísono.
Y el tumulto que el ritual había interrumpido volvió a estallar. ¿Y que nos ocurrió al blandir ellos sus gorros? Mi ramillete cayó en el frenesí de Lennart sobre la mesa mientras él se llevaba la copa a los labios. ¡Por poco me arrastra dentro de él con un trago de coñac! Una hermana mía no tuvo tanta suerte: fue a parar a la consumición de Kaj y vi, sobre la mesa, como él empinaba el codo y separaba sus labios para luego sorber un trago con el ramillete que allí flotaba y todo, sin que él se diera cuenta... y, a continuación, juntar los labios y sonreír. Pude entonces ver cómo la nuez de su cuello subía un poco para volver a la posición inicial. Me puse un poco envidiosa de la desgraciada.
Pero aún, maltrecha y marchita mi flor, no dejamos de llamar la atención.
Fue Kaj quien me recogió y me entregó a un estudiante rubito, ya mas pálido, que había vuelto en sí.
“Un nomeolvides”, pensó Lennart. “Igual al que ella me negó hace diez años. Ahora ella debe de ser toda una señorita. ¿Me volverá a rechazar?”
Y me puso entre las páginas de un libro de poesía de un tal Gustavo Adolfo Bécquer, que rezaban así:  
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
La otra mitad del libro se cerró ante mí y me vi presa como en un instrumento de tortura.
Cuando aquel joven lo volviera a abrir, ¿le recordaría la flor prensada a su bella dama o al alegre festival de la fraternidad?
La presión infligida sobre mi flor acabó entonces conmigo.

Y entonces me reencarné...

jueves, 18 de diciembre de 2014

FORGET ME NOT: CHAPTER I

NO-ME-OLVIDES
Por Sandra Dermark
Un fic de Vocaloid basado en la novela homónima de Putlitz.

1. CAZANDO MARIPOSAS.

Por una pradera que la primavera había vestido de gala, dos niños de blondos cabellos y azules ojos correteaban y jugaban. Estaban cazando mariposas... al menos la niña, porque el varoncito estaba más atento a ella que a los lepidópteros.
Los dos habían nacido y crecido en la aldea que había al noreste del prado. Y no, no eran hermanos por mucho que así pareciera. Ella, Linnéa, era hija de aristócratas y vivía en la elegante mansión barroca de la colina. Él, Lennart, era el hijo del cura (del reverendo, como allí decían) y vivía en la sencilla prästgård, la granja clerical.
-¡Lennart! -le llamó su amiga- ¡Una mariposa apolo ha cruzado la profunda acequia, y no puedo conseguirla!
Se la veía muy triste. El chico le posó la mano en el hombro y le dijo con una sonrisa:
-Tranquila, Linnéa, te llevaré al otro lado.
-Lennart... ¡me dejarás caer en la acequia!
Pero la preciada apolo estaba al alcance de su cazamariposas. El chico volvió la espalda a su amiguita, pero ella, impaciente, le llamó de nuevo a su lado. Él cogió a Linnéa en brazos, como en volandas, y cruzaba la acequia con su preciado cargamento y ella sosteniendo ambos cazamariposas.
-¿Qué me darás a cambio?- preguntó Lennart.
-Nada... ¡pero date prisa, peso demasiado para tu regazo!
-Si no me das nada... me quedaré aquí, plantado en medio de la acequia.
-Grr... ¡Lennart, te estás hundiendo en el fondo! ¿Qué quieres a cambio?
Él dudó por unos segundos y se ruborizó antes de contestar:
-Un... un bes... ¡un beso tuyo!
-Un beso... ¡Tsk! -respondió ella con sorna volviendo la cabeza, para, reparando en nosotras, cambiar de tema:
-¡Nomeolvides! Venga, recógeme algunas de esas flores -Linnéa se dirigió a Lennart como a uno de sus sirvientes.
-¿Nomeolvides? ¿Las florecillas azules? Como deseéis.
Él se agachó para recogernos a las que florecíamos al borde de la acequia, y ella sonreía y se agitaba de euforia en su regazo.
-Y... ¿qué piensas hacer con ellas?
-Las pondré en agua en mi habitación, para adornar.
Se sentaron en la orilla durante unos cinco minutos, y la niña ordenó las flores en su delantal. Su amiguito, sentado a su diestra con una expresión de alegría, se había olvidado del beso que ella le había prometido.
-Venga, Linnéa, dame una flor...
-¡No te pienso dar ni una! ¿Por qué se te ocurriría robarme un beso?
Ella recogió su delantal y regresó corriendo a su hogar. El chico se encogió de hombros y apretó el puño para volver con los suyos también.
Pasaron cinco días y Linnéa se había olvidado de su mariposa, el beso negado y la flor negada. Entre tanto, habíamos crecido sanas y tranquilas en su elegante habitación, en un jarrón de cristal sobre la estantería. Un día entró Lennart de nuevo a visitarla y su mirada recayó en nuestro jarrón. Me recogió junto con mi flor y se la puso en la solapa.
-¿Qué te crees que haces? -le preguntó, airada, una sirvienta de cabellos rosados recogidos en un moño.
Él se ruborizó y se cubrió el cuello con su sombrero de tres picos para esconderme. Pronto me vi prensada ente las páginas de su gramática francesa. Allí permanecí hasta que el invierno trajo las nevadas y los días cortos.
Un día, Lennart y otros muchachos de su edad estaban librando una batalla de bolas de nieve en el patio de la granja clerical cuando yo me caí del libro y aterricé sobre una pila de leña que fue puesta en el fuego. Lennart fue llamado de nuevo a repasar sus lecciones de francés y se puso a hojear frenéticamente el libro como si buscara algo importante sin decir qué era exactamente. Antes de que las llamas me consumieran, nunca aprendí lo que buscaba,
ni por qué se ruborizó cuando me robó.
Una llamarada se lanzó sobre mí y fui reducida a cenizas.

Y entonces me reencarné...