jueves, 20 de julio de 2017

OTELO - DEL TESORO DE LA JUVENTUD

En aquella época, un moro, hombre de piel negra, natural del norte de África, llamado Otelo, era almirante de la flota de Venecia. En el transcurso de su vida reveló ser hombre de espíritu elevado y tan hábil, que fue enviado como gobernador a la isla de Chipre, la cual pertenecía entonces a la Serenísima.
Además de su gloria como marino tuvo Otelo la fortuna de captarse el amor de una de las más hermosas damas de Venecia, Desdémona.
Acaso parezca extraño que un moro pudiera ser amado por una dama que había despreciado muchos pretendientes más ricos que él y de la misma raza de ella; pero Desdémona se había fijado más en su noble alma que en su fisonomía, y su mayor delicia era escuchar los emocionantes relatos de las batallas en las cuales había tomado parte, de los lances arriesgadísimos en que se había encontrado y de las extrañas aventuras que le habían ocurrido en mar y tierra.
Uno de aquellos hombres era Yago, quien había servido mucho tiempo al moro en calidad de oficial, y que le odiaba implacablemente desde que Otelo había elegido a Casio como uno de sus ayudantes, posponiéndolo a él, que esperaba ser el preferido. Yago era astuto, rencoroso y capaz de cualquier villanía; Casio, en cambio, era franco y leal, pero débil de carácter.
Aquella misma noche, el amor de Otelo por la patria, a la que tan bien había servido, fue puesto una vez más a prueba, pues le encargaron defender la isla de Chipre, que corría peligro de ser atacada por los turcos.

Yago comienza a poner en práctica planes. Casio pierde la confianza en Otelo

El valiente marino partió enseguida, dejando su esposa confiada al cuidado del "honrado Yago", pues Otelo creía todavía que éste le era fiel; y Emilia, la esposa de Yago, fue llamada para acompañar a Desdémona. Casio marchó en el segundo buque, y Yago embarcóse con Desdémona en el que zarpó tercero.
Casio, que había perdido de vista al barco de Otelo en una tormenta, fue el primero en llegar, y Yago, que había hecho un viaje más rápido y feliz que el de su jefe, alcanzó la isla antes que el moro. El odio de Yago contra Casio, por haber sido éste preferido por Otelo, mostróse inmediatamente, y su astuto cerebro empezó a trabajar para perder al ayudante, a quien.
Desdémona trataba con mayor amistad que al malicioso Yago.
Cuando Otelo llegó, poco después que Desdémona, le fue grato saber que la escuadra turca había sido destrozada por la misma tormenta que había estado a punto de hundir su propio velero, pues ahora tendría más tiempo para dedicarlo a su esposa, "mi bella amazona", como la llamaba amorosamente. En la noche de su llegada, ordenó el moro a Casio que cuidase del orden en el castillo y procurase no hubiera disturbios entre los soldados. Mientras tanto, el mezquino Yago empezó a preparar su plan, obsequiando al malaventurado Casio con vino, hasta que consiguió embriagarlo y, en una reyerta, ya borracho, hirió a Montana, el gobernador de la isla, a quien Otelo debía sustituir. Llegado Otelo al lugar de la riña, oyó la relación que le hizo Yago, quien era la causa de todo, y pensando que Yago quería encubrir a Casio, disminuyendo la importancia del hecho, dijo, con tristeza: "Casio, yo te estimo, pero desde hoy no eres mi ayudante", y encomendó a Yago la custodia del castillo. Así tuvo éxito feliz la primera parte de su villano plan de traición. Pero aun había de ocurrir algo peor, mucho peor.

Se descubre la traición de Yago y Otelo, arrepentido, se mata

El pobre Casio recurrió a Desdémona para que intercediera cerca de su marido en su favor. Hízolo la buena Desdémona; pero Yago consiguió villanamente hacer pensar a Otelo que si ella intercedía a favor de Casio era porque se había enamorado de él. Había destilado tan bien el veneno de la duda en el espíritu de Otelo, que al fin el moro comenzó a perder la fe en su esposa, y creyendo que ella no le amaba ya, volvióse casi loco de celos. La fortuna favoreció los perversos planes de Yago, pues, antes del matrimonio, Otelo había dado a Desdémona un pañuelo muy adornado, al que atribuía un poder mágico, el de hacer a su dueña amada y amable, y volverla odiosa si llegaba a perderlo. Yago deseaba posesionarse de este pañuelo e instó a su mujer para que tratase de apoderarse de él, robándoselo a la desprevenida Desdémona.
Cierto día, en que Otelo malhumorado y atormentado por la duda, se quejara de dolor de cabeza, Desdémona le ofreció el pañuelo; pero él lo alejó de sí, diciendo: «Es demasiado pequeño», y el pañuelo cayó al suelo, de donde Emilia lo recogió prontamente y lo pasó a Yago. Este malhadado pañuelillo se convirtió en instrumento causante de grandes males, pues Yago lo dejó disimuladamente en casa de Casio, y éste lo regaló a una mujer no sabiendo a quien había pertenecido, y mucho menos que Yago había llevado a Otelo a verle con el pañuelo, como prueba de que Casio había recibido de Desdémona un don que ella debía estimar como precioso.
Otelo, creyendo que su esposa había dejado de amarle, decidió matarla. Para ejecutar su designio, penetró en la alcoba, donde estaba 
Desdémona durmiendo; contempló a ésta un momento y la halló tan bella, que no pudo menos que inclinarse y darle un beso. El beso la despertó, y, en respuesta a sus preguntas, llenas de terror, le mandó Otelo que orase y que se dispusiese a morir, pues conocía su amor por Casio. En vano la infeliz Desdémona defendía su inocencia; su celoso marido la cubrió con las ropas del lecho y la ahogó.
No estaba todavía muerta, cuando Emilia entró en el cuarto, relató las malas acciones de su marido, Yago, y exclamó que el moro, engañado, había asesinado a una santa, cuyas últimas palabras fueron de amor para el desventurado Otelo.
Yago, que entró entonces, dio una puñalada a su mujer, porque lo había denunciado, y luego quiso huir; pero, detenido por los servidores de Otelo, fue llevado a su presencia y éste, lleno de furor, lo hirió.
Comprendiendo en su terrible dolor cuan necio había sido por fiarse de un hombre tan vil y desconfiar de una esposa tan buena, Otelo se apuñaló, y, al caer sobre el cuerpo de su inocente esposa, exclamó lleno de congoja:
- Antes de matarte, te besé; no me queda otro recurso sino matarme y morir dándote un último beso.


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