martes, 4 de abril de 2017

MAMÁ CONEJA Y EL INCENDIO

MAMÁ CONEJA Y EL INCENDIO

Había una vez una Mamá Coneja que vivía en un agujero en la tierra en medio de un prado verde. Esta mamá tenía muchos conejitos que cada día disfrutaban jugando, corriendo y saltando por la hierba que rodeaba su madriguera.
Un día, Mamá Coneja tuvo que hacer un corto viaje y dejó a los conejitos durmiendo, cómodos y calentitos en su madriguera, y se fue a través del prado y por el camino polvoriento. Mientras estaba fuera, empezó un fuego en un barranco cercano que se avivó por el viento cálido del verano y arrasó los prados de hierba verde. Más tarde, cuando Mamá Coneja volvía a casa, vio con horror que el fuego había llegado antes que ella. El prado de hierba verde era ahora un rastrojo ennegrecido, y el suelo estaba demasiado caliente para que pudiera caminar. "¿Estarán mis hijitos a salvo, dormidos todavía, en la madriguera?" se preguntaba.
Mamá Coneja tuvo que esperar a que refrescara para pisar el suelo. A la luz de las estrellas, caminó con cuidado hasta la madriguera y se asomó. ¡Qué alivio encontrarse a los conejitos que estaban profundamente dormidos, a salvo y abrigados en su agujero! Mamá Coneja se sentía muy feliz. Entró en la madriguera con sus conejitos y todos se durmieron hasta la mañana siguiente.
Cada día, los conejitos veían el lugar de sus juegos, el prado de hierba verde, crecer poco a poco. Primero empezó con unos pequeños brotes verdes asomando del suelo ennegrecido. Los brotes se hicieron cada vez más altos hasta que todo el prado estuvo cubierto de hierba otra vez. Y de nuevo, como al principio, los conejitos disfrutaron jugando, corriendo y saltando por la hierba que rodeaba su madriguera.

(Mother Rabbit and the Bush Fire)

LA PEQUEÑA CONCHA

LA PEQUEÑA CONCHA

Una pequeña concha rosada y blanca flotaba sola en el mar azul. Se preguntaba: "¿Dónde puedo ir? ¿Qué puedo hacer?"
De pronto, una ola la lanzó y la hizo saltar y dar vueltas en el aire.

Rueda, rueda, ras, ras, roncos ruidos rasgarás

Volvió a caer al agua y se quedó flotando. Luego otra ola la cogió y la hizo saltar y dar vueltas en el aire.

Rueda, rueda, ras, ras, roncos ruidos rasgarás

Antes de que la pequeña concha se diera cuenta de si estaba arriba o abajo, una tercera ola enorme la atrapó.

Rueda, rueda, ras, ras, roncos ruidos rasgarás

Y la ola depositó la pequeña concha en la arena seca de una gran playa dorada. Y allí se quedó rosa y blanca, y reluciendo al sol de la mañana. Y se preguntaba: "¿A dónde puedo ir? ¿Qué puedo hacer?"
Mientras tanto una anciana había salido para dar un paseo matutino por la playa. Y, según iba caminando, vio la pequeña concha rosa y blanca y reluciente, la cogió y la observó. "Conozco a una niña a la que le gustaría mucho jugar contigo", dijo, se guardó la concha en el bolsillo y volvió a casa.
Cuando llegó entró de puntillas en la habitación donde su nieta dormía y puso la pequeña concha rosa y blanca y brillante sobre la mesilla de noche que había junto a la cama. Luego fue a la cocina para preparar el desayuno. La pequeña concha se preguntaba: "¿A dónde puedo ir? ¿Qué puedo hacer?"
Cuando la niña se despertó, vio la preciosa concha, la cogió y se puso a jugar. Sirvió de estupenda bandeja para el té de las muñecas. Luego se convirtió en un teléfono para el osito de peluche.
La abuela llamó a la familia para desayunar. La pequeña concha estuvo sobre la mesa mientras la niña tomaba su desayuno. Después del desayuno cogió la concha, salió y jugó en la arena que había delante de casa y jugó y jugó: excavó en la arena, hizo castillos y otras formas en la arena. La abuela se sentó en su silla en el porche para ver cómo jugaba su nieta. La niña le dijo: "Gracias abuela, es un juguete estupendo". La pequeña concha sabía que por fin había encontrado una amiga y un hogar. Sabía que estaba donde tenía que estar y hacía lo que tenía que hacer.

(Little Shell)

LA HISTORIA DE UNA TOALLA

LA HISTORIA DE UNA TOALLA

Una vez, en un gran armario de ropa, en lo más profundo de una casita muy acogedora, entre las toallas suaves y esponjosas había una recién llegada. No hacía mucho que un par de manos habían abierto el armario de madera lleno de sábanas, mantas y toallas y habían metido una toalla azul nueva. Era una toalla nueva deseosa de correr aventuras y que deseaba mucho, muchísimo ser usada. Al día siguiente las puertas del armario se abrieron y la madre cogió la mullida toalla abuela que había estado haciendo compañía a la nueva toalla.
A la mañana siguiente, la toalla abuela fue colocada de nuevo en el armario cerca de la nueva toalla azul. La joven toalla le preguntaba impaciente: "¿Qué has hecho?"
La toalla abuela le respondió: "He secado a un niñito de los pies a la cabeza cuando le han sacado de su baño calentito. Le he secado la cara, los brazos, las manos, los dedos, la espalda, debajo de la barbilla... hasta que estaba todo seco y listo para vestirse el pijama y acurrucarse en la cama".
La toalla azul estaba emocionada. "Suena maravilloso, abuela. Cuánta tarea para una toalla. ¿Nunca se te olvida lo que tiene que hacer una toalla?"
"Oh, no", dijo la abuela. "Canto una cancioncilla que siempre me ha ayudado a recordar. Puedo cantarla ahora. ¿Te gustaría?"
"Oh, sí, por favor", dijo la toalla azul nueva. Así que la toalla abuela empezó:

Envuélvelo y empieza a secar, primero la cara, luego al pelo llegarás.
Por todas partes, sin olvidar debajo de los brazos y la espalda por detrás.
¿Qué más nos faltará?
¡Ah, sí! Las piernas, los pies, los dedos, y al fin... no te olvides... ¡esta pequeña nariz!

La toalla nueva estaba encantada con la canción y pidió a la toalla Abuela que le ayudara a aprenderla. Al día siguiente las puertas del armario se abrieron otra vez y una vez más la toalla Abuela fue sacada del armario. La toalla nueva la miraba con una mezcla de emoción y decepción. ¡Ella quería ser usada! Al día siguiente regresó la toalla Abuela. La toalla nueva saltó para saludarla. "¿Cómo fue?" preguntó. "Estupendo", sonrió la toalla Abuela.
"Yo quiero que me toque a mí", suplicó la toalla nueva. "Pero, ¿y si se me olvida lo que hay que hacer?"
"No, no lo olvidarás, lo harás muy bien, eres una toalla estupenda, muy suave. No se te olvidará si repites la rima. Vamos a practicar ahora". Y juntas empezaron a cantar:

Envuélvelo y empieza a secar, primero la cara, luego al pelo llegarás.
Por todas partes, sin olvidar debajo de los brazos y la espalda por detrás.
¿Qué más nos faltará?
¡Ah, sí! Las piernas, los pies, los dedos, y al fin... no te olvides... ¡esta pequeña nariz!

Llegó el día siguiente y un niñito estaba allí, de pie junto a su madre, mientras ella abría las puertas del armario. "Mamá", dijo, "nunca antes había visto esta toalla azul. ¿Podría usarla después del baño, por favor?" "Claro que sí", dijo la madre, "es una toalla nueva que está esperando ser usada". La toalla azul nueva suspiró cuando la sacaron del armario. Luego esperó pacientemente en el toallero mientras el niño disfrutaba del baño. Cuando el niño salió de la bañera y cogió la toalla, ésta empezó a cantar:

Envuélvelo y empieza a secar, primero la cara, luego al pelo llegarás.
Por todas partes, sin olvidar debajo de los brazos y la espalda por detrás.
¿Qué más nos faltará?
¡Ah, sí! Las piernas, los pies, los dedos, y al fin... no te olvides... ¡esta pequeña nariz!

Después de esto la toalla azul ya no estaba nueva y era muy feliz por haber sido usada. Y, como era tan suave y esponjosa, el niño pidió usarla al día siguiente. La Toalla Azul practicó una y otra vez la cancioncilla y ¡nunca se olvidó de lo que una toalla tiene que hacer!


(The Towel Story)

LA BURBUJA MÁS PEQUEÑA

LA BURBUJA MÁS PEQUEÑA

Este es un cuento sobre una burbuja, una burbuja muy pequeña. En realidad, era la burbuja más pequeña que nadie hubiera visto nunca. Sólo podía ser vista por el ojo de un hada.
"No es justo, a nadie le importa", susurraba la burbuja más pequeña de todas y suspiraba mientras flotaba en el arroyo con todas las demás burbujas. "No es justo que yo sea tan pequeña, no es justo en absoluto.
Mirad a mis hermanas burbujas tan grandes. Mirad sus hermosos reflejos de arcoíris. Los míos apenas se ven".
Durante mucho tiempo las burbujas flotaban en la corriente, las grandes burbujas con reflejos de arcoíris y la más pequeña y triste burbuja, dejando a su burbujeante cascada "madre" allá lejos, detrás de sí.
Flotaban dejando atrás sauces verdes y juncos de hierbas, grandes vacas marrones bebiendo en las orillas y madrigueras de conejos. Flotaban rodeando las colinas, atravesando los llanos y los valles.
Continuaban flotando, hasta que llegaban al extremo de un gran prado verde. Allí se escuchaban risas y voces de niños alegres que disfrutaban de una merienda campestre a la sombra de un árbol frondoso.
"¡Mirad!" gritó un niño. "¡Burbujas, vamos a cogerlas!"
"¡Burbujas!" gritaban todos los niños y saltaban y corrían por toda la orilla del arroyo. "Burbujas, burbujas, las más hermosas burbujas que nunca se han visto. Vamos a coger las burbujas del arcoíris".
Algunos niños se metían en el agua, otros tumbados intentaban alcanzarlas desde la orilla. Todos se divertían intentando coger las burbujas. Pero enseguida las hermosas burbujas grandes habían desaparecido.
No habían sido más que un deseo en las manos de los niños, nada más que el reflejo de un arcoíris.
Pero ¿que había sido de la burbuja más pequeña? Los niños no la habían visto, no habían intentado atraparla. Y de pronto, allí estaba, completamente sola, flotando corriente abajo.
"¿Por qué?" pensó. "Claro, como soy tan pequeña, no me han perseguido". Y seguía flotando, ahora se sentía feliz y decidida, flotando y flotando hasta que la corriente del río llegó al mar. Allí las olas cogieron a esta burbuja y la llevaron lejos hacia el azul brumoso, lejos, muy lejos, allí donde las hadas marinas danzan y juegan.
Un hada marina estaba ocupada removiendo una olla de perlas, cuando apareció flotando la burbuja más pequeña, que sólo podía ser vista por el ojo de un hada. Su reflejo arcoíris deslumbró los ojos del hada.
"Justo lo que necesitaba para poner color en mi olla de perlas", se dijo. La cogió y la puso en la olla y con un giro por aquí y otro giro por allá, la burbuja más pequeña ayudó a preparar una olla de perlas del color del arcoíris.

(The Littlest Bubble)

LA CALABAZA DEL MUNCHKIN

LA CALABAZA DEL MUNCHKIN

El Pequeño Munchkin vivía en el ancho mundo de los campos abiertos, donde los grupos de altos tallos de cañas de bambú crujían y se balanceaban todo el día, y las hierbas altas a los lados de la carretera susurraban mensajes a los viajeros que pasaban por allí. Durante todo el verano el Pequeño Munchkin estaba atareado haciendo sus tareas de munchkin. Había siempre tanto que hacer, ayudando a cuidar de la Madre Naturaleza. Estaba ocupado con las mariposas cuyas alas se habían quedado atrapadas en los arbustos espinosos y con las lagartijas que habían perdido la cola, el Pequeño Munchkin se las volvía a coser con su hilo especial. Y siempre había muchas flores silvestres a las que tenía que sacudir las gotas de rocío para que pudieran abrir sus pétalos cada mañana.
Al atardecer, el Pequeño Munchkin se envolvía en una hoja y se quedaba dormido bajo el brillante cielo estival lleno de estrellas. ¡Cuánto le gustaba vivir en el ancho mundo de los campos abiertos, bajo el brillante cielo estrellado del verano!
Pero el verano estaba llegando a su fin y empezaban a soplar los vientos de otoño. Los días eran cada vez más frescos y las noches se hacían más largas. Cuando el viento soplaba a su alrededor, le susurraba:

Ya llega el otoño, se acaba el verano,
busca un hogar para el invierno largo.
Sí, busca un refugio cálido y brillante,
donde una luz dorada brilla constante.

"Pero, ¿dónde puedo encontrar un hogar cálido y brillante, en el que una luz dorada brilla constante?" le preguntó al viento.
"Sigue el camino del Sol, sigue el camino del Sol", le susurró el viento.
Así que el Pequeño Munchkin se puso en camino a través de los campos y siguió el camino del Sol. No muy lejos, se encontró a un Caracol Plateado, que llevaba su casa a cuestas.
"Hola, Caracol Plateado, estoy buscando un hogar cálido y brillante, donde una luz dorada brilla constante".
"Bien, bien, bien", dijo el Caracol Plateado, "esta es mi casa y aquí vivo yo solo. Sólo hay sitio para uno. Continúa por el camino del Sol".
Así que el Pequeño Munchkin siguió el camino del Sol a través de los campos. No muy lejos se encontró a una Araña Marrón sentada en su tela.
"Hola, Araña Marrón, estoy buscando un hogar cálido y brillante, donde una luz dorada brilla constante".
"Bien, bien, bien", dijo la araña, "esta es mi casa y aquí vivo yo sola. Sólo hay sitio para una. Continúa por el camino del Sol.
Así que continuó por el camino del Sol. Y llegó a un huerto cercado, o mejor dicho amurallado. Cuando subió a las piedras del borde, vio una brillante luz dorada, relucía como el mismo Sol. Miró hacia arriba y vio al Gran Rey Girasol brillando sobre él.
"Gran Rey Girasol, estoy buscando un hogar cálido y brillante, donde una luz dorada brilla constante".
El Rey Girasol sonrió, movió su enorme cabeza dorada y parecía decir:
"Mira delante de ti, en el suelo".
El Pequeño Munchkin miró y vio que allí, entre grandes hojas verdes, había una hermosa calabaza redonda y de color naranja. ¡Se quedó muy sorprendido!
"¿Podría ser este mi  hogar cálido y brillante, donde una luz dorada brilla constante?" El Pequeño Munchkin se subió a la calabaza buscando una puertecilla. Golpeó con los nudillos aquí y allá, pero no encontró ninguna puerta que se abriera.
Para entonces el Pequeño Munchkin estaba muy cansado y ya era de noche. Se envolvió en una hoja de calabaza y se quedó dormido, cómodamente protegido, al abrigo de la calabaza.
Mientras dormía tuvo un sueño. Soñó que una estrella dorada bajaba del cielo nocturno, sobre el bambú que se mecía, a través de los campos, pasando por el Gran Rey Girasol y aterrizó justo dentro de la calabaza naranja, haciendo una puerta con forma de estrella en lo alto.
A la mañana siguiente, cuando se despertó, se acordó del sueño y trepó a lo alto de la calabaza. Y allí estaba, como en su sueño, la puerta con forma de estrella. Abrió la puerta y se asomó. Para su alegría vio una pequeña habitación con luz dorada brillante.
El Pequeño Munchkin se alegró mucho, entró y se acurrucó en su nueva casa calabaza, tan cálida y brillante, donde una luz brillaba constante. Y, por lo que yo sé, todavía vive allí.
Y cada mañana recorre el ancho mundo de los campos abiertos, para cuidar de la Madre Naturaleza. Y cada atardecer regresa a su cálido y cómodo hogar-calabaza. Desde entonces se le conoce como "Pumpkin Munchkin", Munchkin Calabaza.

(Pumpkin Munchkin)

LA PEQUEÑA ESCOBA DE PAJA

LA PEQUEÑA ESCOBA DE PAJA

El Hombrecito del Sombrero Azul y el Hombrecito del Sombrero Rojo vivían juntos bajo las raíces de un árbol. Pero su casa... ¡era la casa más descuidada de todas las que hayáis podido ver!

Por toda la casa estaban las migas:
debajo de la mesa, ¡migas!
debajo de las sillas, ¡migas!
por toda la alfombra, ¡migas!
debajo de las camas, ¡migas!
Por todas partes estaban las migas...
¿Barrerás las migas, escoba amiga?
La cosa tiene miga...

Tenían una pequeña escoba de paja en un rincón de la habitación. Pero ninguno de los dos sabía usarla como es debido. La pequeña escoba miraba y suspiraba: "Si alguien supiera usarme como es debido, yo podría limpiar este desastre en un abrir y cerrar de ojos".
El Hombrecito del Sombrero Rojo y el Hombrecito del Sombrero Azul barrían la habitación por turnos.
Pero cuando le tocaba al Hombrecito del Sombrero Azul, no se molestaba en barrer. Cogía la pequeña escoba y la arrastraba despacio por la habitación, tocándola como si fuera una guitarra y cantando su canción, "No me molesto en trabajar":

No me molesto en trabajar;
¡brincar, saltar, danzar, jugar!
Lo único que quiero es el rato pasar,
y el trabajo de barrer evitar.

Así que, cuando terminaba, las migas seguían más o menos en el mismo sitio:

Por toda la casa estaban las migas:
debajo de la mesa, ¡migas!
debajo de las sillas, ¡migas!
por toda la alfombra, ¡migas!
debajo de las camas, ¡migas!
Por todas partes estaban las migas...
¿Barrerás las migas, escoba amiga?
La cosa tiene miga...

Cuando le tocaba al Hombrecito del Sombrero Rojo, que siempre tenía prisa, éste cogía la pequeña escoba y barría a diestro y siniestro a toda velocidad, cantando su canción, "Zis, zas; Zas, zis":

Zis, zas; Zas, zis,

la escobita por allá, la escobita por aquí,
Zas, zis; Zis, zas,
la escobita por allí, la escobita por allá...

Y cuando el del Sombrero Rojo terminaba, las migas estaban incluso peor que al principio:

Por toda la casa estaban las migas:
debajo de la mesa, ¡migas!
debajo de las sillas, ¡migas!
por toda la alfombra, ¡migas!
debajo de las camas, ¡migas!
Por todas partes estaban las migas...
¿Barrerás las migas, escoba amiga?
La cosa tiene miga...

Entonces, un día, el Hombrecito del Sombrero Dorado llegó y se quedó a vivir con ellos. Cuando vio todas aquellas migas por el suelo, se llevó las manos a la cabeza y dijo: "¿Dónde está la escoba? Tengo que barrer esta habitación".
Fue derecho al rincón, cogió la escoba y empezó a barrer, cantando su canción, "Barre con cuidado":

Barre con cuidado, barre con atención

estas migas juntas todas en un montón
barre con cuidado, barre con atención

Barre con cuidado, barre con atención

estas migas juntas todas en un montón,
te harán sonreír con humor y satisfacción,
barre con cuidado, barre con atención

El Hombrecito del Sombrero Dorado barrió por todas partes. Barrió debajo de las mesas, barrió debajo de las sillas, barrió toda la alfombra, barrió debajo de las camas, e incluso debajo de las almohadas en las que reposaban en las camas.
Cuando terminó de barrer, todas las migas estaban en un montón y las pudo recoger. Entonces dejó la pequeña escoba en su rincón, y estaba tan cansada que se quedó dormida.

Y los tres se sentaron para tomar té con buñuelos.
Tres hombrecitos, tienen tres sombreros.
Tres hombrecitos que son compañeros.
Viven los tres en la casita del leño,
la cuidan y la limpian juntos y con esmero.


(Little Straw Broom)

LA HABITACIÓN DE ÁMBAR

LA HABITACIÓN DE ÁMBAR

El Osito de Peluche vivía en la caja de juguetes que había en un rincón de la habitación. Allí también vivían muchos otros juguetes, y, aunque la caja era muy grande, siempre había juguetes tirados por el suelo, desordenados, patas arriba, del revés.
La habitación era de una niña llamada Ámbar. Ámbar no se ocupaba de ordenar sus juguetes. Era difícil llamarla perezosa; habitualmente sus padres hacían el trabajo de ordenar, así que no tenía la oportunidad de darse cuenta de lo divertido que podía ser recoger sus juguetes. Los padres de Ámbar entraban en su habitación casi todos los días y se quejaban de que los juguetes estuvieran tirados por el suelo, desordenados, patas arriba, del revés... Y entonces se ponían a ordenarlos, así que durante un rato los juguetes estaban en su sitio y ordenados otra vez.
Al Osito le gustaba cuando todo estaba en su sitio, bien ordenado; le ayudaba a sentirse tranquilo y en paz. Pero, después de unas horas de juego de Ámbar, todo volvía a estar como antes: juguetes tirados por el suelo, desordenados, patas arriba, del revés...
Un día llegó a la habitación un objeto importante que iba a cambiar las cosas para siempre. A Ámbar le habían regalado por su cumpleaños una preciosa lámpara. No era una lámpara normal con un pie de lámpara normal. El pie era una muñeca dorada y la pantalla era un parasol rosa con forma de flor. La lámpara estaba colocada sobre el tocador de Ámbar y desde allí la Muñeca de la Lámpara podía ver toda la habitación.
Todos los juguetes de la habitación de Ámbar podían mirar desde sus sitios en el suelo o en el cajón y ver a la Muñeca de la Lámpara. Estaban de acuerdo en que era muy bonita, pero el Osito no podía quitarse los ojos de ella. Nunca había visto nada más hermoso, sobre todo al anochecer, cuando estaba encendida, dorada y resplandeciente. 
Sin embargo, cuando sólo habían pasado unos días desde que la Muñeca de la Lámpara hubiera llegado a la habitación, su luz dejó de funcionar. Ámbar intentó muchas veces encenderla, pero no funcionaba. Sus padres examinaron la bombilla, incluso preguntaron por el barrio si alguien entendía de electricidad y llamaron al técnico más cercano, pero nadie pudo encontrar el motivo por el que no funcionaba.
El Osito estaba muy triste, pero no había nada que pudiera hacer, después de todo sólo era un peluche. Miraba a su alrededor, al desorden de la habitación, y aquello le hacía sentirse peor. Los padres de Ámbar estaban tan ocupados tratando de descubrir por qué no funcionaba la lámpara que habían dejado de molestarse en ordenar la habitación.
El Osito se dio cuenta de que se sentía molesto además de triste. ¿Por qué Ámbar no ordenaba su habitación? ¿No se daba cuenta de que una habitación ordenada podía ayudar a que todos se sintieran un poco mejor, más tranquilos y más contentos? Entonces tuvo una idea interesante: quizá esa era la razón por la que la Muñeca de la Lámpara había dejado de funcionar. ¿Por qué iba a querer una muñeca tan hermosa iluminar con su luz semejante desorden?
El Osito decidió hacer algo respecto al desorden. Podría ser sólo un peluche, pero ¡podía intentar ser un peluche ordenado! Se puso a ordenar: recogiendo las piezas de los rompecabezas, colocando a las muñecas en su casa y los cochecitos en el garaje, es decir, poniendo cada cosa en su sitio.
Al final, todos los juguetes que habían estado tirados por el suelo, desordenados, patas arriba, del revés... estaban todos ordenados, colocados cada uno en su sitio. El Osito se quedó de pie para descansar y admirar su trabajo... y, en ese momento, la Muñeca de la Lámpara se encendió sola e iluminó con su luz dorada la habitación. Al mismo tiempo que se encendía la luz, el Osito estaba seguro de haber oído un susurro que venía del tocador:
"Gracias, Osito ordenado". ¡La Muñeca de la Lámpara le estaba hablando!
El Osito estaba tan contento que casi estalla de alegría y orgullo. Volvió a la caja de juguetes, se tumbó allí y estuvo mucho tiempo mirando a la hermosa Muñeca de la Lámpara hasta que por fin se quedó dormido. Aquella noche, tuvo los mejores sueños.
Ámbar también estaba muy contenta ahora que su lámpara funcionaba otra vez, y sus padres estaban más contentos de ver que la habitación de su hija había sido ordenada sin su ayuda.
Desde entonces, el Osito se ocupó de ordenar el cuarto de los juguetes. No le importaba el trabajo extra si ello significaba que la hermosa Muñeca de la Lámpara iba a iluminar la habitación con su luz dorada todas las noches. Mientras trabajaba, el peluche cantaba para sí mismo:

¡Me gusta hacer las cosas bien!
¡Soy un osito muy ordenado!
Recojo mis juguetes, los cuido 
aunque esté cansado.

Pronto, el Osito se dio cuenta de que Ámbar tenía más cuidado con sus juguetes, ¿quizá podía oír su canción? Y, sin haberlo planeado, los dos compartían el trabajo de ordenar.
Al darse cuenta de que su lámpara funcionaba otra vez, Ámbar había pensado lo mismo que su oso de peluche: que la habitación tenía que estar bien ordenada para que la Muñeca de la Lámpara la iluminara por las tardes.
Por supuesto que Ámbar y el Osito tenían que tener cuidado de no pasarse, porque a veces cuando Ámbar estaba jugando necesitaba que los juguetes estuvieran fuera de la caja y de las estanterías. Siempre no era el momento de recoger y ordenar. 
Por eso, el Osito y Ámbar tuvieron que aprender a tener paciencia y a contentarse con ordenar una vez al día, al final de la hora de juegos.
Mientras los juguetes estuvieran ordenados y en su sitio al anochecer, la lámpara continuaba iluminando la habitación con su luz dorada.

(Tidy Teddy and the Lamp Doll)