LA MANZANA ESTRELLA
Érase una vez un niño que estaba aburrido de mirar todos sus libros ilustrados, de todos sus rompecabezas y de todos sus juguetes.
"¿Qué podría hacer?", le preguntó a su mamá.
La madre sabía cosas hermosas que podían hacer los niños pequeños, y le dijo: "Deberías ir de viaje a buscar una casita roja, sin puertas y sin ventanas y con una estrella escondida en su interior".
Los ojos del niño se abrieron de la emoción. "Pero mamá, ¿dónde podría encontrar una casa semejante?"
"Sigue la calle, pasa el granero y sube colina arriba, pero recuerda que cuando la encuentres debes traerla para enseñármela".
Así que el niño salió de casa. Era un hermoso día de otoño, brillaba el sol en un cielo azul y él se sentía feliz porque iba a vivir una aventura. Bajó la calle saltando y cantando para sí mismo. No había ido muy lejos cuando vio al granjero al lado del gran granero marrón, observando sus campos sembrados de trigo y maíz.
"Disculpe, señor granjero", dijo el niño, "¿podría usted decirme dónde puedo encontrar una casita roja, sin puertas y sin ventanas y con una estrella escondida en su interior?"
"Bueno", dijo el granjero, "he vivido aquí un montón de años y no sé nada sobre una casa semejante. Deberías preguntarlo a la abuela. Ella sabe tejer mitones rojos, sabe hacer palomitas caramelizadas. Seguro que la abuela lo sabe".
El niño siguió calle abajo buscando la casa de la abuela. Pronto llegó a donde estaba la abuela en medio de su jardín lleno de hierbas aromáticas y de flores de caléndula.
"Disculpe, abuela", dijo el niño, "¿podría usted decirme dónde puedo encontrar una casita roja, sin puertas y sin ventanas y con una estrella escondida en su interior?"
"¡Oh!", suspiró la abuela. "¡Cuánto me gustaría a mí saber dónde hay una casita así! Podría estar calentita en las noches frías de invierno y la estrella daría una hermosa luz! Deberías preguntarlo al viento, el viento sopla por todas las colinas y los valles, el viento sopla por todas partes, el viento conoce todos los secretos".
Así que el niño continuó su viaje, en busca del viento. Empezó a subir la colina y no había ido muy lejos cuando el viento vino a su encuentro. Sopló una vez sobre su cabeza, y una vez más, y otra más.
"Disculpe, señor viento", dijo el niño, "¿podría usted decirme dónde puedo encontrar una casita roja, sin puertas y sin ventanas y con una estrella escondida en su interior?"
"Bueno", el viento parecía reírse y decir "Sígueme". Sopló hacia lo alto de la colina, donde crecía un manzano. Sopló una vez sobre el árbol, sopló otra vez y una tercera. Y desprendió de la rama una manzana, que fue a caer en la hierba, a la sombra del árbol.
Cuando el niño alcanzó la cima de la colina, se inclinó y recogió la manzana. Era redonda y roja como si el sol la hubiera pintado. No tenía puertas ni ventanas, tenía un pequeño tallo en lo alto que parecía una chimenea.
"Me pregunto..." dijo el niño, y sacó de su bolsillo una navaja y cortó la manzana justo por la mitad. Cuando separó las dos mitades, ¡vio, escondida dentro... una estrella!
"¡Gracias, viento!", dijo el niño.
"¡De nada!", susurró el viento.
Y el niño llevó su casita roja, sin puertas y sin ventanas y con una estrella escondida en su interior, todo el camino de regreso a casa para enseñársela a su madre.
(The Star Apple)
martes, 4 de abril de 2017
EL HOMBRECITO ESTRELLA DE HIERBAS
EL HOMBRECITO ESTRELLA DE HIERBAS
(Adaptación de un cuento popular inglés)
Había una vez una viejecita que iba caminando por las dunas de arena, donde las hierbas crecen altas y espesas. Y vio en medio de un grupo de hierbas algo que parecía una bola redonda de hierba. Cuando se agachó para cogerla, de repente surgió una pequeña cabeza de hierba, unos brazos de hierba y unas piernas de hierba. y un hombrecito estrella de hierba rodó de sus manos y corrió por la playa.
"Detente, hombrecito estrella, quiero jugar contigo", gritaba la viejecita. Pero el hombre estrella le respondía:
¿Jugar? ¿jugar? ¡No, yo no!, que voy de regreso al cielo.
No tengo tiempo para jugar, pertenezco al cielo, donde vive el sol.
¡Corre, corre todo lo rápido que puedas!
No podrás atraparme, soy el Hombre Estrella de Hierba.
Y siguió rodando por la arena y la viejecita corría detrás de él. Y llegó a donde un perro perseguía a las gaviotas. Cuando el perro le vio, ladró:
"¡Guau, guau! Detente, hombrecito estrella, quiero jugar contigo". Pero el hombre estrella le respondía:
¿Jugar? ¿jugar? ¡No, yo no!, que voy de regreso al cielo.
No tengo tiempo para jugar, pertenezco al cielo, donde vive el sol.
Me he escapado de una viejecita y me puedo escapar de ti sin recelo.
¡Corre, corre todo lo rápido que puedas!
No podrás atraparme, soy el Hombre Estrella de Hierba.
Y siguió rodando por la arena y la viejecita y el perro corrían detrás de él. Y llegó a donde un cangrejo justo salía de un agujero en la arena. Cuando el cangrejo le vio, gritó:
"¡Clac, clac! Detente, hombrecito estrella, quiero jugar contigo". Pero el hombre estrella le respondía:
¿Jugar? ¿jugar? ¡No, yo no!, que voy de regreso al cielo.
No tengo tiempo para jugar, pertenezco al cielo, donde vive el sol.
Me he escapado de una viejecita y de un perro y me puedo escapar de ti sin recelo.
¡Corre, corre todo lo rápido que puedas!
No podrás atraparme, soy el Hombre Estrella de Hierba.
¿Jugar? ¿jugar? ¡No, yo no!, que voy de regreso al cielo.
No tengo tiempo para jugar, pertenezco al cielo, donde vive el sol.
Me he escapado de una viejecita y de un perro y de un cangrejo y me puedo escapar de vosotros sin recelo.
¡Corre, corre todo lo rápido que puedas!
No podrás atraparme, soy el Hombre Estrella de Hierba.
Y siguió rodando por la arena y la viejecita, el perro, el cangrejo y los pescadores corrían detrás de él.
Justo en aquel momento el Padre Sol asomó su dorada cabeza por una ventana entre las nubes y envió sus dorados rayos de sol desde el cielo hasta la arena. Uno de los rayos iluminó al hombrecito estrella de la cabeza a los pies y salpicó brillo de oro sobre él. El hombrecito dejó de rodar y se sentó para admirar su nuevo abrigo dorado.
"Vaya", pensó orgulloso, "debo de ser tan importante que no tengo que visitar al Sol, el Sol ha venido a visitarme".
Como estaba sentado, admirando orgulloso su abrigo dorado, la viejecita pudo cogerle. "¿Te gustaría venir conmigo?" dijo la viejecita. "Me gustaría colgarte en mi casa como una luz navideña en Nochebuena".
"¡Oh, sí!", dijo el hombrecito. "¡Me gustaría ir, con mi nuevo abrigo brillaré tanto como el sol". La viejecita se sacó un trozo de cuerda del bolsillo, ató un extremo a su dedo y otro al hombrecito estrella y así lo llevó a su casa. Y como brillaba tanto lo colocó en su habitación como luz navideña.
En cuanto al perro, volvió a perseguir a las gaviotas. El cangrejo se volvió a su agujero en la arena y se quedó dormido. Y los pescadores... bueno, si vas a la playa puede que les veas allí quietos, pescando a la orilla.
(The Grass Star Man)
(Adaptación de un cuento popular inglés)
Había una vez una viejecita que iba caminando por las dunas de arena, donde las hierbas crecen altas y espesas. Y vio en medio de un grupo de hierbas algo que parecía una bola redonda de hierba. Cuando se agachó para cogerla, de repente surgió una pequeña cabeza de hierba, unos brazos de hierba y unas piernas de hierba. y un hombrecito estrella de hierba rodó de sus manos y corrió por la playa.
"Detente, hombrecito estrella, quiero jugar contigo", gritaba la viejecita. Pero el hombre estrella le respondía:
¿Jugar? ¿jugar? ¡No, yo no!, que voy de regreso al cielo.
No tengo tiempo para jugar, pertenezco al cielo, donde vive el sol.
¡Corre, corre todo lo rápido que puedas!
No podrás atraparme, soy el Hombre Estrella de Hierba.
Y siguió rodando por la arena y la viejecita corría detrás de él. Y llegó a donde un perro perseguía a las gaviotas. Cuando el perro le vio, ladró:
"¡Guau, guau! Detente, hombrecito estrella, quiero jugar contigo". Pero el hombre estrella le respondía:
¿Jugar? ¿jugar? ¡No, yo no!, que voy de regreso al cielo.
No tengo tiempo para jugar, pertenezco al cielo, donde vive el sol.
Me he escapado de una viejecita y me puedo escapar de ti sin recelo.
¡Corre, corre todo lo rápido que puedas!
No podrás atraparme, soy el Hombre Estrella de Hierba.
Y siguió rodando por la arena y la viejecita y el perro corrían detrás de él. Y llegó a donde un cangrejo justo salía de un agujero en la arena. Cuando el cangrejo le vio, gritó:
"¡Clac, clac! Detente, hombrecito estrella, quiero jugar contigo". Pero el hombre estrella le respondía:
¿Jugar? ¿jugar? ¡No, yo no!, que voy de regreso al cielo.
No tengo tiempo para jugar, pertenezco al cielo, donde vive el sol.
Me he escapado de una viejecita y de un perro y me puedo escapar de ti sin recelo.
¡Corre, corre todo lo rápido que puedas!
No podrás atraparme, soy el Hombre Estrella de Hierba.
Y siguió rodando por la arena y la viejecita, el perro y el cangrejo corrían detrás de él. Y llegó a donde unos pescadores pescaban en la orilla. Cuando los pescadores le vieron, gritaron:
"Detente, hombrecito estrella, queremos jugar contigo". Pero el hombre estrella les respondía:
¿Jugar? ¿jugar? ¡No, yo no!, que voy de regreso al cielo.
No tengo tiempo para jugar, pertenezco al cielo, donde vive el sol.
Me he escapado de una viejecita y de un perro y de un cangrejo y me puedo escapar de vosotros sin recelo.
¡Corre, corre todo lo rápido que puedas!
No podrás atraparme, soy el Hombre Estrella de Hierba.
Y siguió rodando por la arena y la viejecita, el perro, el cangrejo y los pescadores corrían detrás de él.
Justo en aquel momento el Padre Sol asomó su dorada cabeza por una ventana entre las nubes y envió sus dorados rayos de sol desde el cielo hasta la arena. Uno de los rayos iluminó al hombrecito estrella de la cabeza a los pies y salpicó brillo de oro sobre él. El hombrecito dejó de rodar y se sentó para admirar su nuevo abrigo dorado.
"Vaya", pensó orgulloso, "debo de ser tan importante que no tengo que visitar al Sol, el Sol ha venido a visitarme".
Como estaba sentado, admirando orgulloso su abrigo dorado, la viejecita pudo cogerle. "¿Te gustaría venir conmigo?" dijo la viejecita. "Me gustaría colgarte en mi casa como una luz navideña en Nochebuena".
"¡Oh, sí!", dijo el hombrecito. "¡Me gustaría ir, con mi nuevo abrigo brillaré tanto como el sol". La viejecita se sacó un trozo de cuerda del bolsillo, ató un extremo a su dedo y otro al hombrecito estrella y así lo llevó a su casa. Y como brillaba tanto lo colocó en su habitación como luz navideña.
En cuanto al perro, volvió a perseguir a las gaviotas. El cangrejo se volvió a su agujero en la arena y se quedó dormido. Y los pescadores... bueno, si vas a la playa puede que les veas allí quietos, pescando a la orilla.
(The Grass Star Man)
BENJI Y EL NABO
BENJI Y EL NABO
(Adaptación de un cuento popular eslavo)
Había una vez un niño llamado Benji, y Benji quería, más que ninguna otra cosa, tener un farolillo hecho con un nabo para el festival del invierno. Por eso Benji fue al jardín y sembró una semilla de nabo y le dijo:
Semilla, semillita, crece para mí, crece todo lo grande que puedas llegar a ser,
para que, cuando llegue el festival de invierno, contigo me pueda hacer
el farolillo más brillante y hermoso que se pueda ver,
y que, con una vela dentro, alumbre el anochecer.
El sol brillaba y la luna regaba la pequeña semilla y el nabo empezó a crecer. Creció y creció y creció, hasta que se convirtió en el nabo más grande, más redondo y más jugoso que nadie había visto jamás. Por fin Benji decidió que ya era hora de sacar el nabo de la tierra. Fue al jardín y empezó a tirar de las hojas... y tiró... y tiró... ¡Pero el nabo no se movió lo más mínimo!
En ese momento apareció en el jardín la Madre. "¿Qué estás haciendo, Benji?"
"Estoy intentando sacar este nabo.
¡Madre, Madre, ayúdame a tirar!"
Así que la Madre tiró de Benji y Benji tiró del nabo. Y tiraron y tiraron y tiraron... ¡Pero el nabo no se movió lo más mínimo! Justo entonces apareció en el jardín el Abuelo. "¿Qué estás haciendo, Benji?"
"Estoy intentando sacar este nabo.
¡Abuelo, Abuelo, ayúdame a tirar!"
Así que el Abuelo tiró de la Madre, la Madre tiró de Benji y Benji tiró del nabo. Y tiraron y tiraron y tiraron... ¡Pero el nabo no se movió lo más mínimo! Justo entonces apareció el Conejito. "¿Qué estás haciendo, Benji?"
"Estoy intentando sacar este nabo.
¡Conejito, Conejito, ayúdame a tirar!"
"Estoy intentando sacar este nabo.
¡Ratoncito, Ratoncito, ayúdame a tirar!"
Así que el Ratoncito tiró del Conejito, el Conejito tiró del Abuelo, el Abuelo tiró de la Madre, la Madre tiró de Benji y Benji tiró del nabo. Y tiraron y tiraron y tiraron... ¡Pero el nabo no se movió lo más mínimo! Justo entonces apareció la Oruga. "¿Qué estás haciendo, Benji?"
"Estoy intentando sacar este nabo.
¡Oruga, Oruga, ayúdame a tirar!"
y que, con una vela dentro, alumbre el anochecer..."
(Adaptación de un cuento popular eslavo)
Había una vez un niño llamado Benji, y Benji quería, más que ninguna otra cosa, tener un farolillo hecho con un nabo para el festival del invierno. Por eso Benji fue al jardín y sembró una semilla de nabo y le dijo:
Semilla, semillita, crece para mí, crece todo lo grande que puedas llegar a ser,
para que, cuando llegue el festival de invierno, contigo me pueda hacer
el farolillo más brillante y hermoso que se pueda ver,
y que, con una vela dentro, alumbre el anochecer.
El sol brillaba y la luna regaba la pequeña semilla y el nabo empezó a crecer. Creció y creció y creció, hasta que se convirtió en el nabo más grande, más redondo y más jugoso que nadie había visto jamás. Por fin Benji decidió que ya era hora de sacar el nabo de la tierra. Fue al jardín y empezó a tirar de las hojas... y tiró... y tiró... ¡Pero el nabo no se movió lo más mínimo!
En ese momento apareció en el jardín la Madre. "¿Qué estás haciendo, Benji?"
"Estoy intentando sacar este nabo.
¡Madre, Madre, ayúdame a tirar!"
Así que la Madre tiró de Benji y Benji tiró del nabo. Y tiraron y tiraron y tiraron... ¡Pero el nabo no se movió lo más mínimo! Justo entonces apareció en el jardín el Abuelo. "¿Qué estás haciendo, Benji?"
"Estoy intentando sacar este nabo.
¡Abuelo, Abuelo, ayúdame a tirar!"
Así que el Abuelo tiró de la Madre, la Madre tiró de Benji y Benji tiró del nabo. Y tiraron y tiraron y tiraron... ¡Pero el nabo no se movió lo más mínimo! Justo entonces apareció el Conejito. "¿Qué estás haciendo, Benji?"
"Estoy intentando sacar este nabo.
¡Conejito, Conejito, ayúdame a tirar!"
Así que el Conejito tiró del Abuelo, el Abuelo tiró de la Madre, la Madre tiró de Benji y Benji tiró del nabo. Y tiraron y tiraron y tiraron... ¡Pero el nabo no se movió lo más mínimo! Justo entonces apareció el Ratoncito. "¿Qué estás haciendo, Benji?"
"Estoy intentando sacar este nabo.
¡Ratoncito, Ratoncito, ayúdame a tirar!"
Así que el Ratoncito tiró del Conejito, el Conejito tiró del Abuelo, el Abuelo tiró de la Madre, la Madre tiró de Benji y Benji tiró del nabo. Y tiraron y tiraron y tiraron... ¡Pero el nabo no se movió lo más mínimo! Justo entonces apareció la Oruga. "¿Qué estás haciendo, Benji?"
"Estoy intentando sacar este nabo.
¡Oruga, Oruga, ayúdame a tirar!"
"Pero ¿no sabes cuál es la forma correcta de sacar un nabo de la tierra? ¿Has preguntado al Gnomo de las Raíces si lo puedes sacar?"
Bueno, la verdad es que a Benji no se le había ocurrido preguntar al Gnomo de las Raíces. Así que se inclinó, y, acercándose al suelo, dijo:
"Gnomo, Gnomo, buen Gnomo de las Raíces,
¿puedo llevarme el nabo a casa?, ¿qué me dices?
Para que cuando llegue el festival de invierno, con él me pueda hacer
el farolillo más brillante y hermoso que se pueda ver,y que, con una vela dentro, alumbre el anochecer..."
Entonces, de pronto, de la tierra junto al nabo salió el más diminuto hombrecillo. "¡Dios misericordioso, Benji! ¿Por qué no lo has dicho antes? Todo este tiempo he estado tirando y tirando y tirando... hacia abajo, cuando en realidad no hay nada que, a un Gnomo de las Raíces, le guste más que una vela puesta en el interior de un farolillo.
Ahora que me has preguntado, tira otra vez". Y saltó, y de cabeza se introdujo en el suelo, y desapareció.
Así que la Oruga tiró del Ratoncito, el Ratoncito tiró del Conejito, el Conejito tiró del Abuelo, el Abuelo tiró de la Madre, la Madre tiró de Benji y Benji tiró del nabo. ¡Y tiraron y tiraron y tiraron! Entonces, de pronto, el Ratoncito se quedó sentado, ¡bang!, encima de la Oruga. Y el Conejito se quedó sentado, ¡bang!, encima del Ratoncito. Y el Abuelo se quedó sentado, ¡bang!, encima del Conejito. Y la Madre se quedó sentada, ¡bang!, encima del Abuelo. Y Benji se quedó sentado, ¡bang!, encima de la Madre. Y Benji tenía en sus manos el nabo más grande, más redondo y más jugoso que nadie había visto jamás.
Entonces Benji se puso de pie y dijo: "Lo siento, Madre". Y Madre se levantó y dijo: "Lo siento, Abuelo". Y el Abuelo se levantó y dijo: "Lo siento, Conejito". Y el Conejito se levantó y dijo: "Lo siento, Ratoncito". Y el Ratoncito se levantó y dijo: "Lo siento, Oruguita". La Oruguita estaba un poco aplastada, pero, afortunadamente, nadie había resultado herido y todos se rieron mucho. Luego Benji llevó el nabo a casa y preparó el más hermoso farolillo.
Y después ayudó a su Madre a preparar sopa de nabo con lo que había sobrado.
(Benjie and the Turnip)
(Benjie and the Turnip)
EL CUENTO DE LOS DUENDES RUIDOSOS
EL CUENTO DE LOS DUENDES RUIDOSOS
Uno era Hump-dunk y hacía así: hump, dunk, hump, dunk, hump, dunk.
Otro era Brink-à-brac y hacía así: brink-brink, brac, brink-brink, brac.
Y el tercero era Clinken-clank y hacía así: clinkety-clank, clinkety-clank, clinkety-clank.
Los tres juntos sonaban así:
hump, dunk, brink-brink, brac, clinkety-clank.
Había un cuarto duendecillo y éste era muy diferente de los otros tres. Tenía un aspecto diferente, se vestía de forma diferente y su trabajo era muy diferente. Se llamaba Rab-a-dab y su tarea consistía en frotar y en abrillantar los cristales en bruto que habían sido extraídos de la roca por sus hermanos.
¡A Rab-a-dab no le gustaba nada el ruido! Se sentaba en un rincón de la cueva con su paño de abrillantar y trabajaba tranquilamente. Frotaba y abrillantaba los cristales de roca hasta que relucían con una luz plateada. Siempre que sus hermanos estaban fuera durante un tiempo y todo estaba tranquilo en la cueva, Rab-a-dab estaba seguro de que podía oír cantar a las piedras.
Los cuatro hermanos duendecillos vivían juntos y trabajaban juntos en la cueva de la roca, que era su hogar. Pero para Rab-a-dab era muy difícil. Siempre estaba pidiendo a sus ruidosos hermanos: "Por favor, por favor, no hagáis tanto ruido que me duelen los oídos!"
Pero a Hump-dunk, a Brink-à-brac y a Clinken-clank les encantaba hacer ruido. Y continuaban cavando, golpeando con sus martillos y haciendo ruido todo el día.
En una ocasión estaban los tres haciendo tanto ruido, que Rab-a-dab tuvo que dejar de trabajar, sentarse y taparse las orejas con las manos. Así que no pudo abrillantar más piedras en todo el día.
Al día siguiente, mientras los ruidos continuaban tan fuertes como antes, Rab-a-dab decidió que ya era suficiente.
"¡Cielos, oh, cielos!" exclamó. "¡No puedo soportarlo más, me duelen los oídos de tanto ruido!
Rab-a-dab recogió todos sus paños y todas sus piedras, lo colocó todo en un gran saco, se despidió de sus ruidosos hermanos y abandonó la cueva que había sido su hogar. Con su saco a cuestas se puso a buscar otro hogar en el que poder vivir y trabajar tranquilo y sin ruidos.
Desde entonces Rab-a-dab vive solo. Pero sus hermanos le visitan con frecuencia en su cueva tranquila y le traen nuevas piedras para que las abrillante. Y a veces él va a visitar a sus hermanos en su cueva ruidosa.
Cuando los tres hermanos van a visitar a Rab-a-dab, procuran estar tranquilos y cuando Rab-a-dab visita a sus hermanos trata de disfrutar de su alboroto. ¡Pero nunca se quedan mucho tiempo!
(A Noisy Gnome Story)
(A Noisy Gnome Story)
UNA MUÑECA PARA SYLVIA
UNA MUÑECA PARA SYLVIA
La mamá y el papá de Sylvia estaban a salvo en el cielo. Todos sus hijos estaban con ellos... excepto la pequeña Sylvia, que se había quedado en la tierra.
Todas las noches, a la luz parpadeante de las estrellas, veían a su hijita dormida en la cama. Estaban contentos porque tenía una nueva casa segura y una nueva madre que la cuidaba. Pero veían que, algunas veces, su hija estaba sola y triste, y querían enviarle un regalo desde el cielo. Un regalo que fuese una amiguita con la que Sylvia pudiese jugar y con la que pudiese dormir por las noches.
Con la ayuda de los ángeles del cielo recogieron hilos dorados del sol y también hilos plateados de la luna. Y en el telar del cielo tejieron una tela para hacer una muñeca.
Cuando la muñeca estuvo preparada, uno de los ángeles la acunó en sus brazos y la llevó, desde el cielo estrellado, hasta la tierra. Cuando llegó a la nueva casa de Sylvia, entró por la ventana y dejó a la muñeca arropada junto a Sylvia. A la mañana siguiente, cuando Sylvia se despertó, su regalo estaba esperando para saludarla. El vestido de la muñeca tenía hilos de plata y oro que brillaban a la luz de la mañana. Sylvia se sintió feliz al verla y supo que era un regalo del cielo. La llamó Ángela, y la muñeca se convirtió en su amiga especial.
(A Doll for Sylvia)
La mamá y el papá de Sylvia estaban a salvo en el cielo. Todos sus hijos estaban con ellos... excepto la pequeña Sylvia, que se había quedado en la tierra.
Todas las noches, a la luz parpadeante de las estrellas, veían a su hijita dormida en la cama. Estaban contentos porque tenía una nueva casa segura y una nueva madre que la cuidaba. Pero veían que, algunas veces, su hija estaba sola y triste, y querían enviarle un regalo desde el cielo. Un regalo que fuese una amiguita con la que Sylvia pudiese jugar y con la que pudiese dormir por las noches.
Con la ayuda de los ángeles del cielo recogieron hilos dorados del sol y también hilos plateados de la luna. Y en el telar del cielo tejieron una tela para hacer una muñeca.
Cuando la muñeca estuvo preparada, uno de los ángeles la acunó en sus brazos y la llevó, desde el cielo estrellado, hasta la tierra. Cuando llegó a la nueva casa de Sylvia, entró por la ventana y dejó a la muñeca arropada junto a Sylvia. A la mañana siguiente, cuando Sylvia se despertó, su regalo estaba esperando para saludarla. El vestido de la muñeca tenía hilos de plata y oro que brillaban a la luz de la mañana. Sylvia se sintió feliz al verla y supo que era un regalo del cielo. La llamó Ángela, y la muñeca se convirtió en su amiga especial.
(A Doll for Sylvia)
CEREZA ROJA
CEREZA ROJA
Había una vez un pequeño gnomo que vivía con sus hermanas y hermanos varones bajo las raíces de una gran higuera. Este árbol estaba en medio de un bosque, cerca de una playa muy larga junto al mar.
Al gnomo le encantaba pasear y recoger cosas bonitas para enseñárselas a su familia. Lo que más le gustaba de todo eran cosas de color rojo. Su madre le había tejido un gorro rojo y pronto fue conocido por todos sus amigos del bosque como Cereza Roja.
En cuanto tenía tiempo libre se iba a pasear por aquí y por allá y recogía hojas rojas, bayas rojas, y otras cosas rojas del bosque.
Con el paso del tiempo, cada vez se alejaba más en sus paseos por los senderos, hasta que un día llegó al otro extremo del bosque y encontró un pequeño jardín detrás de una casita de ladrillos rojos.
Cereza Roja no podía creer lo que veía cuando entró en el jardín, nunca antes había visto tantas flores preciosas y tantos frutos juntos. ¡Estaba seguro de que allí había muchas más cosas rojas que en todo el bosque! Había geranios rojos, rosas rojas, amapolas, claveles y muchas más flores rojas. Creciendo por toda la verja había una enorme enredadera llena de pequeños tomates cherry y en la zona de la huerta había brillantes fresas rojas asomando sus cabecitas por entre las hojas verdes de las plantas de fresa.
¡Cereza Roja estaba tan contento! Cogió dos tomatitos y una fresa (teniendo cuidado de dejar bastante para los dueños del jardín) y fue corriendo todo el camino de vuelta por el sendero, para enseñárselos a su familia. Todo el camino de vuelta a casa, se sentía tan feliz que compuso una canción y la iba cantando para sí mismo:
Cereza Roja es un gnomo feliz,
con gorro rojo y capa carmesí:
¡recogiendo tesoros del jardín,
es como él se siente más feliz!
ZIPPITY, DIPPITY, ZIP
Y ¿sabéis qué?, desde aquel día hasta hoy, Cereza Roja ha vuelto a aquel jardín tan especial todas las mañanas. Se sienta allí todos los días para contemplar todos aquellos tesoros rojos: los tomates, las fresas y las flores. Y cada atardecer vuelve al bosque llevando un pequeño regalo rojo a su familia.
(Cherry Red)
Había una vez un pequeño gnomo que vivía con sus hermanas y hermanos varones bajo las raíces de una gran higuera. Este árbol estaba en medio de un bosque, cerca de una playa muy larga junto al mar.
Al gnomo le encantaba pasear y recoger cosas bonitas para enseñárselas a su familia. Lo que más le gustaba de todo eran cosas de color rojo. Su madre le había tejido un gorro rojo y pronto fue conocido por todos sus amigos del bosque como Cereza Roja.
En cuanto tenía tiempo libre se iba a pasear por aquí y por allá y recogía hojas rojas, bayas rojas, y otras cosas rojas del bosque.
Con el paso del tiempo, cada vez se alejaba más en sus paseos por los senderos, hasta que un día llegó al otro extremo del bosque y encontró un pequeño jardín detrás de una casita de ladrillos rojos.
Cereza Roja no podía creer lo que veía cuando entró en el jardín, nunca antes había visto tantas flores preciosas y tantos frutos juntos. ¡Estaba seguro de que allí había muchas más cosas rojas que en todo el bosque! Había geranios rojos, rosas rojas, amapolas, claveles y muchas más flores rojas. Creciendo por toda la verja había una enorme enredadera llena de pequeños tomates cherry y en la zona de la huerta había brillantes fresas rojas asomando sus cabecitas por entre las hojas verdes de las plantas de fresa.
¡Cereza Roja estaba tan contento! Cogió dos tomatitos y una fresa (teniendo cuidado de dejar bastante para los dueños del jardín) y fue corriendo todo el camino de vuelta por el sendero, para enseñárselos a su familia. Todo el camino de vuelta a casa, se sentía tan feliz que compuso una canción y la iba cantando para sí mismo:
Cereza Roja es un gnomo feliz,
con gorro rojo y capa carmesí:
¡recogiendo tesoros del jardín,
es como él se siente más feliz!
ZIPPITY, DIPPITY, ZIP
Y ¿sabéis qué?, desde aquel día hasta hoy, Cereza Roja ha vuelto a aquel jardín tan especial todas las mañanas. Se sienta allí todos los días para contemplar todos aquellos tesoros rojos: los tomates, las fresas y las flores. Y cada atardecer vuelve al bosque llevando un pequeño regalo rojo a su familia.
(Cherry Red)
LA FRESA TÍMIDA Y LA FRAMBUESA SILVESTRE
LA FRESA TÍMIDA Y LA FRAMBUESA SILVESTRE
La Fresa Tímida no vino al mundo como una pequeña fresa tímida. Su timidez apareció más tarde, cuando ya había empezado a cambiar de pequeña fresa verde a fresa blanca de tamaño mediano. Entonces se dio cuenta de que las demás fresas de la planta no eran blancas como ella. Lentamente se estaban poniendo de color rosado o rojo.
"Algo no va bien, algo malo me pasa", pensó. Decidió entonces esconderse entre las hojas verdes. La Fresa Tímida no quería que nadie la viera.
Cuanto más tiempo pasaba escondida, más rojas se volvían las otras fresas y ella parecía quedarse más blanca. Por fin llegó el día de recoger la cosecha de fresas. La granjera recorría las hileras de la parcela de fresas, recogiendo las fresas rojas y maduras. Enseguida la cesta estuvo llena a rebosar y la parcela de fresas vacía...
¡Excepto porque todavía quedaba la Fresa Tímida! Todavía estaba escondida entre las hojas verdes, era demasiado tímida para asomarse. Miraba desde su escondite cómo la granjera se llevaba la cesta al cobertizo, dejándola a ella sola en la parcela.
¡Pero no por mucho tiempo! Pasando por encima de la verja en un extremo de la parcela había una rama de frambuesas silvestres. En el extremo de la rama había una frambuesa, la más roja de todo el arbusto. Estaba disfrutando del sol primaveral.
Cada día la rama crecía más y la Frambuesa Silvestre llegaba más y más lejos, hasta la parcela de fresas. Un día se asomó y vio a la Fresa Tímida, todavía escondida bajo una hoja verde. "¡Dios mío!" dijo la Frambuesa Silvestre, "¿Por qué estás escondida debajo de una hoja?"
"Soy demasiado tímida para asomarme, he estado escondida porque no tengo un hermoso abrigo rojo como mis hermanas," susurró la Fresa Tímida. "Pero, ¿es que no sabes que necesitas los dorados rayos del sol para convertirte en una fresa roja y madura?" Y a continuación, con la ayuda de un golpe de viento, empujó la hoja lejos de la fresa blanca y la dejó al sol.
Después de unos días a la luz y al calor del sol primaveral, la Fresa Tímida había cambiado su abrigo blanco y se había transformado en una fresa roja y madura. Enseguida tuvo un color rojo tan intenso como el de la Frambuesa Silvestre, aunque ésta pensaba que el color rojo de la fresa era más intenso. Sin embargo, antes de que tuvieran tiempo de discutir sobre ello, volvió la granjera a buscar un guante que había perdido. Vio a las dos frutas esperando al sol y las recogió.
Aquella noche la Fresa Tímida y la Frambuesa Silvestre decoraron la tarta de cumpleaños de la granjera y todo el mundo estaba de acuerdo en que eran las más hermosas frutas rojas que habían visto nunca.
(Strawberry Shy and Raspberry Wild)
La Fresa Tímida no vino al mundo como una pequeña fresa tímida. Su timidez apareció más tarde, cuando ya había empezado a cambiar de pequeña fresa verde a fresa blanca de tamaño mediano. Entonces se dio cuenta de que las demás fresas de la planta no eran blancas como ella. Lentamente se estaban poniendo de color rosado o rojo.
"Algo no va bien, algo malo me pasa", pensó. Decidió entonces esconderse entre las hojas verdes. La Fresa Tímida no quería que nadie la viera.
Cuanto más tiempo pasaba escondida, más rojas se volvían las otras fresas y ella parecía quedarse más blanca. Por fin llegó el día de recoger la cosecha de fresas. La granjera recorría las hileras de la parcela de fresas, recogiendo las fresas rojas y maduras. Enseguida la cesta estuvo llena a rebosar y la parcela de fresas vacía...
¡Excepto porque todavía quedaba la Fresa Tímida! Todavía estaba escondida entre las hojas verdes, era demasiado tímida para asomarse. Miraba desde su escondite cómo la granjera se llevaba la cesta al cobertizo, dejándola a ella sola en la parcela.
¡Pero no por mucho tiempo! Pasando por encima de la verja en un extremo de la parcela había una rama de frambuesas silvestres. En el extremo de la rama había una frambuesa, la más roja de todo el arbusto. Estaba disfrutando del sol primaveral.
Cada día la rama crecía más y la Frambuesa Silvestre llegaba más y más lejos, hasta la parcela de fresas. Un día se asomó y vio a la Fresa Tímida, todavía escondida bajo una hoja verde. "¡Dios mío!" dijo la Frambuesa Silvestre, "¿Por qué estás escondida debajo de una hoja?"
"Soy demasiado tímida para asomarme, he estado escondida porque no tengo un hermoso abrigo rojo como mis hermanas," susurró la Fresa Tímida. "Pero, ¿es que no sabes que necesitas los dorados rayos del sol para convertirte en una fresa roja y madura?" Y a continuación, con la ayuda de un golpe de viento, empujó la hoja lejos de la fresa blanca y la dejó al sol.
Después de unos días a la luz y al calor del sol primaveral, la Fresa Tímida había cambiado su abrigo blanco y se había transformado en una fresa roja y madura. Enseguida tuvo un color rojo tan intenso como el de la Frambuesa Silvestre, aunque ésta pensaba que el color rojo de la fresa era más intenso. Sin embargo, antes de que tuvieran tiempo de discutir sobre ello, volvió la granjera a buscar un guante que había perdido. Vio a las dos frutas esperando al sol y las recogió.
Aquella noche la Fresa Tímida y la Frambuesa Silvestre decoraron la tarta de cumpleaños de la granjera y todo el mundo estaba de acuerdo en que eran las más hermosas frutas rojas que habían visto nunca.
(Strawberry Shy and Raspberry Wild)
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