martes, 30 de mayo de 2017

CUARTA HISTORIA: PRÍNCIPE Y PRINCESA (TRAD. INDIRECTA)

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In the nineteenth century, children's literature in general reached Spain translated from the French. Which led to some kind of telephone game due to the use of an intermediate language... This is the Louis Moland translation, done into Spanish by García-Ramón and published with the same Yan d'Argent illustrations. This Spanish Reina de las Nieves was published by the Garnier Brothers in Paris in 1900. Having said that, without further ado, let us proceed. I would like to remind you that the original French version, straight from the Danish, has been previously published on this blog; seldom do I find space for any TSQ-IV or Othello retellings, and of course it had to be there...


CUARTA HISTORIA

PRÍNCIPE Y PRINCESA.

En el reino donde nos encontramos gobierna una princesa que tiene tanto ingenio como un ángel, y es que ha leído cuantas gacetas se imprimen en el universo, y luego ha tenido la cordura de olvidar cuanto ha leído. Últimamente estaba sentada en un trono, y, dicho sea entre paréntesis, parece que estar sentado en un trono no es cosa tan agradable como generalmente se cree, y no es suficiente para la felicidad. Para distraerse se puso a cantar una canción que tiene este verso por estribillo:

«¿Por qué no me casaría?»

«Es verdad, se dijo la princesa; ¿por qué no me casaría?» Pero necesitaba un marido que supiese hablar, discutir, razonar; no quería uno de esos individuos graves y presuntuosos, fastidiosos y solemnes. Convocó a sus damas de honor a son de tambor y las comunicó la idea que había tenido. Es encantador, le respondieron, es lo que nos preguntamos todos los días: «¿Por qué no se casa la princesa?»
Así pues, los diarios del país que, en aquella ocasión, llevaban una orla de corazones inflamados mezclados con las iniciales de la princesa, anunciaron que todos los donceles de lindo talle y agraciado rostro podrían presentarse en palacio para conversar con la princesa, y el que mejor hablase y más natural ingenio manifestase sería el esposo de la princesa.
Acudieron los jóvenes a centenares, pero se iban tan luego habían llegado. En la calle hablaban todos como cotorras, pero cuando entraban por la puerta principal entre la doble fila de guardias galoneados, perdían su aplomo; y cuando los lacayos los llevaban por la escalera monumental, a través de los vastos salones alumbrados con numerosas arañas, se confundían sus ideas; llegados ante el trono, en que majestuosamente estaba sentada la princesa, no sabían decir ni esta boca es mía, repetían confundidos la última palabra de lo que la princesa les decía, balbuceaban. No era esto lo que la princesa buscaba.
Habríase dicho que los desdichados jóvenes estaban hechizados y que un sortilegio les paraba la lengua, pues tan luego volvían a verse en la calle, recobraban el uso de la palabra y charlaban por los codos.
Así sucedió el primero y el segundo día. Cuantos más despedían, más llegaban; parecía que brotaban del suelo, tan numerosa era la afluencia.
Los que esperaban su turno en la calle tuvieron tiempo de contraer sed. Los más astutos se habían traído provisiones, que por nada compartían. «¡Séquense sus lenguas! decían, así no podrán decir nada a la princesa.»
El tercer día vieron adelantar a un hombrecito que andaba a pie. Otros venían a caballo, en coche, con mucho boato. Se dirigió a palacio con aire alegre y lucientes los ojos. Tenía largos y hermosos cabellos; su traje era bastante pobre.
Llevaba a la espalda un morralito...
Habiendo llegado a la puerta del palacio, no se dejó intimidar, ni por los guardias con uniformes bordados de plata, ni por los lacayos galoneados de oro. Cuando quisieron hacerle esperar al pie de la escalera, dijo: «¡Muchas gracias; quien espera desespera!» y subió y penetró en los salones alumbrados por centenares de arañas. No quedó deslumbrado. Allí vio a los ministros que, en babuchas, para no meter ruido al andar incensaban el trono. Las botas del intruso chillaban horriblemente. Todo el mundo le miraba con indignación, pero él no parecía notarlo.
Sí, metían un ruido espantoso. Él, como si nada pasase, se acercó a la princesa que estaba sentada en una perla enorme, gruesa como un almohadón. Estaba rodeada de sus damas de honor que tenían alrededor sus doncellas. Los gentileshombres formaban círculo igualmente, y detrás de ellos estaban sus sirvientes acompañados de sus criados. Estos últimos eran los que tenían más solemnidad en su postura. El joven no reparó siquiera en ellos.
Debía empero ser terrible el andar entre tan empinada gente. Pero, en fin ¿se casó el joven con la princesa?
Habló con tanta gracia, así fue cómo pasó la entrevista; el joven fue alegre, amable, gracioso. Estaba tanto más fresco cuanto que no había traído la intención de casarse con la princesa, sino únicamente la de cerciorarse de que su reputación de ingenio no era falsa. Él la encontró encantadora y ella le encontró a su gusto.
-- ...el palacio no está lejos; ... en la verja.»
En cuanto a entrar en palacio, ... Los guardias galoneados de plata, los lacayos vestidos de brocado no lo sufrirían.
...una escalera secreta por la que se llega a la cámara nupcial ... »
...por una ancha avenida del parque, y así como las hojas de los árboles caían una a una, las luces del palacio se fueron apagando sucesivamente. Cuando la oscuridad fue completa, a una puertecilla entreabierta. 
Subieron la escalera. Arriba había una lamparita encendida, encima de un mueble.
En efecto, en las paredes se dibujaban sombras de caballos con las crines al viento, piernas delgadas, un séquito de cacería completo, caballeros y damas en belígeros corceles.
«Son fantasmas, vienen a buscar los pensamientos de Sus Altezas, para llevarlos a la loca cacería de los sueños. Esto es mejor, pues los príncipes se despertarán con menos facilidad y tendremos tiempo de mirarlos bien.
Llegaron a una primera sala cuyas paredes estaban cubiertas de raso color de rosa bordado de flores. Los Sueños pasaron al galope, pero uno no tuvo tiempo de apercibir las ideas de Sus Altezas. Luego entraron en una sala, y luego en otra, cada una más magnífica que la anterior. En verdad había de que perder la cabeza ante aquel extraordinario lujo.
Llegaron al fin al dormitorio. El techo, que era de cristal, formaba una gran corona de hojas de palmera. En el centro se alzaba un tronco de oro macizo que sostenía dos lechos parecidos a dos lirios; el uno blanco, en el que dormía la princesa, el otro color de fuego en el que reposaba el príncipe. Levantando una de las hojas amarillas y encarnadas que se bajaban por la noche uno vio la nuca del durmiente que tenía el rostro cubierto por los brazos. ...aquella nuca ligeramente morena, ... Los fantasmas del sueño llegaron al galope para devolver al príncipe su pensamiento. Se levantó y movió la cabeza.
Empero, el príncipe no era menos lindo. Hete que la princesa adelantó su cabecita bajo las hojas de lirio y preguntó quién estaba allí.
...exclamaron los príncipes enternecidos.  Y alabaron a los buenos por lo que habían hecho, asegurándoles que no se enfadaban, aunque hubiesen faltado a las reglas de la etiqueta. Hasta les prometieron una recompensa: ...
El príncipe salió de su lecho y dejó dormir en él. Es todo lo que podía hacer por...
«... ¡qué buenos son ... los hombres ...!»
Al otro día, vistieron de los pies a la cabeza de seda y terciopelo. La princesa propuso quedarse en palacio para pasar su vida en bailes y festines; ...
Cuando estuvo en el patio vio un coche nuevo, todo de oro, con las armas del príncipe y la princesa. Los almohadones estaban llenos de bizcochos y la caja de dulces y frutas. El cochero y el lacayo, pues también había un lacayo, llevaban trajes bordados en oro y en la cabeza una corona del mismo metal.
El príncipe y la princesa ayudaron ellos mismos a subir en coche y desearon toda la felicidad posible.
«¡Adiós, adiós, ... !» dijeron los príncipes.



QUINTA HISTORIA

LA HIJA DE LOS BANDOLEROS.

Llegaron a un bosque sombrío en el que se veía claro, sin embargo, al reflejo que el coche despedía. Esta luz atrajo una partida de bandoleros que se precipitaron como las moscas a una llama. «¡Oro, oro puro!», exclamaron, y sujetaron a los caballos y mataron al cochero y al lacayo, ...


SÉPTIMA HISTORIA

EL PALACIO DE LA REINA DE LAS NIEVES.

Para cambiar la conversación, preguntó por el príncipe y la princesa. «Viajan por el extranjero», respondió la bandolera.


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