La niña que jugaba a ser Dios - Dan Lungu, traducción de Borja Mozo
Esta novela es una conmovedora historia sobre la emigración en la Rumanía poscomunista. Con el fin de mejorar la comprometida situación económica de su familia, Letitia emprende un viaje a Italia en busca de trabajo, y deja en Rumanía a la pequeña Radita, su hija, quien sufre especialmente la separación de su madre. Lo que, en principio, iba a ser una solución provisional, comienza a alargarse en el tiempo y Radita se ve obligada a suplir esa ausencia con toda la fuerza de su imaginación, en un intento por comprender un entorno que no entiende. Letitia, por su parte, soporta las dificultades de su nueva vida, lejos de su familia, y centra en el trabajo todas sus energías, con la esperanza de un regreso próximo. A lo largo de la novela, madre e hija tomarán alternativamente la voz de la narración, se turnan sus puntos de vista, presentando así al lector la verdad de un fenómeno que ha marcado profundamente a la sociedad rumana poscomunista. Una historia emocionante y sorprendente, no exenta de humor, sobre la emigración y el desarraigo, y una lectura valiosa por cuanto que nos muestra una realidad con la que convivimos cada día y nos ayuda a entender mejor el desquiciado mundo que habitamos. La novela que publicó Amarillo, «La niña que jugaba a ser Dios», es una historia potente, emocionante y con un final que no deja indiferente.
En Rumanía han quedado las dos hijas, Malina y Rădița, en una extraña situación. Malina vivirá con su padre, Vali, mientras que Rădița, la pequeña, queda al cargo de los abuelos maternos que aprovecharán la circunstancia para arreglar su casa. La narración discurre entre el día a día y la inocente visión de la realidad de Rădița, que pronto se obsesiona con la idea de planear una fuga para ver a su madre, y la dramática realidad de un entorno poblado de interesantes personajes cuyas vidas están marcadas por el interés de progresar en una sociedad poscomunista que tratan de dejar atrás.
Por su parte, la culta y formada Letiția, criada de la familia Bosse para atender a la anciana Nonna, ve cómo el tiempo pasa y comienza a intuir, en el contacto con las durísimas experiencias de muchos rumanos en Roma y sus inmensas dificultades (fantástico el personaje de Laura, que ha sido compañera de colegio de Letiția, superviviente donde las haya), que no existe la emigración temporal. Que las familias que han quedado en Rumanía se instalan en el olvido y cada vez exigen más generando un bucle del que parece imposible salir.
Nada sobra en esta novela por la que transitan numerosos personajes de una pequeña sociedad en la que las relaciones personales todavía son muy importantes y en las que los mayores viven en un deseado nuevo mundo sin poder olvidar completamente el antiguo a pesar de las dificultades, penurias e humillaciones que soportaron. Es el caso de Petru Cosoi, el abuelo de Rădița, que ha sido director de escuela, o del tío Miluta, profesor de matemáticas.
Por cierto, que en una nota a la edición se alude precisamente a la conservación en el texto de “una expresión típicamente rumana, que denota la marcada dimensión rural del país. Se trata del uso de la palabra tío o tía (tío Mirón…, la tía Vinagre…) para referirse a personas mayores, que no necesariamente son los hermanos del padre o de la madre”. Algo nada sorprendente para los leoneses que han usado exactamente la misma expresión hasta mediados, y aun después, del siglo XX exactamente en el mismo contexto rural. Una curiosidad que vincula dos sociedades muy alejadas y aparentemente inconexas (salvo la lengua, claro está, dado que el rumano es, como la nuestra, neolatina).
‘La niña que jugaba a ser Dios’ (ya descubrirá el lector la razón del título), es, sin duda, una excelente obra en la que Dan Lungu ha sido capaz de presentar una realidad social que escuece, la tristeza del desarraigo que provoca la emigración y las consecuencias que genera en la sociedad, sin renunciar a la ironía y al humor.
Se entremezcla la ingenuidad de una niña que sólo desea volver a ver a su madre. Ésta se ha marchado a Italia para encontrar trabajo y conseguir algo de dinero.
"Cuando (la niña) se hartó de repartir órdenes, se percató de que tenía las piernas dormidas. Se recostó de espaldas y fue rodando hacia el interior de la azotea hasta llegar al cartón, se dio la vuelta y por fin consiguió colocarse bocarriba. Mirar el cielo era el más peligroso de sus juegos secretos, pero le resultaba imposible renunciar a él. Y mirarlo desde lo alto de un bloque no tenía parangón: ni desde el jardín ni desde la rama de un árbol, ni siquiera desde el tejado de la leñera se veía tan despejado y sin límites. El peligro residía en que siempre olvidaba que tenía una abuela y debía regresar a casa. O peor aún: en que por mucho que fantaseara con historias de nubes o dejara simplemente volar su imaginación, siempre acababa acordándose de su nota en caligrafía y de todo lo demás".
Sin embargo, la espera se alarga… Y a la niña se le comienzan a desdibujar las facciones de su madre, su voz, su olor…
"De su madre solo le quedaba la voz. Sus manos se habían esfumado. El frufrú de su vestido y el siseo del peine al pasar por su pelo frente al espejo habían enmudecido. Tampoco olía ya a nada, ni a perfume ni a buñuelos ni a pintaúñas. A nada de nada. Parecía que se la había tragado la tierra y solo permanecía su cara reflejada en una fotografía, aunque sus rasgos habían empezado a borrarse de tanto acariciarla. A veces soñaba que su rostro era un óvalo vacío, blanco, y ella escribía en el centro con letra muy elegante, la más elegante del mundo mundial: mamá."
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En enero de 2025 Amarillo Editora publica por primera vez en castellano una de sus obras más emblemáticas: La niña que jugaba a ser Dios. En ella el autor aborda el tema de la emigración -siempre de actualidad, como algo inherente al ser humano-, en este caso en la Rumanía postcomunista. Una madre se ve obligada a viajar fuera de Rumanía para buscar trabajo y deja a su hija Radita al cuidado de su familia. La adaptación de la madre a las nuevas circunstancias, así como la situación de la niña que se ha visto obligada a separarse de su madre, nutren esta emocionante historia, no exenta de ironía.
Vendo La niña que jugaba a ser Dios de Dan Lungu. Es una novela que cuenta la historia de Letitia, una madre rumana que se va a Italia en busca de trabajo y deja a su hija Radita en casa de los abuelos. La pequeña se siente sola al principio, pero empieza a usar su imaginación para lidiar con la separación. La historia va alternando entre las voces de madre e hija y habla de la emigración y lo que significa estar lejos de casa. Es un libro que mezcla emoción y humor. Lo tengo disponible para compra y lo envío sin problema.
En La niña que jugaba a ser Dios me ocupé de los llamados huérfanos blancos, es decir, los niños que se quedaron solos en casa, al cuidado de sus abuelos o vecinos. Su experiencia fue a menudo traumática.
Los niños son personajes importantes de sus obras, como en La niña que jugaba a ser dios. ¿Qué le ofrece la infancia en un mundo real y literario convulso: esperanza o un retrato del desastre?
DAN LUNGU: La infancia es un mundo en sí mismo, absolutamente fascinante. Ver el cielo y el asfalto, los árboles, las personas y los animales a través de los ojos de un niño es un espectáculo en sí mismo, que no necesita ninguna historia ni desenlace, es pura alegría. Maravillarse junto con ellos y vivir sus miedos al abandono desde el interior de sus emociones es una de las experiencias más humanas y profundas.

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