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sábado, 2 de febrero de 2019

The Mirror-Boy (WEASLEY TWINCEST)

The Mirror-Boy

Work Text:

"Once upon a time, there was a boy who was all alone.  He hated being alone, but no one ever seemed to have time for him.  His parents were always busy with his brothers, his brothers were never interested in playing the games he wanted to play, and his friends never understood his games.  
"Every night, before he went to sleep, he would stand in front of the mirror in his room, and wish that the mirror-boy on the other side was his.  Because he knew the mirror-boy would understand him the way no one else could.  He knew this because he'd seen that the mirror-boy was always sad when he was sad, and always happy when he was happy.  He knew they would be the best friends ever, and that he would never be lonely again.
"One day, he was out by the pond near his family home, when he found an odd stone.  It sparkled for a moment in his hand, then went dull.  He rubbed at it for several minutes, but the stone refused to sparkle again.  He heard his mum call him in for dinner, and put the stone in his pocket so that he could examine it better when he was alone that night.
"However, when he reached his room, there was someone already there, sitting on his bed.  The mirror-boy.  He smiled at the boy, and the boy smiled back.  They spent all night talking, and the boy knew if he could just keep his friend, all would be right with the world.
"But the next morning, the mirror-boy was gone.  He was back in the mirror where he had always been.  The boy ran to the mirror, and asked the boy why he had left, but the boy just shook his head sadly.  The boy tried everything he could, but nothing brought the mirror-boy back to him.  It was only when he found the stone once more that he learned what had happened.  He had found a wishing stone, which had allowed him his wish for twelve hours.  But wishing stones only work once, and the boy was alone again.
"The boy grew older, searching for anything that would bring the mirror-boy back to him, until one day, he stumbled upon an old witch, who told him a secret.  'He can no longer leave the mirror, having left it already once before, but you can go to him.'  She gave him a concoction to drink, and he hurried home to take it.  That night, he kissed his mother and father goodnight, knowing it was really good-bye.  He would never see them again, for he would spend the rest of his life with the mirror-boy, he knew.
"He sat down on his bed, facing the mirror-boy, and swallowed the bitter potion.  At first he thought nothing was different, then he looked up, and discovered to his horror, that the mirror-boy was gone.  He didn't even exist in the mirror any more.  And then arms settled around his waist, and a voice whispered in his ear.  'Welcome home, brother.'  And the two of them were never parted again."

jueves, 9 de agosto de 2018

THE CARNIVAL DAUGHTER (+ SEQUEL FIC)



Illustration by Jack Stockman,



The Carnival Daughter
Others went away forever into a country that was only in their minds…

Carny lived in a huge mansion on the edge of the mountain that rose. Mt. Hill lifted its grand peak to the sky and proudly displayed a vast array of large estates and palatial homes. The child’s father was a wealthy merchant who traveled far to purchase costly goods for sale in the bazaar.
Carny had everything a girl could want. She never went hungry or shivered in the cold. Her father was rich enough to hire servants. Her mother was beautiful and kind. She had no brothers or sisters demanding to share her toys.
But something was wrong. Something was so wrong with Carny that her mother wept quietly in the day when everyone else was sleeping…


Illustration by Zhivko Zhelev


La Hija de la Feria
Otros se marchaban para siempre a un país que sólo existía en sus mentes…
Feria vivía en una vasta mansión al borde del monte que se alzaba. El monte Colina alzaba su gran cumbre hacia los cielos y hacía soberbio alarde de grandes propiedades y hogares palaciegos. El padre de la criatura era un acomodado negociante que viajaba largas distancias para comprar objetos de valor que vendía en el bazar.
Feria tenía todo cuanto una niña puede desear. Nunca tenía hambre, ni sed, ni tiritaba de frío. Su señor padre se permitía el lujo de contratar a sirvientes. Su señora madre era hermosa y amable. Ella no tenía hermanos, ni varones ni hermanas, que le pidieran compartir sus juegos y juguetes.
Pero algo fallaba. Algo pasaba tan malo con Feria que su madre sollozaba en silencio durante el día, mientras todos los demás dormían. Y su padre se paseaba con un gesto facial de preocupación que le hendía una profunda línea en el entrecejo. Los sirvientes se reunían en grupos, juntitos juntitos, conversando sobre la triste condición de la niña.
Feria permanecía en su habitación. Se negaba a mirar por las ventanas por las preciosas noches estrelladas. Las contraventanas estaban cerradas con llave, así como las persianas, y los pesados tapices que servían de cortinas de invierno estaban siempre cerrados.
Las únicas personas a las que se admitía en la habitación eran la Nana, la niñera (que se marchaba llevando bandejas plateadas de comida medio acabadas) y la madre de Feria (que sólo se quedaba para breves visitas), pero nunca su señor padre. Él, desgraciadamente, le recordaba mucho a Feria a otra persona que le había hecho sufrir.
Todos los sirvientes de antaño recordaban que la niña había una vez sido una alegre y hermosa duendecilla de brillantes ojos color café y lustrosos rizos entre dorados y castaños. Le salían hoyuelos en las mejillas cuando sonreía… y siempre estaba sonriendo, danzando por allí, llena de abrazos para todos.
–Ella era un primor –se susurraban los unos a los otros, sus cofias almidonadas asintiendo en un estrecho círculo. –Qué primor. Qué pena.
Pero hacía cinco terribles años que aquello sucedió.
El Baile del Usurpador, celebrado cada año en una mansión diferente escogida por el gobernante, tuvo lugar aquel año en el palacio de mármol y cedro de los padres de Feria. La mansión estaba llena de invitados, y los soldados del Usurpador montaban guardia en torno a todos aquellos que se divertían, que reían y danzaban y brindaban y actuaban como si estuvieran pasándoselo bien… aunque algunos de ellos admitían que era difícil divertirse si eran forzados a ello.
Aquella noche, a Feria la habían metido en la cama por su seguridad. Las madres escondían a sus criaturas cuando el Usurpador estaba cerca –no porque al gobernante no le gustaran los niños, no, no. El problema era que le gustaban demasiado y de todas las formas equivocadas. Los huérfanos, por supuesto, eran propiedad del Gobierno, que los empleaba como mano de obra forzada. Pero los hijos de la gente acomodada no estaban exentos de la leva. Más de una criatura bien parecida había “entrado en quintas” para servir como consentidas estrellas en el Palacio del Placer, donde el pueblo llano, lleno de hastío y de mal del corazón, venía para olvidar por un rato sus penas, sus temores, y sus sufrimientos. Pocos progenitores pensaban en esto como un privilegio.
Escaleras abajo, la música sonaba. Los cascabeles cosidos a los hábitos de los sacerdotes tintineaban. La risa y la celebración despertaron a la niña de su profundo sueño. Ella salió reptando de la cama y se dirigió, de puntillas, a la barandilla circular que protegía el corredor de los dormitorios del vasto espacio que se arqueaba hasta el gran techo de cúpula y al grandioso salón…
(Traducción de Sandra Dermark)

(Continuación redactada por Sandra Dermark)


Una tarde de otoño en que Feria no tenía clases particulares, y su niñera se había vuelto a su campiña natal (en otra provincia, bien lejos del monte Colina), y sus padres se habían ido a la ópera (pues en aquel complejo de mansiones también había un teatro, además de un internado de señoritas, un casino y una academia militar), ella estaba tirada en la cama con dosel, sus rubios rizos cayéndole en cascada por las sienes y los hombros, leyendo un poemario. Cabe decir que ella tenía muchos libros ilustrados, entre cuentos, novelas, poemarios, obras de teatro y ensayos, pero aquella tarde no hallaba placer en ninguno de sus muñecos o juegos, en dibujar o colorear o siquiera hojear cualquier otro libro.
El sol ya se estaba poniendo y hacía frío, el jardín francés estaba envuelto en brumas y caían las hojas secas una tras otra. Y allí estaba ella, tirada en la cama, con los codos hincados en el suave edredón de satén y recitando su poema preferido, el de la página por la que el libro estaba abierto:
Pasan las horas de hastío
por la estancia familiar,
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar…

Ese era uno de los pocos poemas que le entretenía leer cuando estaba sola de verdad. No sabía por qué razón.
Dice la monotonía
del agua clara al caer:
un día es como otro día,
hoy es lo mismo que ayer.

Cae la tarde. El viento agita 
el parque mustio y dorado… 
¡Qué largamente ha llorado 
toda la fronda marchita!

Especialmente en otoño e invierno, cuando la bruma y/o la lluvia no permitían salir al aire libre y perderse entre los setos del laberinto, o perseguir mariposas o mariquitas. Feria suspiró y miró hacia arriba, a las constelaciones luminiscentes que decoraban el dosel de la cama. Pronto, el sol se pondría del todo y los astros bordados volverían a brillar.
Y fue entonces cuando ella oyó una dulce voz masculina, menos profunda que la de su señor padre o la del mayordomo, al ritmo de una guitarra acústica:

Guadalajara en un llano,
México en una laguna…

Al principio lo pensó como ensoñaciones suyas, pero ahora podía discernirlo más claramente:
Guadalajara en un llano,
México en una laguna…
me he de comer esa tuna…

Intrigada, pegó un brinco de la cama y corrió las cortinas del dosel, y luego las de la ventana de su cuarto, con todas sus fuerzas, para echar un vistazo, el primero en un lustro de reclusión, al mundo exterior. Allá afuera, a contraluz del sol poniente, más allá de la puerta modernista de hierro forjado, había un chico joven, como tres o cuatro años mayor que ella, vestido con una especie de uniforme, que punteaba una guitarra flamenca a zurdas; tocaba las cuerdas en medio del instrumento con la mano izquierda y lo agarraba por las clavijas con la derecha:

Desde Santurce a Bilbado,
vengo por toda la orilla…

Se miraron un instante, pero no necesitaron más. Ni siquiera cuando otros jóvenes uniformados igual vinieron a por su compañero y se lo llevaron con él, justo cuando su bardo estaba elogiando al mejor puente colgante, ubicado en Portugal u otro lugar parecido. Ni siquiera cuando, tras desaparecer todos los chicos de uniforme cuesta abajo, ella por fin se rindió al sueño. Con una anhelada sonrisa en los labios.
Ese invierno, por el solsticio, sería su fiesta trilustral de presentación en sociedad. Entre todos los cadetes y señoritos del monte Colina seguro que se disputarían el derecho de sacarla a la pista, bajo la majestuosa lámpara de araña, mientras los padres de los adolescentes iban a discutir, como siempre, las ofertas de matrimonio; aquel sería el debut de la joven (que ya no sería, una niña y aún no sería una mujer), sin contar que aquella noche otros echarían su suerte por ella, y su vida nunca volvería a ser igual…



EPÍLOGO
Puente de Portugalete,
el mejor puente colga-a-ante…

–¡Modesto! –le despertaron de su ensoñación. Había creído ver una silueta femenina, pequeña y frágil, allende las contraventanas. Quién sabe si era igual como él la imaginaba: un ángel caído, un hada enjaulada, que necesitaba que alguien la tuviera en sus brazos.
Aun así, seguro que estaba fuera de su alcance. Ella, una heredera del monte Colina, fijo que hija única de sus señores padres. Él, un estudiante bohemio de una universidad en el otro confín del reino, que estaba simplemente veraneando con la tuna (para más inri, su educación primaria se la debía a sí mismo), y tenía que regresar, con el otoño, a la rutina de la Facultad.
Ella vivía en un palacio de mármol y cedro, con un jardín francés perfectamente ordenado y una reja modernista, en una habitación escaleras arriba con contraventanas y persianas; él, en una guardilla al borde del campus, con una caja de madera, en el alféizar, donde cultivaba sus propias zanahorias, perejil, cebolletas y las flores que llaman alegrías.
Los dos eran personas inteligentes y sensibles, los dos eran hijos únicos, sabían apreciar las cosas buenas de la vida… pero se reencontrarían, y se conocerían mejor el uno al otro, cuando las ranas criaran pelo.
Nunca más se volverían a ver, y, seguro que cuando se vieran por siguiente vez, ella estaría casada con otro, más o menos contra su voluntad.
Aquel encuentro no sería más que una nota a pie de página de la vida que él esperaba, a la hora de realizar su carrera, y seguro que estaría, tras graduarse, a años luz del monte Colina, físicamente y en espíritu. Seguro que él estaría casado con otra, con una mujer de su clase media de su villa de provincias natal.
¿Y qué le importaría aquel encuentro efímero de los años mozos?
Lo mismo que a ella, seguro, pensó Modesto acompañando a sus compañeros de clase, de tuna y de fatigas a la taberna-venta que se erguía a la sombra del monte Colina, pensando en una jarra de cerveza negra con la que ahogar las penas:

Me he de co-o-omer esa tuna,
a-aunque me pinche las manos… 


La pinta de cerveza negra no había sido suficiente. No sabía cuántas copas de licor 34 con hielo se había echado entre pecho y espalda cuando, tras cantar estos versos, se dejó caer rendido, con la guitarra en la mano izquierda y la copa en la derecha, exhausto sobre la barra.



martes, 17 de octubre de 2017

CUENTOS DE POLDY BIRD

CUENTOS TIERNOS de Poldy Bird


Cajitas

Junto cajitas. Cajitas esmaltadas, cajitas de madera pintada, cajitas de cristal, de porcelana, de metal, de cartón, de nácar, todas chiquitas.
En esas cajitas guardo los pedacitos de la felicidad. Porque la felicidad no es un enorme friso
en la pared, sino un rompecabezas de piezas diminutas que se arma de a poquito.
Y no tiene una figura fija, preconcebida, sino varias figuras, todas cambiantes, que pueden
variar según los días, según las horas, según los lugares…
Vos me enseñaste eso. Y muchas de esas cajitas tienen partes tuyas.
No… no lo aprendí enseguida… me llevó tiempo… Cuando tu vida se apagó, el miedo y la
soledad hicieron nudos con mis tripas. Golpeaba todas las puertas con terror de no ser
escuchada, de no ser recibida. Y me juraba, cada día, golpear otras puertas y otras y otras, sin importarme quién las abriera, quién sería capaz de oír el sonido de campana al viento que emitía mi corazón… una campana de barco en medio del océano, una campana de catedral en medio del desierto, una campana quejumbrosa con sonido de pena y manantial al mismo tiempo… Hasta que empecé a abrir las cajitas. En una encontré un fósforo, uno de esos fósforos con los que encendías mis cigarrillos, y aunque casi no fumo, prendí uno y traté de hacer espirales con el humo, como hacías VOS.
En otra encontré unas tierritas de colores, de Purmamarca, y el norte le trajo paz y color al sur de mi inquietud, con su placita de vendedores de pesebres, su aire de celeste transparencia, sus montañas redondas… En la de porcelana, una rosa seca y un papel dobladito: “quinto aniversario”.
En la de plata, una medalla bendecida de la Virgen de Luján. Arena de la playa mansa,
monedita de austral, un coralito africano, una entrada de cine, un boleto capicúa, un anillito que perdió la piedra, un cuarzo casi dorado, una plumita de colibrí… Todos itinerarios de caminos que recorrimos juntos y yo vuelvo a caminarlos llevando tus pasos encima de los míos, ahora que tus pasos no pesan nada porque son de apenas airecito, de apenas aleteo de mariposa, de apenas una lágrima… Ya ves, ya no golpeo puertas, sólo abro cajitas para no estar tan sola.
Pero, eso sí, al mismo tiempo, abro también mi corazón…


LA PALABRA QUE CURE LAS HERIDAS
Iba caminando delante de mí, tomada de la mano de su mamá, con una mediecita caída y la
otra no, las florcitas celestes de su vestidito arracimándose, como pequeños cielos repartidos
sobre la tela, y el pelito de seda, dócil y apenas una lluvia enrulada por el aire.
Cada tanto levantaba la carita para preguntar algo y la mamá sonreía.
Iban tranquilas. Sin apuro.
Eran todas las mamás y todas las nenas, un resumen hermoso en la tarde serena.
Eran, también, mi hija y yo hace unos años cuando yo no tenía todas las respuestas pero las
inventaba. Lo que tenía era la risa. Lo que tenía era el futuro iluminado y el bello cansancio de las cosas que ahora ya no hago y por eso me cansan… han dejado un vacío en mis horas.
La niña me necesitaba y me amaba sin condiciones para amarme.
La niña aceptaba todo de mí: mi forma de vestirme, de peinarme, de resolver problemas, de
vivir.
Ella apretaba mi mano fuerte, fuerte, y frotaba sus mejillas redondas en mis mejillas también redondas.
Acurrucaba su cuerpo contra mi cuerpo, tibiecita y era la rama florecida de mi árbol. Una
prolongación de mí.
No buscaba una doble lectura en mis palabras.
No exigía. No miraba de reojo.
Yo elegía sus zapatitos blancos o de negro charol.
Y todo estaba bien.
Porque la amaba y me amaba y nada entorpecía ese amor.
Ahora… ella mujer y yo tan sola (porque a mí me tocaron los dolores que marcan la soledad
como una cicatriz) – todo ha cambiado.
Ya no soy la que elige sus zapatos, y ella corrige mis elecciones.
He dejado de ser inteligente.
Escondo lo que siento de verdad porque temo su juicio.
Fui una tonta al no sacar mi entrada para ir a ver a Sting.
- Desde casa, por la pantalla del televisor, el espectáculo fue perfecto… Tomé café, sentada en un sillón… no tuve frío ni temí la lluvia…
Ella se encoge de hombros. “No es lo mismo”, replica. “No es la vida”.
Y a mí me da pereza explicarle que a su edad yo temblaba de frío en el invierno. Que tenía
miedo de llegar tarde al trabajo y me reprendieran. Que los días quince comenzaba a contar las monedas para llegar a fin de mes. Que si no hubiese tenido éxito con mis libros, nunca hubiera podido tener la casa propia”.
Soy, para ella, una especie de tonta que no sabe disfrutar de las cosas.
Tal vez tenga razón.
Me costaron tanto, que las cuido.
Y las quiero.
Quiero mi Platerito de madera, todas las chucherías que los amigos y los lectores me mandan de regalo. Las atesoro. Cada una de ellas posee un significado y un mensaje. Quiero los libros subrayados, las copas de cristal que pagué en mensualidades, el mantel de las grandes ocasiones. No me gusta que revuelva mis papeles ni mis fotografías, porque es como si hojeara mi vida viendo con ojos críticos o burlones lo que es sagrado para mí.
Ella ha crecido.
Es más grande que yo.
Es más sabia.
Es menos frágil.
Tuvo más posibilidades y más tiempo para seleccionar lo mejor de la vida, mientras yo me
golpeaba, me equivocaba, me quedaba sin aliento armando el difícil rompecabezas del
presente sin vuelo, del futuro sin problemas.
Y estoy aquí, siempre aguardando su llamado o su visita apresurada, porque tiene que hacer
tantas cosas 
Y entre su entrada ruidosa y su salida al trotecito (esta niña mía no aprendió nunca a caminar denuncie), una frase que me golpea la boca del estómago que le corta la res respiración 
- Mirá mamá, vos hacé lo que quieras, pero a mí me parece que …
Ella lo dice al pasar.
No oye lo que respondo, de modo que no contesto nada. Y se va.
El mundo la aguarda fuera de esta puerta. Es hermosa y es buena. Creo que es más generosa
que yo.
Y que si se ocupara realmente de darle forma a lo que siente, podría ayudar a mejorar el mundo en que vivimos.
Sin duda, sufrirá menos que yo.
Con algún granito de arena habré contribuido para que fuese más fuerte y decidida, menos
temerosa de lo que soy.
Ella sale por esa puerta, deja impregnada la casa con su perfume algo sofisticado, y yo me
quedo sola.
Solemne soledad la mía.
Maravilla, mi perra, se pone como loca cuando lloro. Entonces no lloro, porque me apena verla acongojada.
Se ovilla a mis pies mientras escribo Mueve la cola, alborozada, – cuando la llamo mi
compañerita.
Tal vez ella sí sabe que yo tengo miedo.
Que me da vergüenza.
Que me encierro y a veces me paso horas rezando mi rosario y pidiéndole a Dios que me
ayude, que me dé una respuesta, que me muestre el camino, que me tienda una mano con
temperatura humana, que alguien sepa obligarme a vivir lo que me queda de vida, alguien sin miedo, a quien no pueda discutirle nada, alguien que me entienda y me conmueva y no me dé tiempo a titubear ni a contradecirlo.
Alguien que me vea. Soy así ni demasiado linda, ni poderosa, ni invencible, con bosquecitos
dentro de los ojos, y todo un cielo estrellado en el torrente de mi sangre. Soy buena compañera para los silencios y para las charlas amanecidas. Pongo el hombro en la lucha, y en la paz puedo ser una isla arbolada, una plaza con tilos florecidos.
Oh, iba caminando delante de mí, tomada de la mano de su mamá. Entregada y pequeña!
Ahora yo soy la niña entregada y pequeña que busca la palabra encendida que no queme, que simplemente alumbre. La palabra que cure las heridas…


CARTA A UNA HIJA

Por si no estoy cuando ya sepas leer con los ojos y con el corazón al mismo tiempo.
Cuando te miro, Verónica, tan chiquita, tan redonda, con tu pelito de seda, haciendo
morisquetas frente al espejo, soy feliz… y tengo miedo.
Porque el miedo es un raro ingrediente de la felicidad, sobre todo de esta felicidad mía tan
pulida, tan dulce, tan nueva. Ahora no lo entiendes, claro, tienes nada más que un año, un añito que pregonas con tu índice en alto y una sonrisa de solo seis dientitos de conejo.
Ahora tu mundo se reduce a los pajaritos de cartulina que papá colgó del techo de tu cuarto y el aire mueve constantemente para tu asombro y tu alegría. Y a la muñeca que buscando tu
amistad solo encontró que te diviertas tirándola al suelo desde tu cuna. Y al muñeco de
celuloide pintado de rosa que tiene campanas en la barriga y suena a gloria cuando lo mueves.
Ah… tu mundo… tu mundo de sopa, de puré, de torpes balbuceos, de rodillas sucias de gatear por el piso, de chupetes, de pañales, de agua tomada con bombilla y verdaderas proezas para sacarle las perillas al televisor. Es un mundo chiquito, vigilado, seguro, con olor a colonia para bebés.
Un mundo que cabe en la palma de tu mano gorda. Yo estoy en ese mundo, soy una
enamorada de ese mundo. Sí, Verónica, ahora mamá está. Lloras de noche y corre a tu cuarto, te acaricia la cabeza, te dice que vuelvas a dormirte. Mamá ya te conoce bien, sabe todo lo que te gusta y lo que no te gusta, y cuando pone sus ojos sobre ti, te estudia, te analiza, trata de comprenderte, de aprender cual es el camino que llega a tu corazón, para transitar siempre por él. 
Y ese es mi miedo. Hoy estoy aquí, tan cerca de ti, pensando la manera de hacerte feliz,
segura de que a mi lado encontrarás la dicha. Pero… ¿si me muero antes de que seas grande?
¿Y si me muero antes de poder responder a todas tus preguntas, antes de poder aclarar tus
dudas, antes de poder secar las lágrimas de tus primeras desilusiones, esas que duelen tanto?
No, no tengo que morirme, no quiero.
Pero si me muero, quiero dejarte entre muchas cosas (mi vida, mis sueños, mi inmenso amor por ti) una carta para que la leas con los ojos y con el corazón al mismo tiempo. Y sientas que estoy a tu lado, que estirando la mano puedes tocarme en el aire y afinando el oído puedes escuchar mi voz y mi risa (porque por sobre todas las cosas quiero que te acuerdes de mi risa…) 
Verónica, gorrión, esta es la carta:
“A tu alrededor hay un mundo con todo lo que conoces, con todo lo que amas. Mas allá, un
mundo grande, bello y peligroso, donde te espera todo lo que te hará mujer: el amor, la decepción, la angustia, el llanto, la felicidad.
Para entrar a ese mundo no uses cábalas, no cierres los ojos, pero tampoco los abras con la
intención de ver todo lo malo, lo negativo, lo gris.
No cierres tu corazón con siete llaves… pero tampoco lo dejes sin ninguna cerradura. No te
guardes todo, pero no lo des todo. No pienses que los caminos son fáciles y te lances a andar
con los pies desnudos, las manos abiertas y los ojos lavados con el agua de los arroyos
limpios.
Tienes que llevar algo para el viaje, para cualquier viaje que emprendas; un equipaje sencillo y necesario que te ayude y te proteja: la pequeña armadura de tu voluntad para recuperarte de las caídas, así ninguno de los golpes que recibas llegará a romper tu fe; la ternura, porque con la ternura se curan los pajaritos enfermos, se hace reír a los niños y se llena de alegría el
corazón de los que queremos.
Y lleva amor, mucho amor, para los que te amen y para los que te odien. Porque alguien te va a odiar, no sé quien y no sé por que… alguien te va a odiar sin motivos para odiarte, y el que odia, Verónica, no es malo… solamente está enfermo.
Recuerda que en tu mundo viejo y en tu camino nuevo tienes un amigo. Es un hombre que te
conoce desde que naciste. Es un hombre que te quiere más que a sí mismo y, aún no
comprendiéndote, aún equivocado, siempre va a buscar lo mejor para ti, te va a proteger, te va a ayudar.
¡Un hombre que hará por ti lo que sea necesario hacer y más!
Un hombre que busca tu luz para iluminarse y busca tu risa para sentir que la vida no se ha
vivido en vano. Un hombre que cuando eras chiquita te compró unos pajaritos de cartulina
blanca y negra y los colgó del techo de tu cuarto con hilo de coser. Papá. Tu papá, Verónica.
Puede ser que lo encuentres muy severo o demasiado intransigente… pero si tienes algún
problema acércate a él y díselo.
No hallarás mejor amigo que quien ha pasado noches en vela cuando estabas enferma y rezó
por ti cuando ya había olvidado las palabras de las plegarias, y lloró de emoción la primera vez que lo llamaste “papá”. Y, al fin, no quiero engañarte, decirte que te dejo en un mundo de rosas, ruiseñores y todas cosas bellas… Pero tú puedes hacer que tu corazón las invente y
cuando lo lastime una espina, sepa que detrás de la espina está el maravilloso milagro de una flor.

TU MAMÁ