Un mes más tarde ya sabía subirse a los árboles, y al final del verano se había convertido en todo un campeón de la escalada. Subía mejor que todos los gatitos de los alrededores, hasta el extremo de que en lo sucesivo se le llamó el pequeño acróbata.
LA RAMITA DE PEREJIL
Ha pasado una nube. Se escapan tres gotas de lluvia. "¡Qué tristeza! ---gime la mariquita!---. Mi traje tan bonito, de seda y puntillas, se va a estropear, mojar, arrugar y hacer trizas. ¡Qué pena!
Reflexiona un segundo... y después, rápidamente, a modo de paraguas, corta una ramita de perejil.
LA TORTUGA COMPRADORA DE CUERDAS
---¿Tienen cuerdas? ---pregunta al señor castor una pequeña tortuga, muy segura de lo que quiere.
El tendero desaparece tras el mostrador, entre los plumeros, escobas y escobones que llenan su tienda. Abre varios cajones, que estaban cerrados con llave, y al fin saca una caja de cuerdas, de las que escoge una madeja blanca.
---Es demasiado fina ---dice la tortuga.
El señor castor vuelve a buscar y revuelve en el cajón: esta vez trae una cuerda de un color oscuro.
---¡Pero no tengo bastantes! ---dice la tortuga.
El señor castor va a la trastienda y, gruñendo y protestando, se dirige a una caja medio cerrada donde tenía su reserva de grandes cuerdas. Regresa con las patas llenas de una treintena de rollos.
---Esto es todo lo que tengo.
La tortuga examina el montón de cuerdas, calcula en voz baja, reflexiona, levanta la cabeza y dice con su vocecita, muy seria:
---Creo que esto será suficiente... sí, será suficiente.
El castor tendero está asustado.
---Pero, ¿se lo va a llevar todo? ---balbucea.
---Sí ---responde la tortuga, que sin tardar mete los ovillos uno sobre otro en su cesto de provisiones. Saca su monedero, paga su compra y se va con pasos apresurados.
El señor castor levanta las cejas con precaución, observando su marcha. "¿Qué pensará hacer la tortuga con todas esas cuerdas?" Se rasca el mentón, levanta los hombros y desciende las escaleras de la trastienda para ponerla en orden, sin pensar en otra cosa.
Pasaron tres días. El señor castor había olvidado completamente a su cliente tan excéntrica. Estaba barriendo la acera delante de su casa cuando de pronto vio a la tortuga bajo una montaña de cosas. Al verla transportar todo lo que llevaba sobre su espalda, el señor castor se extrañó tanto que dejó la escoba y se plantó con los ojos y la boca abiertos.
¿Sabéis que era lo que la tortuga llevaba bien atado sobre su caparazón? Un colchón plegado, dos almohadas y una cesta de pícnic de mimbre, tres cacerolas metidas unas dentro de otras, una red llena de zanahorias, nabos y perejil, un edredón de flores, un pequeño candelabro, un aparatoso reloj despertador y un parasol de rayas azules y blancas. Al pasar ante el señor castor, la tortuga le guiña un ojo y le grita:
---Su cuerda es de buena calidad, no me ha costado ningún trabajo atar todo mi equipaje.
---B-bien, me al-legro mucho ---tartamudea el tendero, que se repone poco a poco de la sorpresa---. Por lo que se ve, usted se muda, ¿o no?
---No, de ninguna manera ---responde la tortuga---, me voy de vacaciones a la playa. Pero como no me gusta cargar con las maletas, que me producen ampollas y callos en las patas, llevo mi equipaje a cuestas, para mí es mucho más cómodo. ¡Adiós, señor castor!
Y la tortuga se aleja canturreando una cancioncilla.
MEDIODÍA
Es mediodía en el huerto...
La oruga,
en la lechuga,
se estira.
El caracol,
de paseo al sol,
grita: "¡Hola!"
Los mosquitos,
por miriadas,
tocan su música.
Es mediodía en el huerto...
ADELINA, LA SARDINA
Adelina, la sardina, es una pillina. Para huir de los bancos de atunes, esos terribles glotones, toma el hidroavión. Para encantar a las medusas, toca con astucia una cornamusa. Tiene unos anteojos para espiar las fiestas de sus vecinas las gambas. Para engañar a las merluzas se pone la máscara de un arlequín fantástico. Si la tempestad estalla, prudentemente se pone el salvavidas. Si se aburre, hace punto de tricotar. Su casa incluso tiene teléfono, que funciona y suena. Lo ha fabricado ella misma y ha sido idea suya. Adelina, la sardina, es una pillina.
LA FAMILIA MARISCO
Conozco a una familia muy simpática: es la familia Marisco, la componen el padre, la madre y los siete hijitos. El señor y la señora Marisco montan en bicicleta sobre un magnífico tándem amarillo: en la parte delantera brilla un faro y en la trasera, sobre el portaequipajes, un cesto donde el señor y la señora Marisco instalan a su bebé recién nacido. Los otros seis hijos van en patinete y corren como campeones; se embalan sin ningún miedo por los montículos de arena mientras los pompones de sus gorras saltan a diestra y siniestra.
Unos detrás de otros, en la playa y entre las rocas, padres e hijos pedalean, patinan, se divierten dando vueltas.
Sí, es una familia muy alegre: el bebé incluso aplaude con todas sus ganas desde el fondo de la cesta, ya le gustan la velocidad y el deporte. Se les oye desde lejos, porque cada uno tiene en su aparato un simpático timbre que hacen sonar. Con este ruido acude enseguida toda la vecindad.
Las medusas que sestean en la arena se despiertan y se aproximan. Los cangrejos salen de sus cuevas; para estar en primera fila, las conchillas se precipitan arrastrándose, y si tropiezan se vuelven a levantar con coraje. Las gaviotas bajan para asistir al espectáculo, y algunos peces curiosos, que quieren ver el desfile, saltan de vez en cuando de ola en ola.
Con una mezcla de pedaleos, de patadas, de timbres, de risas y de canciones, la familia Marisco pasa como un tornado. Un momento más tarde, están ya lejos y los espectadores, admirados, regresan a sus quehaceres.
LA FORTALEZA
A Chipolata, la gatita, le encantan la leche, el pescado y también los macarrones. Desgraciadamente, a veces tiene bastante apetito para tragarse, además, una ratita... Llenos de pavor, todos los ratoncitos huyen entonces a la fortaleza.
CLOTILDE Y SUS OCHO TENTÁCULOS
¡Atención! ¡Atención!, aquí vienen Clotilde y sus ocho tentáculos, que entran en la pastelería "La Dulzona".
En seguida, la cajera, una langosta marina con aire importante, pone en su nariz unas gruesas gafas con montura dorada, mientras que las vendedoras, tres gaviotas charlatanas, se callan súbitamente y abriendo, bien redondos, sus pequeños ojos negros, no dejan de mirar a la recién llegada
¡Unos y otros conocen muy bien a la señorita Clotilde! No es fácil encontrar una golosa como ella.
---¡Buenos días! ¡Buenos días! ---continúa la cliente despreocupada, amable y con una magnífica sonrisa.
---¡Buenos días! ---responden la langosta y las tres gaviotas.
---Desearía por favor un helado de limón y una tartita de fresas silvestres.
Las tres gaviotas se apresuran, y en un instante le tienden un cucurucho de helado, una tartita, y la tercera gaviota le pregunta:
---¿Desea usted otra cosa?
---No, es todo por hoy ---dice la señorita Clotilde.
La gaviota hace la cuenta y le entrega a Clotilde la nota.
Pero... ¡qué frescura! Mirad lo que hace al pasar la muy bribona, la comilona la ladrona. Con sus tentáculos libres hurta disimuladamente un bollo de canela, un bizcocho borracho relleno de crema, tres chupetes rojos de gominola, frutas escarchadas, un enorme pastel de chocolate...
Ante tanta audacia, las gaviotas se sofocan de indignación; sólo la langosta conserva la calma. Hay que decir que está acostumbrada, pues cada día Clotilde vuelve a reanudar su jueguecito. Así pues, la langosta, que es una cajera astuta, coge tranquilamente la ficha de su cliente, toma las monedas que Clotilde ha esparcido en la caja y, mirándola por encima de sus gafas, le dice con finura: "Me parece que lleva usted ocultos algunos suplementos..."
Clotilde enrojece, se pone nerviosa, tiembla, recoge sus tentáculos enrollándolos y por fin vuelve a poner en las bandejas los dulces que había robado; cabizbaja se dirige hacia la puerta.
RONDA DE ARDILLAS
Agarradas al tronco de un árbol, dos ardillas juegan al gato.
---¡Ah, ah, ah! ---dice la ardilla roja---. ¡Voy a por ti!
---¡Eh, eh, eh! ¡Que te crees tú eso! ---responde la ardilla gris.
Un, dos, tres, ya salen. A derecha, a izquierda, hocico contra cola, cola contra hocico, dan vueltas alrededor del tronco. A izquierda, a derecha, garras ágiles, patas rápidas, dan vueltas como un torbellino.
De repente, desde lo alto de la copa de la encina cae una bellota. En un abrir y cerrar de ojos, las dos acróbatas saltan para atraparla. Llegan a la vez, y ¡bum!, se dan en la cabeza un gran golpe, la una contra la otra.
Mientras que, aturdidas, la ardilla roja y la gris se frotan las orejas, llega una tercera, de pelaje castaño, y, sin decir nada, coge la bellota y se va corriendo...
EL JUEGO DEL ESCONDITE
---¡Vamos a jugar al escondite! ---propone la mariposa a un gran moscón de jardín.
---¿Al escondite? ---se extraña el moscón---. Pero, ¿cómo vas a esconder tus grandes alas? Te encontraré al primer vistazo.
El moscón, apenado, se levanta pesadamente y sale de la flor
EL AMANTE DE LA ENSALADA
El conejito ha comido mucho. ¡Estaba tan buena la ensalada de repollo! Su cabeza le da vueltas y el estómago le parece pesado, como si hubiera comido piedras.
---¡Mamá! ---gime con las orejas bajas---. ¡Mamá, me encuentro mal!
La señora coneja le da a su hijito una tisana, le acuesta, le arropa y le canta una cancioncilla.
---¡Ah, ah! ---se queja el conejito---. ¡Jamás volveré a comer ensalada!
Su mamá sonríe sin decir nada. Al día siguiente el conejito está curado.
---¡Ah!, ¡ya me siento mejor! ---dice, estirando las patas.
Y bien, ¿adivináis qué es lo que hace este glotón, este comilón!
Apenas se pone en pie, corre al galope en dirección al huerto para devorar con sus buenos dientes ¡kilos de hojas de repollo!
RENATA, LA RANA
La rana Renata tiene muy buen apetito. Para cenar, el lunes toma unos tallarines. El martes, dos patatas. El miércoles, tres hinojos. El jueves, cuatro rábanos. El viernes, cinco calabazas. El sábado, seis asados. Y un guisote, el domingo a las doce.
HA NEVADO...
Carolina, la gallina, abre sus contraventanas y exclama jubilosa:
---¡Cielos! ¡Si ha nevado!
Rápidamente revuelve en el armario, en la cómoda, en el sótano, en el granero, y va sacando siete pares de botas, siete toquillas a rayas y siete esclavinas de lana. Sin perder un segundo, Carolina calza y abriga a sus siete pollitos; después se enfunda hasta el pico en su chal, e igual hace con sus hijitos, y... ¡al jardín!
El frío es intenso, pero el sol brilla alegremente, y desde luego nada calienta tanto como una batalla de bolas de nieve.
DOÑA PULPO SE EMBELLECE...
Esta noche hay una gran fiesta en casa de las quisquillas. La señora Pulpo está invitada. Es muy coqueta y quiere resultar la más guapa. Escoge una serie de conchillas redondas y embellece con ellas sus largos tentáculos. Luego pasa toda la tarde acurrucada y sin moverse en el hueco de su roca. Cuando llega la noche se quita los rulos y, ante la ostra nacarada que le sirve de espejo, se peina sus nuevos bucles. Después se pone en lo alto de la cabeza una anémona de mar escarlata y, con una sonrisa en los labios, se va a la fiesta.
---¡Qué peinado tan bonito, y qué bella está usted! ---exclaman las quisquillas con sorpresa---. Doña Pulpo, será usted quien abra el baile con el general Bogavante.
Doña Pulpo se estremece de alegría bajo sus rizos y, entre las pinzas de su caballero, se lanza a las galopadas de una alegre polca.