jueves, 9 de febrero de 2017

CAPTAIN SWAN - UA SAVITRI

Este bunny se me ocurrió en Islandia este verano. Nunca había hecho nada de EÚV antes y quería hacer un UA de LRDLN/Savitri de mi OTP, con Killian como Kai/Satiaván e Ingrid como Hela/LRDLN. Siempre me he imaginado a Emma y Killian en este contexto.
La inspiración la saqué de la Edad Moderna escandinava, pensando en el reino de Misthaven como un lugar donde el culto a los antiguos dioses convive con una cultura occidental cortesana y militar.

HISTORIA PRIMERA - La visión del cadete
--Entonces, ¿la esposa de Hades... Perséfone... permanece bajo tierra ahora hasta marzo?
--Al menos así rezaba el decreto de las Moiras. Pero dicen que a veces, en pleno invierno, cuando su marido está bien ocupado con los asuntos de Estado, ella asciende en secreto a la superficie... para contemplar el frío y la desolación que cubren la Tierra helada durante su ausencia. La mitad derecha de su cuerpo no cambia en absoluto; pero la izquierda, donde tiene el corazón y el efecto del fruto del Inframundo, se vuelve tan dura y tan fría como el hielo que su ausencia nos trae. Entonces, la llamamos la Reina de las Nieves. Vuela en el ojo de una nube de tormenta, rara vez se detiene, escoltada por sus huestes de cristales de hielo. Si hay tormenta como hoy, es que ella está detrás.
--¿Y puede venir ella por aquí a visitarnos? --preguntó el cadete, fijando unos brillantes ojos de zafiro en su hermano mayor. El granizo y el viento del noroeste repiqueteaban violentamente contra la ventana.
-- Algunas noches como esta, noches oscuras de tormenta de mediados de invierno, en torno a medianoche, dejando un rastro inmaculado pero letal de nieve y escarcha. Cuando recorre las calles, a veces mira por las ventanas... --fue la respuesta del teniente, un joven cinco años mayor que el muchacho, con los mismos ojos azules soñadores y los mismos suaves cabellos de un castaño oscuro.
-- Y es por eso que las lunas de las ventanas se escarchan ahora, ¿no es así? --preguntó el niño a su hermano. Los dos habían visto las flores de hielo sobre los cristales muchos días y muchas noches de frío de sus cortas vidas, lo cual les daba razón para creer en la leyenda.
--Así es, Killian. Ya que no hay flores ni en el Inframundo ni en la Tierra, ella crea flores de hielo en las ventanas y en los copos de nieve, y también cubre las ramas de escarcha. --El teniente despeinó a su hermanito, acariciándole la coronilla, mientras se lo explicaba.
--Entonces, si ella intenta venir aquí, ¡que lo intente, que no le tengo miedo! ¡La atraparé y la pondré sobre el fuego! --respondió Killian con una mirada desafiante.
En respuesta, el joven le volvió a atusar los castaños cabellos y le dedicó una sincera sonrisa, contándole otras historias de dioses y sus bastardos, de hechiceras vengativas, de terribles monstruos y los valientes que acabaron con ellos...
--Buenas noches, Killian --le dijo al final, dándole al pequeño cadete un beso en cada mejilla y arropándole en su edredón de pluma.
--Buenas noches, Liam --contestó el hermano menor soñoliento, mientras miraba al teniente, con el candelabro en la mano, dejarle y dirigirse a su propia habitación. Los dos hermanos Jones eran huérfanos; el mayor de los dos era el tutor del otro y había elegido la profesión militar para tener la vida asegurada bajo la égida de la Corona de Misthaven. Killian nunca se había separado de Liam y había sido aceptado como cadete hasta que consiguiera sus galones con la mayoría de edad. Un día, cuando tuviera la edad de su hermano y tutor, sería alférez, o a lo mejor teniente; la herencia de los Jones, pertenecientes a la pequeña nobleza, les había bastado para comprar sendos cargos de oficial.
Una vez solo en su propia habitación, Killian se arropó con el edredón, sintiéndose solo. No había muchos otros niños en el fortín, a lo sumo media docena de hijos de oficiales, y Liam estaba casi siempre demasiado ocupado con sus deberes de oficial como para hacerse cargo de él.
Intentó contarse los cuentos mentalmente, respirar con calma, pero no podía conciliar el sueño, y eso que la granizada había amainado y ahora era la nieve la que daba vueltas en torno a los muros y a los bastiones de la fortaleza estrellada.
Vestido con una camisa de su hermano mayor, que le llegaba a Killian hasta las rodillas (ese era su camisón), se incorporó para sentarse en la cama y miró por la mirilla que el fuego del candelabro había abierto en el vaho y la escarcha de los cristales. Un enorme copo de nieve descendía y aterrizaba sobre el baluarte al que daba la ventana. Lentamente y gradualmente, absorbía otros copos, crecía y adoptaba forma humana... hasta llegar a ser la de una joven dama, la más hermosa que el muchacho había visto en su corta vida. Sólo le podía ver el perfil derecho, pero aún así era tan bella que le cortó la respiración. Tenía los cabellos tan rubios que parecían blancos, brillantes y finos como hilos de plata. Llevaba una capa y un vestido de cristales de hielo, estrellas o flores hexagonales, parecía de una especie de tul transparente con un brillo azul, y guantes hasta los codos del mismo fino y suave material. Su tez era tan blanca que deslumbraba, se le veían las venas, finas vetas azuladas, a través de la piel de hielo translúcido. En medio de aquel rostro de cristal brillaba un ojo derecho de un azul glacial, penetrante y brillante como la Estrella Polar, pero que no traicionaba ninguna emoción. No parecía que ella caminara, sino que volara a unos pocos centímetros del suelo.
Era de una belleza siniestra, inquietante, y aquel ojo de hielo parecía querer sondar hasta el corazón de Killian, con una mirada tan fría que era ardiente, que le daba una especie de fiebre y le hacía temblar, el chico no sabía si de miedo, de curiosidad o de atracción; pero en realidad de las tres cosas. Seguro que ella también se había dado cuenta de que el ojo izquierdo del cadete, al otro lado de la luna, estaba igual de fijo en ella, pues la dama le saludó asintiendo con la cabeza y moviendo una fina diestra enguantada. Con la misma mirada penetrante de siempre. Se miraron durante diez, quince, veinte segundos.
Killian Jones no sabía qué hacer. No podía dejar de admirarla, pero parecía que algo en su interior le advertía de guardarse de ella. Se le aceleraban el corazón y la respiración. Tal era su estado de ánimo, entre asustado, sorprendido e intrigado, que volvió a acostarse y arroparse con todas sus fuerzas, cerrando los ojos lo más fuerte que pudo, hasta que le dolieron.
Durante toda la noche, creyó oír fuertes latigazos contra los cristales, lo cual gradualmente hizo desvanecerse su inquietud y le ayudó a conciliar el sueño.
Y llegó la primavera, el deshielo hizo desaparecer la capa blanca de la tierra (Perséfone estará de nuevo con nosotros, pensó Killian), los vencejos volvieron del sur para construir sus nidos bajo los aleros de la residencia de oficiales, los patos y los cisnes volvían a nadar por el foso, los rosales que trepaban por los baluartes volvieron a echar flores y hojas, y los cerezos del jardincito de oficiales también; todas las flores se abrieron aquel año de manera espléndida. Aquella fue una primavera de días felices para nuestro cadete, ya estudiando, ya jugando con sus soldaditos o leyendo y escuchando relatos que le emocionaban, y, con el paso de las estaciones, el muchacho estaba cada año más cerca de hacerse un hombre joven, el cadete cada año más cerca de ser teniente. Y, con el paso de los años, se olvidó de aquella noche de invierno en que su destino había sido sellado.
Pues la Reina de las Nieves ya había visto a Killian, y no se rendiría hasta que le tuviera en su poder; mas había esperanza para poder rescatarle: una joven valiente, inteligente y de buen corazón, que estaría dispuesta a darlo todo por él, se cruzaría tarde o temprano en su camino...


HISTORIA SEGUNDA -  La princesa Emma
"Oh Frey, que entregaste tu espada por amor... Oh Freya, que haces florecer las cosechas en primavera... escuchad mi sincera plegaria, que no es tan imposible de conceder... Traigo manzanas frescas, maduras, rojas como la sangre, a cambio de que mi sencilla petición se haga realidad..."
Como cada viernes al atardecer, la reina Blanca María Margarita de Misthaven había acudido al bosque de dioses a rendir culto a los Vanir. Para recitar su petición de costumbre, un deseo que, durante diez largos años, no había dejado de querer concedido ni de desesperar al ver que lo más seguro fuera que ella y su David fueran a morir sin descendencia y la corona pasara a manos de desconocidos; ya gobernantes enemigos, ya cortesanos intrigantes. Ya era el décimo año desde la boda real cuando dejó las manzanas sobre el sencillo altar de granito aquella mañana de finales de invierno, en aquella época en que los primeros brotes de hierba despuntaban rompiendo la capa de nieve y los árboles y arbustos escarchados también tenían las puntas de las ramas llenas de brotes. Fue entonces cuando pudo oír, de repente, aquellas voces demasiado hermosas para ser humanas:
--Has sido una gobernante justa y una digna esposa; mereces que el deseo más hondo que albergas sea concedido.
La mujer de tez blanca como el suelo nevado, vestida con un sobretodo verde oscuro, levantó una cabeza tocada de mechones negros como ala de cuervo para ver, delante del altar, a dos figuras demasiado bien parecidas para ser humanas, tan hermosas que no podían describirse, un joven vestido con una holgada túnica y una muchacha armada con coraza, ambos con ojos de esmeraldas y cascadas de rizos como oro líquido. Estaban recogiendo las manzanas y mirando a la joven reina con un aire cálido y sincero que hacía derretirse la nieve y brotar hojas el tilo que había detrás del altar. Supo entonces ella que los dioses Vanir habían oído su plegaria.
--Júranos que verás a tu esposo esta noche --le dijo Frey-- y un retoño crecerá bajo tu corazón, para ver la luz del día en otoño, en los tiempos de la cosecha de frutas. Vivirás después de traerlo al mundo, pues esa criatura, para llegar a ser la mejor persona que pueda ser, necesita tu apoyo; serás a la vez su madre y su amiga.
La joven morena lloraba de alegría. ¿Tan fácil iba a ser cumplir la promesa que le daban?
--Lo haré --contestó Blanca decidida.
--Tendrás una única hija --continuó Freya-- pero una niña que valdrá por doce varones, con nuestros rubios cabellos y verdes ojos, además de nuestra bondad y valor. Júranos que le pondrás el nombre de Emma Odette y la consagrarás en nuestro honor.
--Así se hará.
--Si además le das una educación acorde con su rango y valía --terció el dios del verano--, no sólo dará la felicidad a la familia y al reino en que tendrá la suerte de nacer, sino a muchas otras personas. Que siga el camino escarpado y difícil que hay a mano derecha, y no se desvíe, pero que no deje de ser ella misma.
--Siendo la legítima heredera, le enseñaremos todo cuanto pueda necesitar. Agradezco mucho vuestra bondad y el cumplimiento de este deseo que nos concierne a todos.
--Y, cuando alcance la edad casadera --la diosa del amor acariciaba a un gato montés mientras lo afirmaba-- no la caséis por razones de Estado, para evitar guerras y buscar alianzas; Emma escogerá a un esposo digno de ella, no importa de qué rango o condición, con cuya vida la suya ya está entrelazada.
--Será difícil ese asunto... pero aún falta para que llegue ese día... Aún así, iré a mi esposo esta tarde, y lo daremos todo entre los dos, como acción de gracias por vuestra bondad.
En cuanto la bella reina hubo dado las gracias a los dioses con toda su sinceridad, estos se desvanecieron delante de sus sorprendidos ojos color avellana. ¿Habría sido un sueño demasiado vívido? Lo fuera o no, tenía que desvestirse con David en la cama para cerciorarse. Coronada a muy corta edad, se había enfrentado a monstruos, forajidos y los soldados de su usurpadora madrastra, que, acusando a la joven Blanca de regicidio y de alta traición, la había proclamado persona non grata. Tras reconquistar el trono que le pertenecía por derecho, casada con el joven simpático y de humilde cuna que tantas emociones y experiencias había compartido con ella, llevaba los asuntos de Estado y la vida social de la corte con una habilidad inusitada en la mayoría de gobernantes de aquellos días, teniendo en cuenta la experiencia que había recogido durante sus años perdidos. ¿Quién había sido David sino un pastorcillo que sólo tenía a su perra y a su madre en el mundo antes de conocerla? Lo habían compartido prácticamente todo antes y después de derrotar a Regina; eran jóvenes, hermosos, poderosos, y estaban sanos como dos manzanas recién recogidas, además de locamente enamorados. Sólo les faltaba algo para coronar su felicidad, le dijo ella aquella noche tras correr las cortinas del dosel. Estaba desnuda del todo, por primera vez en la vida, y le animó a desvestirse y a pasar una noche de placer adulto juntos... la primera tras cuatro años durmiendo en mangas de camisón, resignado él a aceptar la falta de descendencia, a pesar de que ella no había perdido la esperanza.
--Estaba despierta cuando me lo dijeron los Vanir-- le dijo ella, atusándole suavemente aquellos rubios cabellos de un tono ceniciento y mirando al apuesto consorte directamente a los ojos, relucientes lagos de verano de un brillo turquesa.
--¿Tendrá mi pelo y tus ojos, entonces?
--Sí, Davi, será una niña preciosa... y una mujer que brille con luz propia.
--Hay que evitar que elija el camino del mal, es nuestra única hija, Blanca... Nuestra heredera, Emma...
--Emma Odette de Misthaven --interrumpió su esposa con una risita pícara, tumbándole de espaldas sobre el colchón. --Pero va a seguir siendo una ensoñación si ahora nos quedamos de brazos cruzados...
Por respuesta, David estalló a reír, alegre como un salto de agua en un manantial, y abrazó el fino talle de su esposa. Aquella noche, hasta el amanecer, los dos vivieron su amor de una forma tan intensa como nunca antes lo habían vivido, para quedarse dormidos, rendidos y acalorados, hasta bien entrado el día siguiente.
Fue entonces cuando ella sintió las primeras señales de malestar y supo que la promesa hecha a los Vanir estaba lejos de ser un sueño. Y, al ver su talle ensancharse con los cambios de estación, se vio más confiada aún, firmando tratados y gestionando visitas de Estado y saraos a pesar de estar en estado de buena esperanza.
Al final, la promesa se cumplió igual que habían prometido los dioses: aquella recién nacida tan esperada no sólo por sus padres, sino por toda una gran potencia en plena edad de oro, vio la luz del día en pleno mes de octubre, en la época de la vendimia y las ciruelas, y fue bautizada con el agua de la Fuente de Vida en la capilla de palacio con el prometedor nombre de Emma Odette.
A la celebración acudieron la flor y nata de Misthaven y de los reinos colindantes, deseando sinceramente buena suerte a los padres de la criatura y a la adorable recién nacida. La oficiante que había rociado a la princesa de pocos días de edad y le había impuesto el nombre y la bendición se dispuso a invocar al menos a un hada en nombre de Frey para que guiara a Emma en su ruta por la vida; habían esperado el descenso por el rosetón abierto de la capilla del Hada Turquesa, o Reul Ghorm, que tanto les había ayudado en la reconquista del reino y cuya ayuda había sido decisiva para obtener la victoria rescatando a David cuando este era un prisionero de guerra y, más tarde, dejando fuera de combate a la Usurpadora y a sus generales haciéndoles aspirar polvo de hadas, que les dejó paralizados a todos. Por eso habían abierto el rosetón de la capilla, dejando entrar la luz de la Reul Ghorm o Estrella Azul en la estancia en penumbra vespertina. Tanto le debían y tan buena amistad habían entablado con ella que los esposos esperaban al Hada Turquesa en persona con su extravagante vestido azul celeste, sus varios pares de potentes alas y su imponente recogido... pero el hada que entró fue en cambio una joven castaña vestida de rosa claro, enteramente con fragantes pétalos de rosas rosadas, que revoloteó un rato hasta flotar delante de la cuna de la pequeña recién bautizada.
--Eh... perdónenme; Reul Ghorm está muy ocupada... no os preocupéis, Majestades, Altezas, señoras y señores, que será un honor para esta humilde aprendiz tener por ahijada a una niña tan adorable y con un destino tan relevante... Siempre he querido ser un hada madrina, y al final se me honra también a mí, tanto como a vosotros, con el cumplimiento de mi deseo.
Astrid no se había hincado de rodillas delante de la realeza, nobleza y alta oficialidad congregadas en el santuario, sino que flotaba, batiendo unas finas alas rosadas, sobre la cuna; las criaturas mágicas eran incluso superiores en poder y consideración a la realeza mortal. La pequeña Emma, que ya había abierto unos curiosos ojitos verdes, jugaba con el collar de mithril, en forma de zarcillos y nomeolvides, de su hada madrina. Aquella princesa de pocos días ya demostraba señas de valor y curiosidad; el Hada Turquesa no había escatimado en cuanto a elegir a la primera ahijada de su discípula para poner a Astrid a prueba.



HISTORIA TERCERA - Los pretendientes
Muchos galanes cortejan a Emma; ella sólo quiere un esposo digno de ella.
Pasaron los meses, las estaciones, los años. Como un capullo de rosa dorada abriéndose a medida que avanza la primavera, la niña real se fue haciendo una mujer joven y desplegando todos sus encantos. Y al alcanzar la edad casadera, los dieciséis años, Emma Odette de Misthaven, alta y pálida, de facciones perfectas, cabellos de oro y ojos de peridoto, era la joven más hermosa del reino, además de su heredera. Sin embargo, no era por su belleza física y visible que ella atraía tantas miradas, pues rara vez se la veía sin un libro o un enigma en la mano, y recitaba eruditos discursos sobre las conjunciones de los varios signos zodiacales. Tenía una respuesta para cada pregunta, e incluso los consejeros reales venían a la muchacha para aclarar sus dudas. Era difícil olvidarse, por ejemplo, de los sinceros discursos que había hecho sobre las similitudes entre la luna y un huevo de dragón.
A los saraos de la corte acudían siempre jóvenes señoritos y oficiales de la guardia real con sus chalecos de satén y sus camisas de encaje, sus katiuskas de cuero reluciente o sus botines blancos, elogiando el ingenio de Su Alteza mientras sus ojos decían otras cosas, mucho más siniestras e inquietantes.
Decían sus labios: "Sois una flor, un sueño de oro..." Mas decían sus ojos: "Devoro flores, ardo con sueños, tengo una torre sin puertas ni ventanas en mi corazón y allí te encerraré..."


iv) El teniente y la princesa
Durante sus viajes, Emma conoce a Killian y a Liam. El flechazo está servido.

v) Siniestros presagios
De regreso a palacio, Emma descubre por boca de Astrid, el hada real, una verdad incómoda: Killian debe morir con el solsticio de invierno de ese año...

vi) Las espinas venenosas
Durante el otoño, Liam se hiere en el antebrazo izquierdo con una espina del sueño mortal; su vida peligra...

vii) El último día
Llega al fin el día en que Killian debe morir; Emma le acompaña.

viii) La larga noche de los deseos
Emma discute con la Reina de las Nieves para recuperar a su amado.

ix) Felices para siempre
...

3 comentarios:

  1. UAU.
    Me encanta este inicio... sí, me encanta.

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  2. Ya que Killian es manco de la mano izda en cánon, voy a hacerle zurdo de nacimiento. Y será la mano izquierda la que pierda al final.

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    1. Ya me imagino:
      DAVID/BLANCA--¿Tiene algún defecto?
      EMMA: --Pues sí, para quien considere la zurdera como un defecto. Es zurdo, y además, su cabeza no resiste mucho... se emborracha fácilmente.
      ASTRID -- Eso no son defectos: en combate, un zurdo es más hábil incluso que un diestro, pues la zurdera es condición más bien rara; y en cuanto a lo poco que puede aguantar, es señal de que su organismo sabe, por instinto, lo que no le conviene. No, cuando digo "defecto" me refiero a algo mucho más serio, que tendrá mucha repercusión...

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